El campesino de Cajamarca, sinónimo de resistencia y fortaleza

Crédito: Jorge Cuellar / El Nuevo Día.
Antes de que se fundara Cajamarca el 27 de marzo de 1913, llegaron los colonos antioqueños a Anaime. Allí inició esta población que en su mayoría vive en zona rural y, a pesar de las dificultades, sus campesinos alimentan todo un país.
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El campesino cajamarcuno es de los más aguerridos del país, y la vida de Norberto Díaz es un ejemplo de ello, pues a sus 75 años ha sobrevivido a todos los problemas que infortunadamente enfrenta el agricultor colombiano.

Con la fortaleza del arriero y una mente lúcida, este hombre nacido en el corregimiento Anaime, ha soportado la violencia bipartidista, tomas guerrilleras, el abandono del Estado e incluso la megaminería, pero a pesar de esto, nunca dejó la profesión por la que siente orgullo.

Su faena, la que lleva desde niño cuando los bandoleros asesinaron a su padre, inicia a las 4 de la madrugada, a las 5 ya está listo para salir con su mula al parque principal con la carga de arracacha, plátano, tomate, u otras hortalizas y legumbres que produce en su finca.

Nació en la vereda Pelahuevos el 4 de diciembre de 1937, y debido a la pobreza y los inicios de la violencia entre partidos políticos, no pudo estudiar, pero sí aprender lo dura que es la vida del campo, y más cuando se es desplazado, ver a sus padres pedir posada y dormir sobre costales.

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La cruda violencia del campo

“Conocí la violencia, la brutalidad de la gente, unos decían que eran liberales y otros conservadores, salían a las veredas, por El Recreo, El Águila; los conservadores salían a matar liberales, a la otra noche eran los liberales contra los conservadores, vi mucho muerto.

“En ese tiempo no era guerrilla, les decían la chusma, conocí al comandante ‘Triunfo’, fue duro en la pelea contra la Policía. En esa época, dicen, porque a uno no le consta, la Policía (chulavita), era la de las fechorías”, cuenta.

Entre los tantos recuerdos que tiene de su niñez, fue ver desde donde vivía, la manera en que expulsaban campesinos liberales, pues para el Gobierno no eran trabajadores sino ‘chusmeros’.

El tono de la voz de Norberto cambia, se torna temblorosa, mientras narra que en ese grupo llevaban a su padre.

“Me acuerdo verlo con estos ojos por ese camino, luego en la cárcel los colgaban, les daban látigo. Me mandaban con dos ollitas a llevarle desayuno y lo encontraba chorreando sangre de las ‘pelas’ que le daban, luego a todo el grupo lo echaron para Ibagué, duró 24 meses.

“Cuando los soltaban eran esperados por el camino y los mataban. Me acuerdo de los tres hermanos Montalvo, por Violetas, en Cocora, los ‘pelaron’”.

Su padre murió en una emboscada, se fue con un hermano a Playarrica a llevar víveres, y entre San Pedro y El Corazón se les varó el camión.

“Cuenta mi tío que cuando se bajaron a cambiar la cruceta les llegaron por detrás, mi padre salió a correr y le pegaron dos tiros, mi tío se voló pero le alcanzaron a pegar un peinillazo en la nuca, un conductor lo escuchó, lo llevaron al hospital y se salvó”, dice.

Debido a esto le tocó empezar a trabajar fuerte, su madre, al no poder hacerse cargo de todos, lo envió a unos familiares, y allí, junto con sus primos, aprendió la arriería. Y desde ahí, ha trabajado duro la tierra, es uno de los tantos campesinos que hacen grande el sobrenombre que tiene Cajamarca, ‘La Despensa Agrícola de Colombia’.

Acá la gente es muy guapa para el trabajo, uno mismo los admira. Lo que falta es apoyo del Gobierno; antes miran cómo lo aprietan a uno, no dan un subsidio

Más trabajo, más guerra

Conocedor de todos los secretos para trabajar el campo, enjalmar mulas, bajar la cosecha de la montaña y comercializar lo que sus propias manos siembran, llegó una nueva oleada de violencia, esta vez por las guerrillas de las Farc.

Anaime, adonde llegaron en 1886 los primeros colonizadores, el 30 de agosto de 1996 unos 50 hombres del frente 21 de las Farc se tomaron el corregimiento. Ese viernes, desde las 9:45 p.m., la subversión atacó la estación de Policía, tres uniformados murieron.

“Fue duro cuando el comandante Carrillo se tomó Anaime, la gente fue desplazada, humillada, sus milicias en el pueblo decían mentiras y mandaban a matar gente inocente”, indica.

Y aunque no comulgaba con esa ideología, en dos ocasiones tuvo que servirle a las malas a los guerrilleros, pues debido a que tenía un camión, le tocó llevar gente a otros sectores del municipio.

“Otra vez subí a la finca La Floresta a ver un ganado y eso estaba lleno de guerrilla, cuando prendí el carro me preguntaron que si yo era ‘el famoso chulo’, respondí que sí, pero que no tenía gasolina, me cogieron en la mentira porque cuando le fueron a echar estaba lleno”.

La noche del ataque a la estación de Policía no estaba en Anaime, vivía en Cajamarca, pero al otro día subió y vio a la gente en la calle, al llegar vio la destrucción, un guerrillero muerto y los morteros en el centro del parque.

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No a la mina

Pero los problemas para los campesinos cajamarcunos no se detuvieron, pues luego llegó el tema del oro, muchos campesinos que tenían sus parcelas cerca a La Colosa vendieron sus tierras a las multinacionales mineras, el auge se tomaba ahora a la ‘Despensa Agrícola’.

“Algunos pobladores fueron contratados, pero la mayoría se opuso a la entrada de Anglogold Ashanti, de momento, la gente se opuso, se fue a las urnas y respetaron sus montañas, de momento triunfa la vocación, el amor por el agro, por la arriería.

“Acá la gente se opuso, hubo reuniones, pero siempre defenderemos el agua y la agricultura, porque si explotan esa mina, esa agua que va para Cajamarca muere, así como los nacimientos. Eso dicen también de las aguacateras, puede ser cierto, no sé, porque hasta ahora están entrando esas nuevas multinacionales”, asegura.

Y mientras ahora inicia el auge aguacatero, los campesinos que han soportado por décadas tantos problemas y alimentan al mundo, piden que el Gobierno fije sus ojos hacia las montañas, que los apoyen, pues muchos no reciben ni un subsidio para sus cosechas y pierden dinero con los intermediarios, que son quienes ponen precio a su trabajo.

“A mis hijos les enseñé mi profesión pero no les gustó, ellos quisieron estudiar, por supuesto yo les ayudé; uno es mecánico electrónico, hay otro que trabaja en Bogotá en publicidad y el menor es odontólogo.

“Los crié, los hice, y los apoyé, a ellos no les gusta encargarse de las mulas, de las vacas, eso sí los tuve echando asadón, les tenía un espacio donde sembraran, le cogieran amor al trabajo, y siempre los apoyo y los quiero, porque salieron adelante en medio de la pobreza”, apostilló.

ANTONIO GUZMÁN OLIVEROS

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