Amistémonos con la naturaleza

Crédito: Gloria Aponte-García / EL NUEVO DÍACalle 10, puente sobre el parque Centenario. Maltrato a árboles que ya no están. Equívoca percepción de su verdadero tamaño.
Qué mejor oportunidad como la que brinda el Día del Medio Ambiente para resaltar la conveniencia de actuar de manera armónica con la madre naturaleza. A continuación, algunas reflexiones desde la experiencia y observación, como aportes en este sentido.
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El 27 de abril de este año, en Ibagué se emprendió la tala de grandes árboles que estructuraban el espacio público en lugares emblemáticos de la ciudad.  Se acudió a ese procedimiento como una medida aparentemente previsiva, pero en realidad la motivación fue una actitud defensiva ante un temor, y agresiva frente a la madre naturaleza. 

Se respondió con inmediatez, con ligereza y sin responsabilidad ambiental, ante aquello que se interpretó como una amenaza de los árboles y que en realidad se desató por descuido humano, terminando en una tragedia familiar. 

Pero, ¿de qué defenderse y por qué defenderse?, ¿qué nos ha conducido a considerar los árboles como una amenaza? Los humanos, aunque producto y parte de la naturaleza, tradicionalmente hemos cometido el error de sentirnos el centro y la cúspide de la misma. 

Damos por sentado nuestro derecho y superioridad sobre ella en todo sentido. Creemos que, como madre, está obligada a proveerlo todo. Los árboles están ahí, tienen que estar ahí, pero solo para lo que esté acorde con nuestro funcionar cotidiano, con las carreras diarias, en cumplimiento de metas materiales que con fijación inmediatista nos hemos trazado y que, en nuestro parcial entender, se privilegian por encima del natural devenir. 

Echamos de menos el aire limpio, pero somos nosotros mismos quienes lo contaminamos.

Echamos de menos el agua abundante y limpia, pero ¿quién le impide fluir, la desperdicia y la contamina, si no somos nosotros mismos? Echamos de menos la sombra, pero entorpecemos todas las posibilidades de lograrla, y cuando se ha logrado se procede a eliminarla con facilidad; el caso mencionado al inicio constituye prueba fehaciente de ello.

La mayor parte de estos problemas comienza con la falta de formación desde el hogar, en la educación superior y en los procesos universitarios, sobre la atención y respeto por la naturaleza, en medio de la cual se fueron desarrollando nuestras ciudades.

¡Ella estuvo antes! Y sí, permitió ubicarnos en ella con nuestros inventos, orientaciones, deseos y caprichos, pero es la base que sustenta la vida humana por lo cual no podemos ir en su contra, y si así lo hacemos, estamos actuando de manera contraproducente; es decir, pretendiendo tapar el sol con un dedo.

La situación se agrava con la actual falta de comprensión y valoración de los procesos naturales, pues la naturaleza no es un hecho estático; ella, como cada uno de nosotros, evoluciona día a día. Los ciclos, los procesos, la dinámica son propios de la vida, de la evolución en la que, quiérase o no, todos los seres vivos estamos inmersos.

El cambio de percepción de los ciudadanos hacia la naturaleza y el medio ambiente -resultado este de la acumulación de nuestras acciones- es una necesidad urgente que a las autoridades ambientales, entre otros, se les ha hecho tarde para entender, aceptar, acatar y poner en marcha.

Pues las normas no son suficientes y menos cuando no son debida y ampliamente promulgadas. Se requiere estar recordando constantemente nuestro origen, y cuál es el soporte fundamental para la vida; se puede vivir sin artilugios, sin telemática, sin tarjeta de crédito, sin metaverso; de hecho, la historia lo demuestra, pero definitivamente no se puede continuar existiendo sin relación armónica con el medio natural.

Por el afán de conquistar otros mundos, se gastan los recursos naturales en la exploración cósmica o esa “carrera espacial”, en medio de la escasa certeza de vida y de mundos biodiversos, mientras aquí en nuestro hogar planetario la desperdiciamos y la agotamos.

En este sentido vale la pena repasar aquellas cosas simples aprendidas en la primaria: el ciclo del agua, las funciones de la vegetación, por ejemplo. Recordemos que aún en ausencia de seres humanos, la vegetación realizará sus propias funciones que le permiten continuar el ciclo: producción (de frutos, semillas, rebrotes, etc.), provisión de nicho y hábitat para otras especies, relación simbiótica con cuerpos de agua, afianzamiento y protección del suelo, captación de partículas y CO2. 

Pero ya en relación con la gente es muy importante aquello derivado de la percepción individual. Cada ser humano sostiene relaciones anímicas con el reino vegetal: contemplación, referencia perceptual, memoria, evocación, bienestar psicológico. Y ya como grupo comunitario o social la relación con la vegetación surge en términos de estética, identidad cultural, simbolismo, valorización de la propiedad privada y del espacio público.

Y qué notable que todo lo anterior se da aparte de las funciones utilitarias que la sociedad le ha asignado a la sociedad, por ejemplo: alimento, forraje, leña, madera, tintura, medicina, reducción del viento, contención de laderas.

En la actualidad, dado el “desarrollo” que más bien se orienta a crecimiento a ultranza, se prioriza el último grupo de funciones. 

Es hora de hacer una pausa y reflexionar cómo, particularmente en el entorno urbano, donde se concentra la mayor cantidad de la población, las funciones más relevantes son las de los primeros tres grupos, las cuales poco o nada son tenidas en cuenta cuando el criterio imperante es el de las técnicas de producción de madera, más que los criterios de mejoramiento del hábitat, acogida a los usuarios, fomento de la identidad colectiva e inspiración individual. 

Esto, sin descuidar los requerimientos vitales de la arborización urbana, persistentemente atropellados sin un verdadero usufructo que lo justifique o lo ponga en discusión. 

Sirva lo expuesto como enfático llamado de atención a promover nuestra amistad con la naturaleza, para divulgarla y hacer realidad el propósito común de comportarnos responsablemente y ser dignos de sus beneficios, poniendo en práctica todo el respeto que la madre natura se merece. 

*Arquitecta paisajista

Investigadora externa grupo Rastro Urbano (Clasificación Colciencias A1)

Universidad de Ibagué

 

*GLORIA APONTE-GARCÍA

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