Yo soy tú, tú eres yo

La leyenda cuenta que los pueblos mayas expresaban el concepto de unidad en su saludo diario. Cuando se encontraban, una persona exclamaba: “in lak’ech” (yo soy otro tú), a lo que la otra respondía: “hala ken” (y tú eres otro yo).
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El descontento social ante la falta de competencia, empatía y sentido de oportunidad para gobernar del gobierno Duque ha traído una crisis de violencia sistémica en Colombia durante las últimas dos semanas que, naturalmente, está afectando las emociones de la ciudadanía; en todos los sectores hay angustia, zozobra, frustración. Apelando a lo que nos une, a nuestra humanidad, a nuestra capacidad de imaginar, la circunstancia actual nos llama a conectar con las múltiples realidades que hoy atravesamos como nación, en vez de absorbernos en nuestras burbujas ideológicas y el odio, el miedo, la indiferencia y la venganza que las infla. Podría ser lo mejor que saquemos de esta nueva crisis.

Quizás sea porque he tenido mucha suerte en la vida o por razones que van más allá del entendimiento, que nunca he experimentado la discriminación y la violencia de primera mano y recurro al poder del diálogo, me aferro a la esperanza y suelo reflexionar y actuar desde un lugar pacifista ante los desafíos sociales. A la vez, reconozco que la corrupción estatal y empresarial son lastres que hemos cargado desde el inicio de nuestra historia y que el clasismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia y demás complejos que padecemos las personas, son gran parte de los problemas que tienen a Colombia en medio de un conflicto civil desde hace más de un siglo. Por tanto, pareciera un privilegio tener la paz como derrotero de la vida, en medio de un país tan injusto, lleno de desigualdades, donde la pobreza monetaria alcanza ya al 42.5% de la población y la brecha de la riqueza sigue aumentando, según el último informe del Dane. Allí radica la verdadera violencia. Claro, dañar o saquear locales comerciales no es lo ideal, pero me resulta mucho más indignante la permisividad (otra forma de complicidad) con la delincuencia de cuello blanco, mientras juzgamos tan duro y tan rápido a quienes hallan en la acción directa una forma de llamar la atención sobre las mejoras sustanciales y estructurales que urge nuestra sociedad.

Hay que elevar la mente, el corazón y el espíritu ante la coyuntura. Aceptar que durante siglos hemos sido una nación oprimida económica, ideológica, religiosa y psicológicamente no nos va a traer más daños; por el contrario, contribuye significativamente a transformar esta realidad y crear una diferente, una mejor. Dentro de los tesoros que descubrí como educadora en el Caribe colombiano, por estos días ha estado especialmente latente ese principio de vida maya que aprendí allí y recitaba junto a mis estudiantes al inicio de cada clase: “yo soy otro tú, tú eres otro yo”. Si esta vez sí vamos a alcanzar algo valioso en la calle o en la casa, que sea entonces la práctica incansable e incondicional de la empatía, la civilidad, la cooperación y el respeto; sería una hazaña sin precedentes en nuestra historia, sobre todo en la historia de nuestra cultura política.

Como ciudadanía, tenemos el poder de inspirar, de crear una masa crítica y de lograr cambios personales y colectivos duraderos. ¿Cuántos más paros, muertes, violaciones, desapariciones para convencernos? En cada persona vive la posibilidad de reconocernos como una nación unida y de salir de esta siendo un país mejor. 

PAULA DELGADO MORALES

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