La crisis de los misiles en la Casa Blanca

Hace 50 años Estados Unidos conoció que Cuba tenía bases de misiles nucleares soviéticas en su territorio y que en cualquier momento podía vulnerar su seguridad. El descubrimiento mantuvo al mundo en vilo, ya que por poco se desata una guerra nuclear entre estos países. Este capítulo de la historia mundial es conocido como ‘La crisis de los misiles cubanos’.

A fines de 1962 el mundo respiraba sosegadamente. Se habían  superado aquellos difíciles 13 días de octubre. John Kennedy, en ellos, ganó la gloria y un lugar en la historia. Pero durante la crisis navegó solo y  tuvo que superar escollos peligrosos, viró en el momento justo para impedir un golpe de Estado en su contra, o una destitución, cambió de rumbo cuando lo estimó necesario e impidió que el orbe sucumbiera en una hecatombe nuclear.

Durante casi dos semanas, John Kennedy y Nikita Krushchev, líderes de las  superpotencias nucleares entonces existentes, tomaron medidas y decisiones por sí solos pero, cada uno internamente, vivió su vía crucis.

Terminada la tensión, la opinión pública mundial aplaudió el temple de Kennedy, su carácter, decisión y la sensatez de Krushchev; el joven Presidente había demostrado ser un estadista. Más, ¿qué pasó dentro de la Casa Blanca durante esa danza de la muerte?

John Kennedy, su hermano Robert y el entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, cada vez más aislados, decidieron el rumbo de Estados Unidos y del mundo, optaron por una solución política, presionaron a los soviéticos, enfrentaron agriamente a la Junta de Jefes del Estado Mayor, a los comandantes en jefe y al aparato de seguridad y a los políticos de derecha, que propugnaban por la autorización para lanzar ataques aéreos sorpresivos sobre Cuba, invadirla y enfrentarse frontalmente con la URSS.
    
La reunión crítica

La crisis estalló el 16 de octubre de 1962. Tres días después, el 19 de octubre, la cúpula de los comandantes superiores militares, llegó a la sala de gabinete de la Casa Blanca a convencer a Kennedy de dar la orden de bombardear aéreamente a Cuba, aniquilar la isla, invadirla y destruir los emplazamientos de misiles balísticos soviéticos ubicados en el costado oeste de esta, próximos a La Florida, descubiertos por un avión espía U-2 el 6 de octubre anterior.

El líder de esto era el comandante en jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, general Curtis LeMay, y todos los comandantes superiores militares le seguían, excepto el general Maxwell Taylor, presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor, el único que seguía al Presidente.

LeMay, malhumorado, agresivo, férreo opositor a la persona y a la postura de Kennedy, rechazó la decisión presidencial de darle una salida política al asunto y bloquear navalmente a Cuba; tildó tal solución de cobarde y dijo que “nuestra única elección consiste en la acción militar abierta”.

Kennedy evadió el cerco, enfáticamente dijo que no valía la pena correr el riesgo de una guerra nuclear; LeMay respondió que la posición presidencial era débil, de funestas repercusiones políticas internas y externamente Estados Unidos perdería credibilidad; luego miró duro al Presidente, diciéndole “usted está en un grave aprieto” y este le contestó “y usted lo está conmigo”.

Tras una hora de forcejeo, Kennedy abandonó abruptamente la sala, dejó a los militares solos, fue al salón oval y ordenó tomar medidas para que la Junta de Jefes militares no empezara una guerra sin su consentimiento. En tanto, el sistema secreto de grabación de la Casa Blanca subrepticiamente guardó la subsiguiente conversación de los militares. En ella abundan expresiones contra el Jefe de Estado, indignantes y sulfuradas.

Fue evidente el aislamiento del Presidente Kennedy. Solo lo apoyaban su hermano Robert y el entonces Secretario de Defensa, Robert McNamara.

El papel de Robert Kennedy durante la crisis fue definitivo e hizo de mensajero clave de su hermano en las conversaciones en la sombra con Gueorgui Bolshakov y el embajador soviético en Wa­shington, Anatoly Dobrynin, que pusieron fin a la crisis.

Las acciones inconsultas

Días después, el general Tommy Power, comandante en jefe de la fuerza nuclear aérea de Estados Unidos, a espaldas de Kennedy, elevó la categoría de alerta del Strategic Air Command a DEFCON-2, un grado  debajo de la guerra nuclear y para cerciorarse de que Moscú lo supiera de inmediato, envió tal mensaje sin codificar, para crear una situación de hecho que desencadenara una acción armada abierta.

La CIA también hizo de las suyas. Pese a órdenes en contra dadas por Kennedy, siguió haciendo maniobras secretas en Cuba e introdujo a 60 comandos como avanzada para una invasión. Robert Kennedy neutralizó tal operación, enfrentó duramente a John McCone, director de la Agencia, pero la CIA reclamó el derecho a tener su propia política y siguió haciendo operaciones, filtrando información secreta a periodistas y a congresistas del ala derechista del Partido Republicano, quienes lanzaban dardos contra Kennedy.

Daniel Ellsberg, funcionario del Pentágono, quien años después filtró a la prensa los ‘Documentos del Pentágono’, dijo que durante la crisis la atmósfera en los círculos militares era “golpista, se respiraba rabia y odio hacia Kennedy”.

Cuarenta años después, en octubre de 2002, en una conferencia celebrada en La Habana para evaluar la crisis de los misiles, los sobrevivientes de la administración Kennedy, encabezados por McNamara, casi se desmayan ante la narración hecha por quienes fueron mandos militares de la URSS, pues se percataron que las armas nucleares de Moscú estaban amartilladas, a punto de dispararse, a raíz de la acción del general Power y cuáles hubieran sido las consecuencias de esto.

En esa conferencia quien fue comandante del Ejército Rojo en Cuba durante la crisis, confesó que en la isla había 40 mil soldados soviéticos y no 10 o 12 mil como las agencias de inteligencia norteamericanas le informaron a Kennedy y a la Junta de Jefes Militares, que en Cuba no solo había misiles nucleares estratégicos sino también nucleares tácticos y que tenía autorización de utilizarlos a discreción ante una acción militar de Estados Unidos.

Fue entonces evidente que la información que las Agencias de Inteligencia dieron no era confiable y hubieran podido provocar una loca guerra nuclear.

Si Kennedy no se hubiera enfrentado agria y largamente a los mandos militares, si hubiera cedido a sus presiones, Estados Unidos, la URSS y gran parte del mundo hubieran quedado en escombros, pues no hay período de aprendizaje con armas nucleares y una equivocación destruye países enteros. Uno de ellos era Estados Unidos.

Este episodio abrió una profunda brecha entre Kennedy y los mandos militares quienes estimaban que retrocedió en el momento cumbre para acabar con el régimen castrista y darle una lección a la URSS. El general LeMay, dijo al final de su vida que “la crisis de los misiles fue la mayor derrota de la historia de E.U.”.

Krushchev en sus Memorias reconoce que Kennedy  estuvo en serio peligro de perder el control de sus soldados, su gobierno se desestabilizó y pudo haber sido  derrocado, factor que fue fundamental para que la URSS optara por un acuerdo antes de que las cosas terminaran mal.

Kennedy logró en esos días su mayor dimensión como estadista, los militares estaban equivocados y hubiera explotado el mundo si  hubiera cedido a sus pretensiones.

Esta crisis fue el principio del fin de Krushchev, pues comenzó a armarse, internamente su derrocamiento, ocurrido dos años después, en octubre de 1964. Las relaciones del Presidente Kennedy y los altos mandos militares y las agencias de seguridad no se rehicieron bien y un año después, el 22 de noviembre de 1963, fue asesinado en Dallas.

Eduardo Muñoz Serpa Especial - el nuevo día

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