Una ‘Vida de palabras’ de ‘El Gordo’ Benjumea que tolimenses registraron

Crédito: Colprensa / El Nuevo Día.
Como parte del homenaje que la Fundación Abrapalabra y la Universidad del Tolima rindieron a Carlos Julio Benjumea Guevara en el marco del Festival Mundopalabra en 2017, esta redacción extrae dos textos de ese libro - revista, que coincidencialmente escribieron dos Comunicadores Sociales - Periodistas, que hoy hacen parte de este rotativo. Última parte.
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Quienes nacimos a inicios de la década de los 90 no vimos novelas como Caballo Viejo o Gallito Remírez, pero sí nos quedó su recuerdo heredado. De esas producciones nacieron nuevos adjetivos que nombraron formas de ser: si una niña se salía de su lugar entonces se parecía a La Potra Zaina; todos tenían a su Caponera de la suerte; a quienes les iba mal en vida les decían Lola Calamidades.

La vida se fragmenta en los recuerdos y solo se conservan las líneas gruesas de lo pasado: el gordo de las telenovelas solo fue uno, como flaco solo fue Agudelo.

Dentro de la casa, a mano derecha, la cocina con el bosquejo de un almuerzo que se dejaba adivinar; a mano izquierda, en un cuarto que se veía apretado de libros, estaba Carlos Julio Benjumea Guevara, ‘El Gordo’ Benjumea, escribiendo en un computador cuya pantalla sobresalía en la semioscuridad.

El viento parecía no moverse, como aplastado por el calor. Empezamos a acomodar las cámaras y cada uno toma su posición. Estábamos ahí ese día para preparar un homenaje del que se desprende estas líneas.

El gordo más famoso de la televisión colombiana salió a los diez minutos, vestido con un buzo blanco, una bermuda oscura y unas sandalias crocs. Caminó de la mano de su hijo, Luis Eduardo, de su estudio a la sala donde lo esperábamos.

Lo llevaba de la mano, tanteando los pasos antes de darlos. Seguía teniendo la figura regordeta y bonachona que uno recuerda, o que uno imagina recordar. Saludó a todos con una sonrisa amplia que parecía forcejear con el peso de sus mejillas que caían. Su rostro, la expectativa de ver por fin su rostro, llenaba toda la sala.

‘El Gordo’ Benjumea se veía flaco al lado de su hijo. Luis Eduardo, alto, robusto y erguido; él, sonriente y cabizbajo. La dignidad de los años a veces se lee mal: todos estaban más preocupados por él de lo que él creía necesario.

De sus 30 cirugías le quedó una disminución de peso obligatoria. ‘El Gordo’ Benjumea dice que fue flaco hasta los 33 años, luego engordó y eso no fue un problema: “Pacheco feo, yo gordo y nadie nos hacía bullying”.

El defecto lo convirtió en cualidad: siempre pudo ser el que sufría el desamor de la gordura, el que desocupaba las neveras o el que tenía problemas para correr al momento de huir; pero, sobre todo, siempre fue el amigo confiable que hacía reír.

En el recuerdo parece como si solo hubiese sido un mismo personaje que se paseó por muchas historias. Es lo que pasa con otros grandes como Pacheco o don Chinche: es imposible recordarlos en sus múltiples facetas y solo se tiene una gran imagen, llena de cariño.

Se sentó en un sillón amplio, el mismo en el que salió fotografiado en la Revista Jet-Set luego del reconocimiento a toda una vida en los Premios India Catalina, y comenzó a hablar de los inicios, de la familia y de la infancia.

Su padre amaba el teatro, pero temía que su hijo se dedicara a él: “Para mi papá el teatro era como el bikini: es perfecto cuando no es en la señora de uno”. Y esa prohibición lo enamoró más: “A uno pueden decirle, ‘Mire, no se enamore de esa mujer que le falta una pierna’.

Y uno dice: ‘Sí, pero es que cojea con una gracia’”. Su voz se apaga un poco, como si se escondiera después de una travesura. Todos se reían y ‘El Gordo’ se acomodaba con satisfacción. Detrás suyo un televisor muy grande, debajo unos juegos de mesa.

De temperamento fuerte del padre de ‘El Gordo’ Benjumea resulta que tuviese que llevar su pasión por la actuación en secreto. El hermano, con quien también comparte su pasión por la actuación, fue su mentor en sus inicios.

“Mi mentor, el Sancho Panza de mi vida”, dice. Su hermano prefirió cambiarse el nombre para evitar encontrones con su papá; ‘El Gordo’ Benjumea, en cambio, lo hizo con su nombre real hasta que un día su trabajo le dio la oportunidad de llegar a su casa con un carrito nuevo y mostrárselo, con orgullo, como un fruto de su vocación artística.

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En los años 40, cuando nació el amor de ‘El Gordo’ Benjumea por el teatro, solo había tres en Bogotá: el Teatro Colón, el Teatro Municipal y el Teatro Faenza; había lucha libre y fútbol, pero nada más.

El arte estaba en los teatros y en la intimidad. Las radionovelas paralizaban el país. Mencionó El derecho de nacer y a ese cubano que todos hemos oído mentar, pero creemos que es un futbolista de antaño: Félix B. Caignet. En su discurso juntó la televisión con la radio en dos frases y las pegó al teatro con una sonrisa. ‘El Gordo’ Benjumea hablaba suave, pero con firmeza.

Su primer papel en el teatro fue interpretando a Pepe el Romano en la obra de García Lorca La casa  de Bernarda Alba, con todas las mujeres de Bernarda enamoradas de él. Tenía 17 años y acababa de ser expulsado del Ejército.

Se quedó esperando recibir el amor de todas ellas porque lo que no sabía era que nunca entraba en escena y que simplemente decía, desde atrás de bastidores: “¡Abre la casa!” Luego participó en Doña Rosita la soltera, también de García Lorca, y en muchas más. Nadie sabe, ni ‘El Gordo’ siquiera, si ese fue el verdadero orden. Otras veces ha dicho que fue con A dónde vas, Alfonso XII que inició.

Cuando habla de teatro ‘El Gordo’ menciona a los clásicos como hablando de lo consuetudinario: Moliére, Chjov, Shakespeare. Esos nombres tan pesados se resbalan por su voz con naturalidad. Sobre una mesa, peligrosamente cerca del borde, a la espera de un actor cómico y despistado que entre a escena, una canasta de huevos tentaba la mala suerte.

Las cámaras producían un calor que se mezclaba con el ambiente de sopor. Luis Eduardo, su hijo, se abanicaba sentado en una poltrona. ‘El Gordo’ se veía fresco.

Con La Casa del Gordo, un Café Concert que fundó en los años 70, pudo llevar a cabo una temporada de teatro de 25 años seguidos, donde una suerte nepotismo artístico en la familia fue clave. “Por poco y hasta mi abuela trabaja allí”, dice.

En ese entorno artístico crecieron sus hijos, participando en las obras como quien juega a la lleva. Tal vez por eso todos sus hijos hacen parte del gremio, sea actuando u organizando actores. La mayoría de las obras que se presentaron allí fueron suyas, escritas, corregidas y montadas. Durante dos décadas y media ‘El Gordo’ hizo de todo, desde lo más pueril hasta ser el alma de un teatro entero.

Actuar en teatro le permitía salir del encasillamiento, dice, y no ser solo el gordo buena papa: “El actor de teatro hace lo que quiere”. Nadie puede saber en cuántas obras actuó ni cuántos personajes hizo. ‘El Gordo’ fue, en teatro y televisión: cura, médico, vaquero, astronauta, rey campesino, Jesucristo y mujer, entre otras muchas más. Y cuando no fue esos: actor, empresario, director, cirquero, libretista, escritor, animador, hombre, entre otros más.

Dice que tiene unas 120 obras terminadas, entre vendidas a empresas, estrenadas en teatros e inéditas. La cara de ‘El Gordo’ se ve larga y con pocos colores, enmarcada de una barba cana, los cachetes un poco caídos y la papada que deja la edad: es un abuelo bonachón. Cuando podía se apoyaba en un bastón que imitaba el cristal. Se veía feliz y producía dulzura verlo.

En su Café Concert adaptaba obras clásicas al melodrama nacional. Se metía en problemas todos los días, dice. De este lugar le quedan muchas anécdotas, una de ellas las varias veces que tuvo que cerrar, apretado por la política del momento: al alcalde Gaitán Mahecha ‘El Gordo’ terminó por llamarlo Gaitán ‘Meecha’, de tantas veces que lo clausuró.

El Café Concert abría miércoles, jueves, viernes y sábados, cuando podían y mientras se pudo. Allí las personas iban a beber y a comer mientras se presentaban obras de todo tipo.

“Yo escribí y escribo todos los días”. La escritura apareció paralela a la actuación: “Necesitaba algo para interpretar, y quien sabía qué era ese algo era yo”. Y desde ahí cogió oficio. Ahora ‘El Gordo’ se levanta a las 3:00 a.m. a leer lo escrito, luego lee la prensa y se devuelve a donde había quedado su historia.

Cuando la salud lo deja hacerlo sale a pasear por los alrededores de su casa. Es fácil imaginarlo en esa rutina, tolerando la diálisis, entre la escritura y lectura, con la mente dispuesta y la sangre nueva.

La necesidad de escribir, sean obras de teatro, poesía, prosa o sus memorias, le debe nacer de ese lugar que nadie es capaz de definir. Tal vez sea una necesidad de trascendencia o de ver cómo algo hecho de la nada cobra vida.

Puede que sienta, como decía García Lorca (el autor que lo recibió y que no lo suelta después de 60 años), que el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Escribir una obra de teatro es la posibilidad de ver que lo que en un día fue un pensamiento vago cobra vida, y tiene un rostro y una voz y se mueve (se levanta), tratando de convertirse en realidad.

Los bombazos de Escobar poco a poco fueron apagando así La Casa del Gordo. La masacre representada en Hamlet se veía en las calles. Así como el autor trata de meter el mundo de afuera en el escenario, la obra trágica comenzó a salirse y a reventarse muy cerca del Café Concert.

Las bombas explotaban junto al teatro y la gente no salía a la calle, asustada por los noticieros. Antes la mafia había intentado comprar el Café Concert: posiblemente se vio representada en las obras y quiso adueñarse del lugar antes que salir corriendo, como hizo Claudio en Hamlet. ‘El Gordo’ prefirió de una vez por todas acabarlo antes de dejarlo manchar.

En la década de los 80 y 90 la mafia era una fuerza descomunal. “Los pintores tuvieron que vender sus cuadros al precio que dijera la mafia, los bailarines bailar para la mafia. ‘El Gordo’, dos veces y sin saberlo, actuó para Pablo Escobar. Vino a saber después que estuvo entre el público, como uno más. “Tuve funciones en las que tenía que actuar con un tipo con una metralleta sentada en la platea”.

Dicen que los tiempos han cambiado. ‘El Gordo’ sigue activo, escribiendo todos los días y actuando en televisión, así increíblemente tenga que seguir haciendo castings. Acaba de terminar de escribir dos proyectos: Seven, un guión sobre los siete pecados capitales puestos en los siete carnavales más importantes de Colombia, y Abajo el telón, la historia del ocaso de una estrella de teatro. Lleva poco a poco las memorias que quiere dejarle a sus hijos: “Un día escribo mucho y al otro día leo y no me gusta”.

Está a la espera de poder llevar de nuevo a las tablas como Diálogos prostáticos, Doña Rosita, la soltera; No me descubras, Cristóbal o El fantasma de Canterville.

“Quiero volver a tener un teatro. Quiero volver a tener un canal”. Este año 2017 está apoyando nuevos actores con su nuevo Focus Group, un múltiplex cerca de la zona rosa de Bogotá, con cuatro salas de teatro enteras para seguir promoviendo la formación de actores, así como lo hizo años atrás y como seguramente lo seguirá haciendo por los años que le queden.

“A mí no me quedan 30 años, a mí me queda una vida por delante, que no sé de cuánto será”. Sigue sonriente, con esa sonrisa con la que uno recuerda la felicidad de otros tiempos. Su cara, como la cara de todo buen actor, dice todo por sí sola.

Pide ayuda y se levanta, como la poesía. Cambia de sitio y se queda mirando todo el movimiento de gente dentro de su casa. Empezamos el ajetreo de recoger los equipos y dejar todo en su lugar y ‘El Gordo’ nos sigue mirando, como si nos quisiera ayudar.

Debe parecer el trabajo posterior a la presentación de una obra, cuando las bambalinas caen al piso y hay que recoger todo. No nos dice nada. Donde se había acomodado ‘El Gordo’ le da el sol en la cara, así que bajamos las cortinas para protegerlo. Nadie aplaude, pero todos sonríen.

CAMILO JIMÉNEZ - ESPECIAL PARA EL NUEVO DÍA

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