“Empezaron a celebrar como si fuéramos su trofeo”, el relato de los uniformados que casi los queman vivos

Crédito: COLPRENSA / EL NUEVO DÍA
Dos uniformados de la Policía Nacional narran los momentos de angustia que vivieron al interior del CAI de la Aurora en Bogotá, cuando un grupo de manifestantes intentó quemarlos vivos al interior de la estructura.
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Las jornadas de protesta en el marco del paro nacional, que iniciaron desde el pasado 28 de abril en Colombia, han dejado historias muy tristes para contar. 

Solo en la capital del país en la noche del pasado martes 4 de mayo se vandalizaron 16 CAIs, entre los cuales se encuentra la estación de la Aurora, al suroriente de Bogotá, donde un grupo de cerca de 400 manifestantes prendieron fuego a la estructura donde se encontraban 15 uniformados e intentaron quemarlos vivos, dejando en ellos un recuerdo que jamás olvidarán.

Por lo menos así lo siente Johana Palacios y Eduar Ramos Pereira, dos de los uniformados que estaban en ese momento al interior del CAI y que, para fortuna de ellos, hoy pueden contar la historia, después de los momentos de angustia que vivieron durante varios minutos en los que sentían que la vida se les iba en medio de las llamas que crecían con fuerza en su lugar de trabajo.

“Todos los días, nos enfrentamos a que nos gritaran cerdos, que debemos estudiar, nos decían que merecemos morir, que no debíamos estar al lado del pueblo. A diario recibíamos piedras y algunas bombas incendiarias en especial en la noche”, recuerdan los dos patrulleros, quienes durante las manifestaciones trabajaron desde el puente de la Dignidad en Usme.

Ninguno de los dos nació en Bogotá. Ella es de Ipiales (Nariño) y él de Magangué (Bolívar). Sin embargo, no estaban trabajando juntos por casualidad, sino porque ambos pertenecían a la Estación de Policía de Usme, donde se encuentran estudiando para desempeñar mejor su labor con la comunidad. Johana haciendo un técnico en topografía y Eduar en dactiloscopia.

Ese día, a diferencia de todos los anteriores, cuentan que los cambiaron de lugar, porque no iba a haber protestas en el puente, lo cual fue un alivio para ellos, quienes pensaron que sería un día tranquilo, en donde podrían descansar y no recibir más insultos.

Pero contrario a lo que pensaban y siendo las 8:30 de la noche, mientras tomaban chocolate y pan con 13 de sus compañeros, un joven entre los 18 y 20 años de edad se acercó al CAI y los alertó de lo que iba a pasar: “Cientos de manifestantes se dirigían hacia allá, con arengas y pitos, con la intención de quemar el CAI y agredirlos, por lo que les recomendó huir”, pero ya era demasiado tarde.

“Afortunadamente logramos cerrar la puerta, agarrar las mesas y otros elementos que había allí, con el objetivo de reforzar las ventanas, al mismo tiempo que pedimos apoyo a la central, porque salir era imposible, solo contábamos con tres cascos y tres escudos”, cuentan.

Pero mientras esperaban los refuerzos, el miedo aumentaba dentro de la estación, porque ellos veían como varias personas se acercaban por todos los costados de las ventanas con piedras para romper los vidrios y ellos sabían que este no duraría para siempre.

Y como era de esperarse, luego de varios intentos, los manifestantes lograron hacer un orificio en la ventana, por el que empezaron a lanzar bombas incendiarias, con las que le prendieron fuego al CAI y a uno de los policías, quien fue apagado rápidamente con un extintor.

“En ese momento todo los manifestantes empezaron a celebrar, estaban felices, era como si fuera un triunfo para ellos, como si nosotros fuéramos su trofeo, porque escuchábamos como nos gritaban cerdos, se van a morir, se van a quemar”, cuenta la patrullera Palacios.

Pero mientras esto sucedía en el exterior, en el interior todo era un caos. A todos los uniformados les costaba respirar, unos lloraban e incluso algunos gritaban que no querían morir ahí, pensaban en sus padres, en sus hijos o en sus esposas.

“En ese momento solo pasaba por mi mente que no volvería a ver a mi hija María Ángel, a mi esposa y a mi mamá, quién iba a cuidar de ellas”, añadió el patrullero Ramos Pereira.

Producto de esta situación, y en un intento desesperado por sobrevivir, decidieron salir con las manos levantadas, con la esperanza de que les respetaran la vida, pero contrario a eso los persiguieron con piedras y palos por todo el sector.

Eduar logró salir corriendo con uno de sus compañeros por una de las cuadras, sin embargo, aunque no se salvó de los golpes, si logró salir del sector gracias a una minivan que los recogió y los alejó de la zona. Producto de estos hechos, el patrullero tiene lesiones en el brazo, la cabeza, las piernas y moretones en las costillas.

Johana, por su parte, cuenta que intentó correr, pero se cayó en la parte de atrás del CAI, e inmediatamente “me empezaron a pegar patadas, con piedras, me robaron mi celular, la billetera y parte de mi uniforme”, sin embargo, dos personas intercedieron por ella y la llevaron a una casa, hasta que otros policías pasaron a recogerla.

Estos hechos produjeron grandes heridas en ella, pues producto de esto no es capaz de salir sola a la calle y se encuentra en terapia psicológica, además de raspones y moretones en varias partes del cuerpo. 

Los dos coincidieron en que es justo que la gente luche por su bienestar y el de sus familias, pero que ellos también luchan por lo mismo y es la motivación para levantarse cada día. 

COLPRENSA

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