Hay un remedio para la culpa, reconocerla

Crédito: Suministrada/El Nuevo Día
Fallar en algo no nos convierte en personas ‘malas’ o indignas de cariño. Cometer errores es humano, lo que está mal es insistir en no enmendarlos.
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Usted, yo y en general todos tenemos derecho a equivocarnos, aunque no por eso debemos acostumbrarnos a fallar a toda hora.

La verdad es que no debemos juzgarnos tan duro. Reconocer nuestros errores y hacernos responsables de ellos mejorará tanto nuestro estado de ánimo como nuestras relaciones personales.

Es obvio que cuando nos equivocamos nos debemos sentir mal. Sin embargo, eso no implica vivir amargados, frustrados ni mucho menos estar embadurnados de culpas que no nos dejan continuar viviendo en paz. 

Siempre he creído que la  vida es una sucesión de subidas y bajadas y, en cierta medida, esos giros nos instan a asumir la responsabilidad de nuestros actos  y, al mismo tiempo, tenemos la oportunidad de ser misericordiosos con nosotros mismos.

Asumir nuestras faltas implica hacer acopio de entereza para mirar de frente nuestras sombras más oscuras. Hacerlo es un ejercicio de humildad y un deseo genuino de convertirnos en mejores seres humanos. 

Es preciso que hagamos las cosas lo mejor posible para evitar trastabillar; y si por alguna razón nos equivocamos, debemos levantarnos y seguir. 

Lo que no podemos hacer es caer en etapas cíclicas en donde un día nos portamos bien y al otro nos descarrilamos porque, al vivir de esta forma, estaremos en un círculo vicioso en el que nos quedaremos dando vueltas que nos estancarán.

¿De qué hablo? De que no podemos transgredir el sentido común; es decir, hay que tener consciencia de que se ha fallado y, por supuesto, enmendar. 

La anhelada redención no se logra siendo irresponsable ni creyendo que podemos hacer lo que se nos dé la gana, sin pagar un precio por nuestros errores. De ahí que sea preciso tratar de solucionar la falta, para que este proceso de culpa no se nos convierta en una carga eterna.

Si fallamos tenemos que vernos frente a frente para reconocer nuestros yerros y, acto seguido, hay que pasar la página. Eso sí, hay que procurar no volver a cometer las mismas faltas. 

Nos corresponde ponernos manos a la obra y no dejarnos contagiar con el pesimismo.

Si a pesar de estas recomendaciones nos cuesta trabajo levantar la mirada, busquemos ayuda en el corazón de Dios. Con la oración nos podemos poner en las manos de Él, de tal manera que encontremos su perdón y logremos una gota de alivio a nuestras angustias.  

Decidamos, de ahora en adelante, hacer las cosas con la conciencia tranquila, ser buenas personas, no caer en el hechizo de las apariencias, compartir más tiempo con nosotros mismos, hacer bien nuestro trabajo y, por supuesto, ser honestos con los demás y también con cada uno de nosotros. 

 

EuclideS KILô ardila

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