“Pacheco”: Cuarenta años listo, en paz o emergencia

Crédito: Suministrada / EL NUEVO DÍAPresencias anónimas, pero imprescindibles en el pueblo.
“Empecé a prestar servicio en la Defensa civil, aquí en el pueblo desde el 9 de mayo de 1979, yo fui el fundador y fui cinco veces presidente… hasta el momento estoy ahí, no me han dicho, se va o no… ahí estoy (…)”. Pacheco.
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Hoy brindaré con una copa de vino por esta presencia que merodea por el zaguán constantemente. Ella se tropieza conmigo cada rato. Anuncia su inconfundible paso con las estridencias de sus peculiares chasquidos guturales, acompañados de la interpretación jocosa de versos populares llenos de picardía.

Esta presencia tiene un hondo significado en mi vida ya que sus pasos han estado ligados a los míos. Él es Fernando Dávila Skinner, tiene 84 años y todavía lo vemos en su bicicleta por las calles del Líbano, haciendo los mandados de la casa, saludando a los amigos, peleándose con desconocidos al esgrimir en las esquinas del pueblo sus puntos de vista anacrónicos, feroces y temerarios sobre la política y la vida del municipio, lo cual despierta las voces airadas de pobladores intolerantes, igual de descontextualizados a él o la simple complacencia de los que lo queremos y entendemos que poco a poco su mente ha ido perdiendo la capacidad de reflexión y la memoria diariamente lo ahoga en mares de incertidumbre.

De lo que sí estoy segura es que aún perviven íntegros e inmutables en su interior, el amor incondicional hacia su familia (tanto directa, como toda la que se fue incorporando a su hogar, con el transcurrir de los años y que llegó sin permiso alguno) y el deseo de ayudar a los demás, desde su reconocida faceta de incólume socorrista.

La mayoría de la gente lo conoce como “Pacheco”. El apodo se remonta a los años setenta, cuando jugaba fútbol con el equipo de la Alcaldía -porque trabajó para esta entidad hasta pensionarse, era conductor de volqueta. Perteneció por muchos años al equipo municipal, hasta que al final, cuando ya no podía jugar, se convirtió en el que lavaba los uniformes del equipo y les llevaba su bebida - por esta época el animador de televisión “Pacheco” vino al Líbano a jugar un partido de fútbol con el equipo local y todos encontraron un parecido enorme entre Fernando Dávila y éste personaje de la farándula nacional: (…) “Yo jugué un partido de fútbol con Pacheco el de la televisión y luego a los poquitos días me llamó el alcalde de Villahermosa y me dijo: “Venga me representa a Pacheco, que él no va a venir, como usted tiene la cara, el bigote y todo, venga y me representa a Pacheco”.

“Eso me pasearon por el pueblo y la gente se me mandaba, me dieron buena comida y hubo parranda ese día”.

 

De raigambre campesina

Fueron doce hijos de Julio César Dávila y Esther Skinner. La pareja se dedicaba a las tareas del campo, sembraban café y vivían también del ordeño de sus vacas. La gran prole nació en el “Reposo”, vereda de Campo Alegre. Al tiempo se fueron para “La Linda”; allá tuvieron una fonda donde atendían a los arrieros, les daban alimento y posada:

“Allá se descargaban hasta cincuenta mulas que venían de las veredas con rumbo al Líbano, luego mi papá vendió todo, por la inseguridad y nos vinimos para el Líbano, la casa donde vivimos era en la 15 en el “Alto del Crimen”, costó $830. (…). El padre se dedicó entonces al oficio de la barbería.

 

La tragedia de Armero

En 1985 Pacheco era el comandante de la Defensa Civil en el Líbano. Tuvo que acudir con su equipo de rescate a atender la tragedia. Aún recuerda este suceso y el tamaño de las cosas que vivió fue este: “Ese día, me llamó un señor de Santa Isabel, como a las 4 de la tarde; me dijo: “va una avalancha pa’ Armero, va a acabar con Armero”, yo llamé a la Defensa Civil, me contestaron, les dije “Sálganse, que va una avalancha y va a inundar a Armero; llamé a Bomberos y también les dije, ellos me contestaron: “Si, nosotros nos vamos más tarde” la gente había podido salirse toda, pero no quisieron salirse, si vieron bajar la avalancha desde las 4 de la tarde, habían alcanzado…Al otro día, saqué una volqueta del municipio y me fui como con 10 voluntarios, llegué aquí al Alto y paré la volqueta, cuando vi a Armero…era una laguna, dije “Huy, Virgen Santísima!” y me bajé y empezamos a sacar gente y a mandarlos pa’ todas partes, sacaron un viejito con la cabeza partida en dos partes, y me empezó ese corazón, que se me salía, luego sacamos una muchacha con un ojo colgando… casi me da un infarto”… (…).

Y hasta aquí la crónica de esta hermosa presencia que llevo clavada en mi corazón. Solo quiero despedirlo dándole un beso por su alma sencilla, por todo el amor y la entrega que nos ha profesado durante toda su vida y asegurarle que veo ángeles en bicicleta siguiéndole sus cansados pasos por las calles de nuestro amado Líbano.

Presencias anónimas, pero imprescindibles en el pueblo

Increíbles historias

Pacheco tiene divertidas historias, que no alcanzaría a contarles. Unas reales y otras fruto de su imaginación, como la que cuenta con total seguridad, sobre el descubrimiento de América: Según él, fue testigo de la llegada de Cristóbal Colón. Asegura que llegó a Cartagena en un “buque inmenso” y que “vino a acabar con la indiamenta… yo estaba volantoncito cuando eso, la noticia salió por RCN”.

Otra historia es la que le ocurrió en Ambalema, cuando estudiaba y trabajaba en las fincas: se enamoró de una muchacha y tuvo que volarse a media noche, porque lo iban a matar los familiares. Dice que a la madrugada huyó y cogió la carretera a pie, hasta llegar a Convenio; ya sin zapatos, lo recogió un carro.

Hay otra anécdota sobre su matrimonio con Nohema Arango - tía mía, con quien yo me críe-. Cuenta que tuvo que casarse a la carrera porque se había volado del Ejército y lo iban a meter preso y que un amigo sargento, le dio esta solución para evitar su captura. La novia se voló por una ventana alta de la casa en la calle segunda que era de sus tías, y rumbo a Armero a casarse. De ese evento solo fueron testigos el padre del novio y Gladys, su hermana mayor. El matrimonio tuvo tres hijas: una que se murió muy pequeña de púrpura, Miryam Janeth, que actualmente vive con el padre y la otra que apodamos “Cheche”- Consuelo Arango -, que hace muchos años vive en Estados Unidos.

Las demás “Pachecas”, como nos llamaron, fuimos hijas de crianza, vivimos años hermosos al lado de ellos dos; llegamos un día y nunca nos hemos ido. De este nutrido grupo forman parte: Janeth, Sandra, Liliana, Magola, Magda y quien les habla. De su época de estudiante Pacheco cuenta que una vez, le sacó revólver a un profesor, porque le iba a pegar por estar botando maicitos entre los compañeros.

Esto sucedió en la “Escuela de Artes y Oficios” hoy Técnico Industrial, donde estaba entrenándose como fundidor. Obviamente fue expulsado de allí; una de las historias más amenas es la que da cuenta de su viaje a los Estados Unidos, porque tuvo que pasarse por el “hueco”: (…) “llegamos a un pueblito para el lado de México, y me dice un cliente: “trae marihuanita, plata, coca o qué o si no, no puede pasar a los Estados Unidos, eh...! jueputa! yo no llevaba nada, nos fuimos como tres a una finca al pie del río, cuando se fueron los trabajadores yo dije: “Aquí es el tiro” y me metí al agua, de un momento a otro dijeron: “ahí vienen, ahí vienen” yo en calzoncillos y con la ropita en la cabeza, me escondí. La ropa se me cayó y tuve que alcanzarla, era de noche y “Silvio” el esposo de “Magolita” me gritó: “Ya, ya pase” y logré pasar. Me esperaba también mi cuñado “Sigifredo”. Ya pa’ coger el avión para Houston, vi yo un poco de tipos leyendo el periódico y le dije a mis familiares: “Miren, esos son detectives” (como en las películas, que se tapan con el periódico) y ¡qué susto! Me colgaron una cámara fotográfica y logramos subirnos al avión, los tres nos hicimos en puestos separados. Me dijeron que si me preguntaban qué quería en el avión, dijera “coffee, coffe” y así lo hice” (…)

Lucía Esperanza Sánchez Arango

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