Cajamarca: más de un siglo alimentando a Colombia

Crédito: El Nuevo Día
Entrando al corregimiento Anaime, en Cajamarca, hay a mano derecha varios murales en homenaje a los campesinos. A la izquierda, en el parque central, se reúnen sus protagonistas a ponerle una pausa a su jornada. El ambiente es como dentro de una pintura al óleo: arrieros amarran sus mulas a los árboles y se van a tomar café en las tiendas, los Jeep Willys pasan, lentos, llenos de bultos de comida. El ritmo es lento pero constante.
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La vocación agrícol a de Cajamarca sostiene su economía. Gran parte de su población se dedica a la producción y comercialización de productos del campo. Ubicada en la unión entre Tolima, Quindío y del Puerto de Buenaventura con Bogotá, las condiciones ambientales y la riqueza de sus suelos convirtieron al municipio en un punto de referencia de la producción agroalimentaria del país, en la ‘Despensa agrícola de Colombia’. Allí todos lo saben y se sienten orgullosos de ello.

 

La abundancia de la arracacha

Además de fríjol, café, arveja, habichuela, maíz, papa, frutas como tomate de árbol, curuba, granadilla, mora, uchuva, breva y naranja, el producto insignia es la arracacha, de la cual Cajamarca es el mayor productor del país.

A lo lejos, las montañas se ven como una colcha de retazos de tantos cultivos distintos. Los agricultores no esperan a sembrar y que dé, sino que hacen varias al tiempo y así cosechan todo el año: “Sembramos arracacha y, mientras da, vamos sembrando fríjol. Mientras va dando el fríjol, vamos sembrando arveja o maíz o habichuela. Todos los meses sembrando y cosechando. Gracias a Dios nunca descansamos”, dijo, parado frente a su tajo de arracacha, a punto de recoger, el campesino José María Caicedo.

Esta planta, muy conocida por recetas como sopas y por sus valores energéticos, normalmente tiene un tiempo de cosecha de entre 12 y 14 meses. Sin embargo, en la parte más alta de Cajamarca puede tomar menos de 10 meses, dicen que por la misma riqueza de los suelos.

Tanta es la abundancia de arracacha que en Anaime no se venden en las tiendas. Sería como si en Ibagué vendieran hojas de ocobo. Incluso, en las carreteras es normal ver decenas de bultos de comida en el piso, sin nadie que las custodie. No son parte del paisaje, son el paisaje mismo.

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Dos culturas encontradas

La historia de Cajamarca inició el año 1867 en Anaime, cuando los primeros colonos antioqueños llegaron a la región. En 1913 el arzobispo Ismael Perdomo fundó un nuevo corregimiento en la hacienda Cajamarca.

A la colonización antioqueña se sumó una boyacense, la cual llevó la arracacha, hoy por hoy su producto más importante. Así, en el cajamarcuno conviven una tradición apegada al cultivo dedicado de la tierra y otra de empuje hacia el comercio. Esa mezcla se ve en su ambiente: calles estrechas, casas antiguas; un aire de patriotismo, cierta tradición religiosa y una atmósfera de laboriosidad.

 

El auge del ‘oro verde’

En los últimos años, en el mundo entero ha habido un ‘boom’ aguacatero, llegando a comercializarse más de 5 mil millones de kg al año. No se trata solo de su buen sabor, sino de una expansión a productos de belleza, cervezas, aceites, infusiones y hasta polvo de guacamole.

Colombia supo montarse en ese apogeo y hoy es el exportador número uno de aguacate Hass a Europa con el 30% de mercado total. Entre enero y noviembre del 2020 las exportaciones del aguacate colombiano crecieron en un 50% y sus ventas llegaron a los US$124 millones. Según cifras del ICA, el país genera 150 mil toneladas cada año, aportando cerca de 54 mil empleos.

En Cajamarca varios campesinos supieron adivinar que el futuro estaba en el aguacate e invirtieron en él. Algunos de ellos le apostaron sus ahorros y ahora tienen una estabilidad envidiable para muchos.

“Ahora están intentando cambiar el cultivo por el aguacate. Han motivado al campesino a sembrar aguacate Hass, que porque es para exportación y se paga mejor. La verdad es que ese cultivo les ha salvado la finca a muchas personas”, dijo José María Caicedo, ya parado frente a un cultivo de fríjol recién sembrado.

Aunque no todos han podido o querido invertir en el nuevo producto de moda.

 

El peligro de los monocultivos

Uno de tantos temas que han denunciado los ambientalistas sobre el aumento de los cultivos de aguacate tiene que ver con el peligro de los monocultivos, los cuales históricamente han sido un camino rápido para aumentar la producción a gran escala.

“Para nadie es un secreto que el monocultivo nos puede causar muchos problemas en el tema fitosanitario. Es difícil concientizar que todos tengan un buen manejo de plagas y enfermedades, pues se corre un riesgo mayor de que se nos acentúen, que afecten a los pequeños agricultores que siembran fríjol, frutas o arracachas”, opinó Juan Carlos Bernal Silva, director de la Umata de Cajamarca.

Los grandes productores que están ingresando a la zona tienen la ventaja de apoyarse en altos recursos que les permiten mejor control de sus plagas, pero, los pequeños agricultores carecen del músculo financiero para realizar control químico y, al ser plagas invasivas, necesitan conocimiento técnico para manejarlas.

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Los problemas del campesino

Hace rato que ser un pequeño agricultor dejó de ser rentable. Quienes se empeñan en ello son personas mayores que no imaginan vivir en otro sitio que no sea donde crecieron sus padres, ellos mismos y sus hijos.

Las nuevas generaciones lo saben y optan, cuando pueden, por quedarse en las ciudades a las que van a estudiar: “En el campo ellos no ven ningún futuro: sembrar para vender barato. Se van perdiendo las tradiciones y, a la larga, se pierde la tierra porque se queda sin cultivar o toca vendérsela a las empresas esas”.

A los problemas de los agricultores se suman los bajos precios y el aumento de los intermediarios. Los campesinos no tienen cómo vender directamente sus productos a las grandes superficies: “Para venderles a las grandes empresas uno no puede porque exigen volumen e ir hasta allá y pues cómo hacemos”.

Una forma de ayudar a su situación sería controlar la intermediación y fomentar la venta directa. Otra, en la que coinciden los mayores, es revivir el Instituto de Mercadeo Agropecuario (Idema), el cual se encargaba de comprarle las cosechas a los campesinos y comercializarlas: “Ahora que el fríjol está tan barato el Gobierno podría comprar la cosecha, almacenarla y distribuirla en otras regiones. Ese sería un primer paso para mejorar nuestra situación y que los jóvenes no sigan emigrando”, agregó José María Caicedo, parado frente a una pequeña parcela lista para sembrar.

 

La llegada de ‘foráneos’ a Cajamarca

Desde hace algunos meses se ha comenzado a comentar sobre la venta de algunas de las fincas más antiguas de la región. El patrón es que tumban los cultivos previos y montan árboles de aguacate.

“Estas grandes compañías le están comprando la tierra a los productores porque son muy aptas para el cultivo, además, reconocen la ventaja que tenemos. Aquí se produce aguacate cuando en Chile, Perú y México, que son las potencias, ya no hay cosecha. Al ponerse escasa la fruta en el mercado internacional los precios se vuelven favorables para Colombia”, explicó en su momento Gustavo Miranda, gerente de Paltolima.

La multinacional chilena Green Superfood y la peruana Camposol son las empresas que más han comprado terrenos en el municipio para el cultivo de aguacate.

Para el director de la Umata de Cajamarca estos procesos de expansión no son extraños en zonas agropecuarias. Sin embargo, se están articulando con Cortolima visitas técnicas de inspección para definir si se están o no causando daños ambientales en medio de las expansiones agrícolas.

“Por las mismas quejas que se han recibido hemos realizado visitas previas en la Umata para constatarla y reportarle a Cortolima qué está pasando en esos predios, que en su mayoría ahora son de empresas”, afirmó Juan Carlos Bernal Silva.

 

Quienes le dicen no al aguacate

Hay cajamarcunos que no se plegaron al ‘boom’ del aguacate, ya sea por apego a su terruño o porque se sienten cansados para emprender un proyecto que les exigiría mucho esfuerzo físico.

“Yo no pienso sembrar aguacate porque ese cultivo es duro, yo ya estoy viejo y vivo solo. Mis papás fueron campesinos y yo seguiré siendo campesino, pero tampoco es que esté muy amañado porque la vida del campesino es muy dura”, dijo José María Caicedo.

Y agregó que, aunque tiene mucho aprecio por la tierra que le ha dado todo durante décadas, no descarta venderla más adelante: “Acá estamos como dice el paisa: contentos no, resignados”.

 

Las talas irregulares y el enigma del consumo de agua

En febrero de este año se aumentaron las denuncias sobre supuestas talas indiscriminadas en la vereda Potosí, las cuales vendrían desde

julio de 2020. En varias fotos a las que tuvo acceso en su momento El Nuevo Día, dieron muestra de cómo se estaban instalando carreteables entre las palmas de cera para dar paso a la expansión del aguacate Hass tierras compradas por Green Superfood.

Otro de los peros a la expansión de los cultivos de aguacate tiene que ver con la inversión de agua que exige y las afectaciones a las dinámicas hidrológicas de los suelos. No obstante, no se sabe con certeza cuál es su verdadero impacto al no haber estudios técnicos focalizados en esta zona.

“Ahí deberíamos aunar esfuerzos con otras entidades para adelantar estudios situacionales que nos digan si, de acuerdo a las características que tiene el suelo de nuestro municipio, estos cultivos tan rentables tienen un costo ambiental alto”, agregó Juan Carlos Bernal Silva.

CAMILO JIMÉNEZ

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