Ibagué, 1922: La convención liberal

“Ninguna ciudad del país podía brindar más ni mejores condiciones que la capital tolimense para reunir en excepcionales momentos a los jefes liberales”, manifestaron varios dirigentes de la época.

En las elecciones presidenciales del 12 de febrero de 1922 hizo nuevamente presencia el viejo fantasma del fraude electoral, razón por la cual los ánimos de los liberales se exaltaron una vez más, hasta el punto de pensar en recurrir al inveterado expediente de la Guerra Civil. Dicho fraude electoral fue difundido en los anónimos versos que circularon a lo largo y ancho del país, los que cita Carlos Peláez Trujillo en su célebre folleto, que decían así:

 

General Benjamín Herrera

Pero el general Benjamín Herrera, entonces jefe del Partido Liberal y candidato derrotado, en un patriótico gesto que le honra para la posteridad, descartó definitivamente tan descabellada posibilidad; él, más que nadie, conocía los horrores y miserias de la confrontación fratricida. El general Herrera estaba plenamente convencido de que la “hegemonía” sólo podría ser derrotada con ideas y con un programa político de alto contenido social y de reformas político-administrativas, como lo demandaban los nuevos tiempos, que aglutinara todas las fuerzas progresistas entonces existentes, incluyendo los novísimos movimientos socialistas y sindicales. Para tal efecto, convocó para el mes siguiente una nueva Convención Liberal, y se optó por Ibagué como sede de la misma.

Los cronistas de este encuentro (Felipe S. Paz y Armando Solano), luego de hacer una grata evocación de la saga de “La Cueva del Fraile”, la que comparaban con la trágica historia de Paolo y Francesca de Rímini, anotaban: “Ninguna ciudad del país podía brindar más ni mejores condiciones que la capital tolimense para reunir en excepcionales momentos a los jefes liberales. Está situada Ibagué en el centro de la República, una buena línea férrea la une al Magdalena, poniéndola en rápida comunicación con los Departamentos del interior y del litoral atlántico, mientras por los caminos de Calarcá y del Quindío tiene trato frecuente con el Cauca, el Valle y Nariño… Por otra parte, Ibagué está alejada del agitado ambiente capitalino y es su población por excelencia hospitalaria y culta”. Le correspondió al Directorio Liberal del Tolima, integrado por Pedro Galarza Carvajal, Roberto Torres Vargas, Leonidas Cárdenas y Jorge Molano Molano, la tremenda responsabilidad de organizar y llevar a efecto el trascendental evento.

Desde el 24 de marzo, con el arribo de las delegaciones de la costa, comenzó la gran fiesta liberal, la que logró su apoteosis con la llegada por ferrocarril, dos días después, del Jefe del Partido, el general Benjamín Herrera, quien fue recibido con el fervor y el entusiasmo de sus correligionarios ibaguereños, y con sendos discursos de Miguel Santofimio Bonilla (abuelo de mi cordial amigo, Fernando Meléndez Santofimio), en nombre del Directorio Liberal del Tolima, y del joven Yesid Melendro Serna, como representante de la Juventudes Liberales.

Cabe destacar la confrontación generacional de los delegados que se designaron en las diferentes regiones de la patria para que asistieran a esta magna asamblea. De un lado estaban los viejos generales, veteranos de tantas guerras civiles que, como el coronel Aureliano Buendía, nunca perdieron las esperanzas de ver al Partido Liberal entronizado en el poder por la vía de las armas; entre ellos asistieron, Rafael Camacho Lozano, Paulo Emilio Bustamante, Leandro Cuberos Niño, Ramón Neira, Justo Leonidas Durán y Rafael Santos Varón, entre otros.#Este último, ibaguereño, fungió de gran anfitrión. Por otra parte, llegó toda una constelación de jóvenes figuras liberales, civilistas e intelectuales, como Eduardo Santos Montejo, Armando Solano, Ricardo Uribe Escobar, Francisco José Chaux, Rafael Abello Salcedo, Felipe S. Paz, Andrés Rocha Álvarez y otros, que no traían más armas que su pluma, sus renovadoras ideas y su elocuencia.

 

Teatro Torres, donde se instaló la Convención

La paranoia gubernamental no conoció límites. En los círculos oficiales sólo se hablaba de conspiraciones, complots, atentados y de preparativos para emprender una nueva guerra civil. Los mentados cronistas de esta Convención describieron este exaltado estado de ánimo así: “La imaginación alarmista del gobierno contribuyó por su parte a excitar la fantasía popular. En breve plazo quedaron instalados modernos aparatos telegráficos, destinados a transmitir minuto a minuto la marcha de los acontecimientos en sus más insignificantes detalles; nuevas tropas llegaron aparatosamente a reforzar la guarnición de la plaza, y hasta se habló de la movilización de un cuerpo de espionaje… Aprestos, expectativa, temores, todo conspiraba al realce de la hora, y, para mayor prestigio, no faltó el humorista que en voz baja, de oído a oído, crease la leyenda de una inverosímil espía, que con el talismán de su belleza, descorriera los siete velos del misterio que cubrían el salón de las deliberaciones de la Gran Asamblea”.

Haciendo a un lado estos toques, más humorísticos que históricos, llegó el 29 de marzo, el día de la instalación de la Convención, la que tuvo lugar en el viejo Teatro Torres (una de las tantas víctimas de la indiferencia ibaguereña por su patrimonio histórico), cuyo propietario era don Roberto Torres Vargas, empresario, ilustre poeta y destacado miembro de la dirigencia liberal local, como ya se dijo; y, las deliberaciones estuvieron presididas por el doctor Simón Bossa Pereira, y uno de los secretarios auxiliares fue Alberto Camacho Angarita, entonces recién egresado de la Universidad Republicana.

 

Casa ubicada en el costado norte de la Plaza de Bolívar, donde

deliberó La Convención. Años después esta edificación fue sede del

Círculo de Ibagué

Allí, el general Herrera, en su discurso inaugural, no pudo ser más claro en lo referente al norte que el Liberalismo debía adoptar para convertirse en una verdadera alternativa de poder. Dijo entonces: “La Convención Departamental que en esta misma ilustre ciudad se reunió hace un año, echó en proposición muy discreta y elocuente las bases de la actividad social del partido, al llamar a su seno a los elementos socialistas momentáneamente alejados, y os ruego prestar a este tópico la mayor atención.

Las clases populares son la base misma del liberalismo, son sangre de su sangre, y en nuestra patria están ellas en un estado de inferioridad evidente y apenas de nombre conocen reformas e instituciones que en pueblos más afortunados son ya realidades que dan al obrero protección y garantías efectivas… El partido debe inscribir en sus programas esas reformas, adaptadas a nuestras posibilidades y circunstancias, y debe dar a sus voceros en Congresos, Asambleas y municipalidades, como misión principal, la de luchar por ellas incansablemente hasta sacarlas adelante. Así lo manda la justicia y así lo reclama el verdadero sentido del liberalismo moderno”.

 

Hotel Europa, donde se alojaron muchos de

los convencionistas

Pero, si alguien considera vagos estos conceptos, el Acuerdo Nº 8, en cuya redacción y aprobación el general Herrera tuvo decisoria injerencia, no dejaba dudas. De quienes han analizado este acuerdo, y en términos generales la Convención, he escogido el comentario que al respecto hizo Diego Montaña Cuéllar, importante político e intelectual, crítico del “establecimiento”, quien señaló: “La Convención Liberal, reunida en Ibagué el 29 de marzo de 1922, recogió en su plataforma los problemas sociales más agudos y propuso reformas al régimen agrario y leyes protectoras del trabajo asalariado: “Defensa y protección de las clases obreras y con ese objeto, persistente esfuerzo para obtener el mejoramiento efectivo de su condición y para reconocerles en la práctica y en la ley las garantías y los derechos que en todas las sociedades cultas corresponden. Para este fin –ya entrando en los incisos del acuerdo- el Partido consagra como aspiraciones suyas, las siguientes, cuya completa realización es una de sus esenciales misiones:

a) Creación de la Oficina del Trabajo, b) Desarrollo e implementación completa del seguro obligatorio en las empresas públicas y privadas, c) Fomento de la instrucción técnica, d) Legislación sobre la propiedad territorial y colonización con auxilio del Estado, garantizando la adquisición y estabilidad de la pequeña propiedad, e) Reglamentación y efectividad de los accidentes de trabajo, f) Reglamentación del arrendamiento de predios rústicos, g) Supresión del servicio personal subsidiario, h) Establecimiento del arbitraje obligatorio para la solución de las huelgas, libre representación de los huelguistas, etc.”.

A lo anterior no sobra agregar la reflexión de Francisco Posada –igualmente cuestionador del establecimiento- cuando expresó en 1968: “La famosa Convención Liberal de Ibagué, del 29 de marzo de 1922, orientada por el general Benjamín Herrera, cambió su rumbo al colocar a esta agrupación histórica en la línea de la defensa de los derechos laborales, al proponer importantes reformas técnicas y administrativas, al esbozar un avanzado programa de legislación del trabajo”.

Para concluir, otro aspecto de esta Convención es el que expone Mario Arango Jaramillo, el connotado historiador antioqueño, cuando afirma que este evento fue un “Concilio Masónico”, habida cuenta que la mayoría de los convencionistas pertenecía a la masonería. No en vano Francisco José Chaux, en su intervención habló de “constituir la nueva República sobre las bases inconmovibles de lema redentor: Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Esta circunstancia incrementó las suspicacias de las autoridades civiles y eclesiásticas.

POR HERNANDO BONILLA - ESPECIAL PARA EL NUEVO DÍA

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