Hacienda La Miel, una ciudad en crecimiento dentro de Ibagué

Crédito: El Nuevo Día.
La Miel se ha convertido en un punto de crecimiento poblacional de la región. Pese a la visión que tienen de ella, desde afuera, con el tiempo han podido mejorar sus condiciones de vida y se proyectan como un punto de convergencia social.
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Casi 26 años después de su llegada, los habitantes de La Miel se sienten más tolimenses que nunca. Con sus contrastes y dificultades, poco a poco se han convertido en un apéndice de Ibagué, una ciudad dentro de otra ciudad.

 

La llegada

El paramilitarismo en Colombia tuvo su década de mayor terror en los 90, cuando su expansión abarcó varios departamentos del país. Entre ellos, uno de los que sufrió más fue Cesar, de donde salieron los primeros moradores de La Miel.

Del sur de este departamento, exactamente de los municipios de Pelaya, La Gloria y Tamalameque, provienen los fundadores de este centro poblado. Antes de llegar al Tolima realizaron unas tomas pacíficas en el INCORA y en la Defensoría del Pueblo, durante 9 meses, pidiendo la ayuda del Estado, quien, tras un largo proceso, financió la compra de terrenos en el Tolima para 70 familias.

“Éramos 270 familias desplazadas y nos distribuyeron en varias partes del país. Cuando llegamos no había ni una sola casa construida, solo potreros, cañaduzales y cultivos de arroz”, contó César Quintero Caicedo, uno de los primeros moradores de este sector.

Con unas carpas que les había regalado la Cruz Roja armaron sus primeros parapetos. Vivieron como pudieron y crearon la empresa comunitaria La Nueva Esperanza, en donde trabajaron con fraternidad varios años. Se repartían las obligaciones: unos trabajaban la tierra, otros comercializaban lo que daba la tierra. Por un tiempo vivieron cómodos, ayudándose los unos a los otros. No obstante, llegaron las divisiones y las deudas.

De ese trabajo comunitario se logró construir un acueducto, la red de gas, luz e, incluso, una sede educativa.

“Unos trabajaban más que otros y la empresa comunitaria se cerró. Cada uno comenzó a trabajar por su lado. Después llegaron las deudas, el Fenómeno del Niño le dio durísimo a todos los cultivos de la zona y nosotros los campesinos nos endeudamos mucho”, agregó César Quintero Caicedo.

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Lo difícil de ser campesino

En La Miel son agradecidos. Saben que tuvieron que luchar por lo que tienen hoy en día, por eso lo valoran y lo cuidan como pueden. No solamente por recibirlo, dicen, es más importante mantenerlo. Al igual que en todo el país, allí ser campesino es un trabajo constante en contra de los obstáculos y las contrariedades.

Cuando les dieron tierras les dijeron: sean campesinos, gánense el sustento con trabajo. Pese a esa bendición, una segunda oportunidad que la mayoría no tiene, las condiciones cada día eran más adversas: los grandes cultivos de un comienzo dejaron de ser rentables y los hicieron endeudarse. El Banco Agrario financió proyectos de siembra de arroz y maíz pero, según dicen, la falta de asesoría técnica los hizo fracasar. Cuando una zona es tan pobre en agua, cada gota vale oro y hay que saberla administrar.

“En Cesar no había tanto problema con el agua. Trabajar cuando el agua es limitada exige saber cómo hacerlo. No sabíamos cómo era eso o, simplemente, algunos no tenían experiencia en cosechar y no supieron sacar adelante sus proyectos. En medio del optimismo pues se pedían créditos pensando que después se recuperaba, pero no era así. En la soledad en la que estábamos solo nos quedaron deudas”, dijo César Quintero Caicedo.

De otro lado, ahora la mayor fuente de empleo de los habitantes de La Miel son las empresas que compraron terrenos y están cerca del centro poblado. De ser propietarios pasaron a ser empleados, pero, aseguran, viven más tranquilos.

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La Ley 160 que los trajo allí

Ley 160 de 1994 estableció la necesidad de subsidios para la adquisición de tierra para la población campesina más necesitada. Dice la Ley que el acceso progresivo a la propiedad de la tierra de los trabajadores agrarios y a otros servicios públicos rurales tiene la intención de mejorar los ingresos y la calidad de vida de la población campesina.

Hasta cuando se cumpliera un plazo de quince años, contados desde la primera adjudicación que se hizo sobre la respectiva parcela, los beneficiados no podían transferir el derecho de dominio, posesión o tenencia. Una vez cumplido este plazo, comenzaron las ventas de los terrenos.

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La parcelación de las tierras

Como tantas personas habían adquirido deudas y seguir trabajando la tierra no parecía buen negocio, muchos de ellos comenzaron dividir los terrenos y ofrecerlos para, al menos, quitarse a los bancos de encima.

“Cuando ya las deudas eran tantas, algunos comenzaron a vender tierras. La gente de afuera comenzó a llegar con pequeñas parcelas, luego vendieron porciones más grandes a empresas y a más familias. Cada día nos expandimos más y van llegando más personas”, refirió César Quintero Caicedo.

Ahora hay más habitantes nuevos que personas de la primera generación que llegaron. Así mismo, las parentelas han crecido y ya se encuentran segundas y terceras generaciones, más tolimenses que costeñas.

Sin embargo, son los originarios lo que aún están al frente de la convivencia y quienes organizan los temas comunitarios.

 

El problema de las construcciones

Con las primeras ventas de lotes llegaron familias pequeñas. Compraban y construían poco a poco. Según las autoridades, no tienen los permisos para hacer esas construcciones.

“Allí no hay licencias de ninguna índole, por lo que las construcciones que se realicen, sean subdivisiones, ventas de lotes o viviendas campestres, no tienen, por lo menos hasta el momento, permisos para realizarse”, dijo Andrés Farah Cortés, director de información y Aplicación de la Norma Urbanística de la Alcaldía de Ibagué.

Puede que en un momento se terminen de legalizar todos los terrenos, se presenten las solicitudes de urbanismo y se hagan las subdivisiones acordes a las normas. Hasta el momento esto no es así.

Frente a esta problemática, la corregidora ha solicitado en diferentes ocasiones licencias e incluso ha suspendido construcciones. El Instituto Geográfico Agustín Codazzi emitió unas resoluciones que limitan puntualmente las construcciones allí.

Por otro lado, las características del suelo, establecidas en el Plan de Ordenamiento Territorial del 2014, están aprobadas para zonas rurales, no urbanas, por lo que no estarían autorizadas dichas subdivisiones.

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“Aquí lo tenemos todo”

En La Miel hay escuela, supermercado, tiendas, fruvers, billares, iglesias y casi cualquier cosa que una comunidad necesita, por eso no salen al ‘exterior’ a menos que sea imprescindible.

“Uno acá no necesita casi ni salir. Muchas personas duran semanas que no van a ningún lado, los niños estudian en la escuela de acá, tienen parques y piscinas. Vamos a trabajar, nos damos una vuelta por el poblado, salimos los fines de semana. Para divertirnos los mayores tenemos billares, así nos pasamos los días, bastante más tranquilos de lo que las personas creen”, afirmó César.

Hay algo que sí les hace falta, y es un puesto de salud. Con el aumento de la población y la expansión de las viviendas se ha vuelto una necesidad contar con un hospital o con más jornadas de salud pública.

“Si alguien se nos enferma tenemos que ir hasta Ibagué. Además, las basuras y las aguas negras nos pasan por al frente, eso es una problemática grave. Afortunadamente en general tenemos muy buena salud”, contó.

 

Interacción con otros sectores

Pese a su aislamiento parcial, a veces hacen comunidad con otros barrios, lo que incluye, más que todo, eventos deportivos.

“Hemos armado campeonatos de fútbol y eventos culturales, pues cuando se podía. El último fue con Picaleña, que está relativamente cerca. Las personas salen de acá con una idea diferente de la que tienen fuera de aquí”, narró Simón Hernández, presidente de la junta de acción comunal.

Quienes salen, lo hacen para comprar algo en específico o para surtir los establecimientos comerciales internos, sin embargo, la mayoría hace sus compras a los mismos vendedores de La Miel.

“En el caso mío me gusta ir a comprar a la plaza de la 21 y a Mercacentro. Allá obvio hay más surtido. Nosotros tenemos nuestra moto, los que pueden tienen su carro. Nos pasa una buseta número 28 que viene del peaje y va hasta la Primera con Quince, da vuelta en la Quinta y vuelve a bajar. Desde hace años podemos salir por esos medios”, dijo Simón Hernández.

 

“Cada día más tolimenses”

Aunque hay dificultades, conflictos y estigmatizaciones, los pocos habitantes que quedan de ese primer grupo que llegó al Tolima en búsqueda de hogar se sienten felices y se consideran tolimenses.

“Nosotros estamos satisfechos de lo que hemos construido en esta miniciudad que es La Miel. Yo me siento más tolimense que cualquier otro. Hasta el acento de la Costa se me fue hace años. Uno regresa al Cesar y la gente le dice: uy, llegó el cachaco”, dijo César Quintero Caicedo.

Algunos de ellos han progresado y viven con tranquilidad. Quienes siguen allí después de tantos años lo hacen porque sienten que ya no pertenecen a otro sitio sino a este.

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Futuro de La Miel

Las condiciones para trabajar el campo cada día se van dificultando más, por eso son pocas las personas que se ven continuando y conservando la tradición campesina de los primeros pobladores.

Con las construcciones de un número considerable de nuevas viviendas y el creciente ‘boom’ inmobiliario de la zona piensan que la opción de convertirse en un destino agroturístico.

“Convertirnos en un destino turístico, siempre con el componente del agro presente. Que sean muchas casas quintas donde vengan a pasar un rato agradable las personas. Con atracciones acuáticas y espacios para huertas, para así recuperar ese trabajo comunitario de un inicio”, finalizó César Quintero Caicedo.

CAMILO JIMÉNEZ

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