Lo paradójico de los buenos modales

No es raro escuchar en diferentes ámbitos que los buenos modales son cosas pasadas de moda, que son banalidades, complicaciones, que tomarse tiempo para aprenderlos es una pérdida de tiempo, que prestarle atención a su práctica y cultivarlos no es importante y que no hace falta la clase de urbanidad en los colegios.
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Sin embargo, con mucha frecuencia, en todos los ámbitos, también se lamenta la pérdida de valores, de las buenas costumbres que hacían más grata la convivencia; de los comportamientos que hacían amables los ambientes laborales. Igualmente, se echa de menos el valor de la palabra, la consideración por los demás, el respeto para escuchar al otro, y cosas tan elementales como la costumbre de saludar, dar las gracias, pedir un favor, ceder la silla a los mayores o el paso al peatón.

Sumado a lo anterior se evidencia la gran dificultad para resolver conflictos, para aceptar las diferencias, llegar a consensos y tolerar actitudes y comportamientos que difieren de los propios; en fin, vemos lo difícil que resulta comunicarnos y convivir armónicamente en los diversos espacios de la sociedad. Es un hecho que el mundo ha cambiado mucho y en casi todos los aspectos; hoy hay mayor libertad, más informalidad, comportamientos más relajados, diferentes maneras de comunicarnos especialmente por la tecnología.

A su vez, con más frecuencia leemos artículos sobre la inmensa falta de habilidades sociales de la gente y de su impacto negativo sobre la gestión y productividad en las empresas. Observamos también cómo en el ámbito empresarial cada vez se valora más las habilidades sociales frente a los conocimientos, ya que se ha identificado que personas con este tipo de cualidades aprenden más rápidamente, son más ágiles para resolver problemas, se integran mejor a los equipos y ofrecen una mayor garantía de éxito en sus funciones.

No obstante, los grandes avances y bondades de la tecnología, el uso excesivo de computadores y celulares como vía para comunicarse reduce la interacción social y la comunicación emocional y hasta llegan a minimizar el tiempo para compartir entre padres e hijos, entre hermanos o compañeros y amigos, lo que limita la posibilidad de afianzar lazos familiares, de amistad y de colegaje, que pueden aportar a la convivencia y a mayores logros.

La cortesía no está pasada de moda y no estamos hablando de sofisticación, elegancia o glamour que tampoco pueden ser subestimados. Ceder el paso, respetar los espacios, la puntualidad, no gritar, tratar con consideración a los mayores, pedir prestado, o expresar respeto en la cotidianidad, son actitudes y comportamientos que la sociedad en general valora de modo especial y clama que se recuperen.

Es preciso recordar que estas habilidades no son innatas, pero todos nacemos con la capacidad para aprenderlas, y que son los padres y en el marco de la familia donde se reciben las primeras enseñanzas, especialmente con el ejemplo.

Los niños absorben rápidamente lo que ven y deben saber que son comportamientos para la vida diaria, es un error que piensen que son actuaciones para cuando tengan visitantes o en eventos especiales. Los buenos modales se deben aplicar con todas las personas y en todas las circunstancias.

Es vital cuidar la forma en que hablan, las expresiones, el tono y los gestos que utilizan. También lo es, dar especial atención para enseñar a los niños, no solo a oír sino a tener una escucha activa. Tal vez si nos escucháramos más evitaríamos gran parte de las dificultades en nuestras relaciones.

“Trabajar duro no es suficiente, tampoco ser excelente en lo que haga; para ser exitoso y feliz tiene que aprender a establecer relaciones”: Jhon Maxwell.

*Asesora y formadora en Habilidades Sociales y Productividad Personal

macruztol@yahoo.com

Martha Cruz

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