¿Por qué no te callas?

Crédito: Foto de Kampus- Tomada de Pexels.com / EL NUEVO DÍA
Hay personas tan parcas al hablar que hacen muy difícil la comunicación y después de un rato su interlocutor se agota, así que no le queda nada distinto que dar por terminado el encuentro porque “ni con ganzúa” logra entablar una conversación fluida. Pero, en cambio hay otras que “hablan hasta por los codos” y desesperan a sus contertulios. Aplica entonces eso de que “todo extremo es vicioso” y bien harían unos y otros en observarse para introducir los correctivos porque ambos estilos le pueden acarrear perjuicios en casi cualquier ámbito de su vida, en el familiar, en el social y en el laboral.
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Aquí en particular me quiero referir a aquellas personas que hablan en exceso, monopolizan las conversaciones, interrumpen a los demás, y para completar, hablan con un nivel de detalle que terminan desesperando al más paciente. Cuentan historias, desde interesantes hasta insulsas, con una minucia que a nadie importa y además resultan irrelevantes e impertinentes. Se van por las ramas, las adornan con anécdotas personales, de sus parientes y amigos y como si fuera poco tienden a repetirlas hasta la desesperación.

En suma, terminan siendo personas a quienes otros le huyen y buscan una disculpa para evitarse el escucharle y siempre que es posible optan por excluirlas de sus reuniones. Todos quisieran pedirle que vaya al grano, que puntualice y sintetice el asunto, pero no tienen el coraje de expresarlo y solo lo comentan a sus espaldas. Difícilmente alguien tiene el coraje del Rey Juan Carlos cuando, al borde de la desesperación le dijo a Chávez: ¿Por qué no te callas? Sin duda en un acto de descortesía que recibió el rechazo de muchos, pero que otros entendieron y agradecieron, porque compartían la desesperación de escuchar intervenciones interminables.

Muy posiblemente algunos de los lectores han traído a su mente nombres de personas cercanas que se ubican en uno y otro de los extremos anotados, y estarán de acuerdo en la importancia de que cada uno reconozca cuál es su estilo y lo corrija. Para ello, si hace falta puede pedir a alguien de su confianza que le comente con máxima sinceridad cómo califica su estilo y proceda entonces a introducir los correctivos en forma consciente. Podría ser que no le resulte fácil, y lo primero es que entienda que lograr el equilibrio en esta materia es posible y le puede traer grandes beneficios en muchos aspectos de su vida. Así que anímese, nunca es tarde para cambiar.

*Asesora en Habilidades Sociales y Productividad Personal.

MARTHA CRUZ

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