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La Chamba, una tradición preservada tras generaciones

Crédito: Hélmer Parra / EL NUEVO DÍA
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Las artesanías de La Chamba han evolucionado intentando conservar y guardar todos los conocimientos erigidos durante siglos.
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Detrás de una cerámica de La Chamba hay, por un lado, varias horas de trabajo, y por el otro, más de 300 años de tradición. Quien compra una olla o un plato no solo lleva un utensilio de cocina, lleva también el valor que implica un oficio laborioso y el conocimiento acumulado durante varias generaciones.

La vereda La Chamba está ubicada a unos 14 kilómetros del casco urbano de Guamo. Allí habitan unas 300 familias, las cuales aprovechan los recursos que le brinda su cercanía con el río Magdalena para fabricar productos cerámicos cuya base es el barro y la arcilla: platos, bandejas, jarrones, fruteros, materas, figuras precolombinas, cazuelas y otro número grande de figuras.

Las cerámicas son, además de una de las mayores fuentes de ingresos de la vereda, la forma que tienen para cuidar sus saberes, los cuales se materializan a través de unas técnicas de trabajo que se aprenden de los ancestros. 

 

Las redes sociales, una oportunidad 

 

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Luego de la pandemia las ventas en La Chamba cayeron por completo. Sus principales clientes eran personas que, atraídas por el reconocimiento de la vereda, se desviaban de sus rutas para comprar. Con las restricciones nadie iba y tuvieron que cambiar su forma de ganarse la vida.

Sobrevivieron como pudieron y desde hace un tiempo mudaron sus ventas a las redes sociales. En el caso de ArteBarro, es el nieto de María del Carmen Prada, quien coordina la nueva forma de vender.

“Yo apenas sé manejar el celular, pero mi nieto conoce mucho y convertimos las redes sociales en nuestra principal fuente de ingresos. Una persona entra ahí, ve lo que le ofrecemos y hace su pedido, que le llega a la puerta de la casa”, dice María del Carmen.

Ahora un posible cliente entra a su Facebook, su Instagram, a su página de WordPress o le escriben al número WhatsApp y puede ver su catálogo y hacer su pedido. A los pocos días, luego de hacer el pago por medios virtuales, les envían su cerámica a través de empresas reconocidas de mensajería. 

Con esta nueva modalidad de comercio han podido prescindir de los intermediarios, quienes “nos compraban barato y vendían caro”.

 

Una herencia ancestral

 

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Sobre la carretera que conduce a La Chamba se pueden ver a decenas de personas brillando ollas de barro en las afueras de sus casas. Es una tradición que se hereda por linaje familiar.

Una hija aprendió de su madre, la cual aprendió de la suya y así hasta varios siglos atrás. Ese es el caso de María del Carmen Prada, fundadora de ArteBarro. Ella veía a su mamá trabajar la arcilla y venderla. Cuando murió, su tía continuó con el oficio y ahora ella intenta eso mismo.

“No había acueducto y nos daban unas múcuras de barro pequeñas para cargar agua del río. Yo le cogí cariño a esa múcura porque era muy suave y muy fina y desde allí comencé a aprender a hacer mis propios trabajos”, afirmó. Al igual que todos, inició con lo más básico: brillar ollas: “Cuando me rendía sacaba tiempo para ‘moldar’. Es un proceso lento, pero maravilloso pues es algo que viene de la familia que ya se fue”.

María del Carmen Prada conoce al detalle desde el primer paso, que es escoger el barro (liso y arenoso) hasta la venta final del producto. Por su edad se dedica solo a trabajar en los encargos especiales, esos moldes que nadie más que ella sabe hacer: filtros de agua, tinajas, platos, cazuelas y ollas con ese algo que los más jóvenes aún no han aprendido.

Actualmente, ella, su hijo, nuera y nieto intervienen en el proceso. En su caso, la estirpe ceramista está asegurada.

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CAMILO JIMÉNEZ

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