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El largo camino que ha recorrido la eutanasia en Colombia

Crédito: Colprensa / EL NUEVO DÍA
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Varias dolorosas historias personales han impulsado en el país el reconocimiento legal y jurisprudencial del derecho a morir dignamente. Algunos sectores más conservadores se siguen oponiendo al reconocimiento de este derecho.
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La Corte Constitucional convirtió al 22 de julio en una fecha histórica, no solo reiteró su posición con respecto a la muerte digna, sino que además amplió el alcance de la norma a los pacientes con “intenso sufrimiento físico o psíquico, proveniente de lesión corporal o enfermedad grave e incurable”. Si bien hasta ahora la norma ha permitido que en Colombia, y según el Ministerio de Salud, al 15 de julio, se hayan sometido 151 personas a la eutanasia, o muerte asistida, aún falta mucho camino por recorrer, por eso la misma Corte le pidió nuevamente al Congreso reglamentar el asunto.

El pasado 8 de septiembre de 2020 Colombia cumplió seis años luego de la sanción de la ley Consuelo Devis Saavedra, una iniciativa que reguló el cuidado paliativo, es decir aquel que se les brinda a los pacientes con enfermedades terminales, crónicas, degenerativas e irreversibles. La iniciativa fue sancionada luego de un fallo de la Corte Constitucional que abrió la puerta a la eutanasia legal, siempre mediada por un consentimiento del paciente y la evaluación de una junta médica.

Si bien en las últimas tres legislaturas el representante por el Valle del Cauca, Juan Fernando Reyes, del Partido Liberal, ha presentado una nueva iniciativa que pretende regular el derecho a morir dignamente esta se ha caído varias veces en su trámite en el Congreso, la discusión no es fácil.

Más allá de las cifras y de las acciones legales, el hecho de morir plantea interrogantes profundos para el paciente y la familia que lo acompaña. Morir no es solo el tránsito del ser al no ser; implica que el último acto de la vida se transforme en una legitimación de la existencia.

María Alejandra Castillo vivió el drama de tener un familiar con una enfermedad terminal.  Ella habla de su dolor y explica que no es fácil querer que el paciente se vaya, pero tampoco pedirle que se quede.

“Al final de la vida de mi mamá ella quería morir, y, lo que es peor, todos nosotros queríamos que así fuera.  Era inevitable. Un médico que hacía las visitas domiciliarias a diario, había pronosticado la muerte de mi mamá en cuestión de días; tal vez una semana. Creo que por primera vez en dos años y medio todos rezamos, no por tener un poco más de tiempo con ella, sino porque se fuera ya; ese mismo día. Murió un sábado. Tanto ella como nosotros finalmente descansamos. Es horrible, pero es verdad”, cuenta mientras le da una honda calada al cigarrillo.

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