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¡Espectacular! Así es un recorrido por el río Combeima, la principal fuente hídrica de Ibagué

Crédito: Suministrada / EL NUEVO DÍA.
Frío, muy frío. Ese es el inicio del recorrido. Allá arriba, en el Parque de los Nevados y como un león dormido se levanta el volcán Nevado del Tolima. El área del Parque Nacional Natural de los Nevados está protegida y quien allí llegue se encontrará con la espectacular vista que ofrece el imponente paisaje. Conectado al glaciar y bajando por el costado de esa elevación se encuentra la cuenca del Río Combeima, que recibe su nombre del cacique indigena Combeima, o Combayma.
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Así empieza su trayecto el emblemático río, en un helado ambiente que cala los huesos, con nubes de espesa neblina y rodeado por grueso musgo en variedad de tonalidades verdes, orquídeas únicas del lugar que salpican con color sus alrededores y familias enteras de frailejones que se erigen majestuosos.

Tuvo razón quien nombró “El silencio” al primer lugar antes de iniciar la ruta hacia el nevado, y donde el Combeima corre cristalino, entre un paisaje montañoso y verde. Árboles y rocas de todo tipo cubren los alrededores, el aire más puro y frío balancea con suavidad al espeso bosque. Es un pulmón, tanto el mismo río como sus alrededores. Al continuar río abajo es posible visualizar la huella humana. Casas grandes y pequeñas, fincas completas, cultivos de café, naranja, lulo y limón, por mencionar algunos, cubren las extensiones de tierra. Los mugidos del ganado, el cacareo de las gallinas y ese olor particular del campo se hace presente, fresco y almizclado.

 

En el corazón del cañón

 

El cañón del Combeima, el nombre de ese espacio ubicado entre montañas, se caracteriza por la abundante vegetación, valles empinados y cuantiosas quebradas. La temperatura que allí se percibe es algo que se llamaría ‘fresco’, especialmente considerando las altas temperaturas que en ocasiones se pueden percibir en la ciudad capital. Todo el territorio que compone al cañón se destaca por la variedad en fauna y flora, así como los cultivos agrícolas de fruta y vegetales. En las afueras de distintos hogares campesinos se aprecian cajas de madera, mesas y hasta camiones que explotan con los colores de bananos, patillas, plátanos, mandarinas, naranjas y hasta chocolate o miel, procesados y empacados artesanalmente por las manos de los campesinos de la zona.

 

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Este es un lugar emblemático para la ciudad de Ibagué y es frecuente encontrar otras actividades que le hacen ser una de las atracciones turísticas más destacadas. Recorridos en caballo, ciclo montañismo, senderismo, agroturismo, paseo de río y oferta gastronómica son algunas de las dinámicas que allí se observan. Pelotones de ciclistas se aprietan de lado a lado en la carretera de una vía doble que en realidad es para vehículos; familias completas almuerzan y comen postres mientras disfrutan del verde paisaje; y el paso de carros es frecuente en subida para llegar a alguno de los destinos turísticos.

 

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Un grupo de personas en botas, camisetas y pañuelos a juego caminan con bastones, o palos, en su ruta de senderismo: “Subir hasta acá, darse un paseo y disfrutar de la naturaleza con el sonido del río, es lo mejor”, dice una de ellas con barro hasta sus rodillas, su frente con una capa de sudor y una sonrisa satisfecha. Allí arriba el agua que baja a través del espeso bosque, entre rocas, hojas y ramas baja cristalina, destella bajo los rayos del sol como un espejo. Como hilos del precioso líquido se unen al Combeima, desaparecen entre sus aguas donde se va perdiendo la claridad. Allí la vista es algo más turbia, como presagio del trato que el ser humano le ha dado.

 

La huella humana

 

La presencia del hombre es como una sombra que empaña el resplandeciente paisaje. Es casi tan negro como un charco que encontré debajo de un puente, allí mismo en el cañón del Combeima. Es una mancha alrededor de todo el verde de la hierba. Su superficie es aceitosa, su color oscuro y turbio. “¿Ves esos lulos?”, me dice mi tío que conoce muy bien de cultivos y me acompaña en el trayecto “esas son aguas negras y las semillas vienen en las heces fecales, luego la naturaleza hace lo suyo”. De forma pensativa observo las frutas que están allí de la nada, rodeadas por monte y a menos de tres metros del río Combeima. Como el bien y el mal en un contraste infinito, así se presentan esas aguas contaminadas al lado de la fuente de vida principal.   

  

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Cuando se les cuestiona a los habitantes de la ciudad de Ibagué lo que significa para ellos el río, de forma unánime, resaltan las palabras “muy importante”. Y es que el Combeima es la fuente principal de agua potable de la ciudad, ya que surte el 80% del agua a los ciudadanos. Como sus aguas fluyen, así mismo mueve el ecoturismo del cañón. Es el agua que se usa para beber, hacer de comer, bañarse, lavar, cepillarse los dientes, regar el jardín, bañar al perro y hasta para espantar los gatos. Probablemente es difícil dimensionar la importancia de esas cosas que siempre están disponibles. No se sabe que es lo que se tiene hasta que se pierde.

 

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En las cercanías del puente Boquerón se observa a dos habitantes de calle que toman un baño a las orillas del río, que por allí continua a través de la ciudad. En una vivienda con su fachada expuesta hay una recicladora. Mallas llenas de material reciclable se amontonan alrededor y sin cuidado alguno los recicladores seleccionan y lanzan a sus espaldas aquellos objetos que no les son útiles. Esto se evidencia a escasos metros del río, el cual termina en ser el recipiente de toda la materia no deseada. Es un área olvidada y nadie se atreve a solicitarles a los recicladores, o a los que se dan una zambullida para higienizarse, que esas formas de uso son poco adecuadas. Personas y un área tan olvidada como el mismo río.

 

Conviviendo con el río

 

El recorrido continúa, cada vez más turbio, especialmente al llegar al sector del barrio Divino Niño. Casas de distintos tamaños en tablas de madera, en zinc, en drywall, cualquier material disponible, hacen parte de invasiones de terreno. Estas comunidades hace años que viven en estos lugares, son poblaciones ribereñas que residen donde nadie más quiere hacerlo. Tener al río en el patio trasero significa peligro, visitantes indeseados y olores nada bienvenidos, sin embargo la vida y su situación solo les permite subsistir allí. Sin acceso a alcantarillado, en la parte trasera de estos hogares, se observan tubos a través de los cuales el agua que ya han usado cae directamente al río.

 

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Desconocía estas actividades, y así viven muchos en la ciudad de Ibagué, en el desconocimiento. La felicidad está en la ignorancia, y va de la mano con el dicho de que la ignorancia es atrevida. Ese es el estado en el cual viven todos aquellos que dentro de la costumbre del diario vivir sienten el río, les arrulla sus noches y les despierta en la mañana. Es el único vecino constante, es la pura expresión de naturaleza y vida, aun así nadie ve por él. Los asentamientos humanos alrededor del río, la mayoría ilegales, impactan de manera directa al cuerpo de agua. Con la poca sensibilización frente al tema, a la comunidad le cuesta comprender la dimensión de la problemática, se llega a pensar que el río siempre estará allí, una noción que está lejos de la realidad.          

 

¿Un recurso con los días contados?

 

“¿Usted qué hace? ¿Por qué le toma fotos al río? Eso no es suyo”, me grita un habitante de calle mientras registro mi recorrido. Me apunta con su dedo y me acusa con uno de los habitantes del barrio quien sonríe y en forma jocosa responde “el río no es de nadie, o bueno sí, del gobierno”. ¿Quién cuida al río Combeima? ¿A quién le interesa? ¿Conoce toda la población de la ciudad de Ibagué su importancia? ¿Es en verdad el dueño nuestro desfigurado, y con falta de prioridades, gobierno? Todas estas preguntas surgen y cuando les consulté a distintas personas que describieran el río, expresaron que es “una fuente vital, hermoso, totalmente esencial e indispensable, increíble” y una más precisa aún frente al recurso hídrico como tal “el agua es tan primordial como el aire. Sin agua no hay vida”. 

 

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El río sigue, en bajada para pasar por plantas de tratamiento, recovecos y más de un hogar, corre hasta llegar a desembocar en Coello donde termina su ardua travesía llena de obstáculos. Todavía hay preguntas que quedan pendientes y si el río Combeima pudiera hablar estaría gritando por ayuda. No se puede vivir sin agua, por mucho que Fernando Olvera lo quisiera. La realidad del río Combeima es la realidad de toda la ciudad de Ibagué, su fuente principal y su cuidado se debería priorizar.

 

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La comunidad está llamada a educarse, reducir el uso del agua y de materiales potencialmente contaminantes, y el gobierno por su parte está llamado a un jalón de orejas, a que trabaje con los verdaderos académicos y dar soluciones. Todos tendremos que partir de este mundo así que ¿el río también tendrá que hacerlo algún día? Si se continúa el mismo trato, tal vez así será.  

 

Liseth Alejandra Varela Melo

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