Ser creyente hoy

Privado de congregarme en el templo, caminaba una tarde frente a la preciosa iglesia de Usaquén cuando sentí la necesidad de entrar.
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Éramos menos de 10 personas, así que me arrodillé en un rincón y cerré los ojos. A poco mi meditación se vio acompasada por las letanías de un vía crucis. Me sorprendió. Tenía décadas de no asistir a uno. Complacido acepté el llamado a celebrar el sacrificio del Hijo del Hombre para nuestra salvación.  

El sentimiento religioso es un asunto íntimo. Por más que profesemos una determinada tradición, cada cual cree a su modo. “El Hombre es la medida de todas las cosas”, decía Protágoras el sofista. Si bien dicha frase es el sustento filosófico del antropocentrismo, significa además que la verdad es relativa al individuo que la cree. Mi experiencia y mi fe no serán remotamente parecidas a las de Calvino o el Papa Francisco, por más que me empeñe en conseguirlo. 

Dos elementos las armonizan: consciencia y razón. La primera, según la RAE, “es la capacidad del ser humano de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella”. Cada persona se asoma al mundo desde su yo. La razón investiga, observa, analiza, experimenta y selecciona las briznas de sus convicciones en un mar de incertidumbres profundas. 

Habitamos un grano de vida suspendido en un universo dinámico, pero inerte. Sobrevivimos aventurando explicaciones y emprendimientos. La razón está salpimentada de curiosidad, disciplina, poesía y altruismo; pero también de codicia, fraude y pedantería. Factores que zarandean nuestros más nobles proyectos. Dilemas de una dialéctica que en nuestra mente moldea el criterio entre la brasas del egoísmo y las abnegaciones de la virtud.   

Dios es un misterio que no cesa de resplandecer en nuestro entendimiento. Bien lo dijo Heidegger: “Ateo es el que no piensa”. La espiritualidad es consustancial al hombre. Las artes son su envoltura, la ética su sustancia y la fe su gozo. Es nuestra praxis del amor: creatividad, armonía, paz interior; la vida en familia, nuestro compromiso cívico y social.   

La ciencia ha venido aumentando el promedio de la vida humana. Mis abuelos murieron antes de llegar a los setenta; mis padres cruzan campantes la mitad del octavo y el noveno piso; una válvula mecánica puede sumarle cuarenta años a la fecha de caducidad de un corazón, pero por más mejoras que le agreguemos al edificio, la cornisa siempre dará al abismo de la muerte. 

La experiencia humana trasciende al deseo de sumar años “hábiles” de poder y fortuna o a la vanidad de que una obra maestra (o una patente) nos “inmortalice”. No hay vacuna que nos evite el reencuentro con el todo o con la nada.  

El creyente es un peregrino. Su esperanza es corroborar que el Hombre es el punto de contacto entre el mundo temporal y una divinidad que hemos venido reconociendo “como en espejo”, con la ilusión de encontrárnosla “cara a cara”.  

De la necesidad de ser salvados no tengo duda. No solo de un repentino apocalipsis nuclear, del indetenible y provocado cambio climático, de siete nuevas plagas de laboratorio o de una sociedad miserable, sin otro dios que el dinero ni misericordia distinta a la de un rápido y preciso verdugo.

GUILLERMO HINESTROSA

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