¿Y si volvemos a creer en la política?

Aunque estudié Gobierno, a lo largo de mis estudios repelaba la idea de ser parte de un partido o apoyar la campaña de algún candidato. Me parecía que la gente que se afiliaba a un partido lo hacía más desde ese espíritu gregario de querer pertenecer a algo y no por convicciones ideológicas reales.
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Aunque estudié Gobierno, a lo largo de mis estudios repelaba la idea de ser parte de un partido o apoyar la campaña de algún candidato. Me parecía que la gente que se afiliaba a un partido lo hacía más desde ese espíritu gregario de querer pertenecer a algo y no por convicciones ideológicas reales.

Creía yo por esos días lo mismo que creen muchos colombianos ahora. Y cómo no creerlo, si hemos visto las máximas degradaciones de la política en las actuaciones de muchos de nuestros representantes. En los últimos años, hemos sido testigos de la crisis de partidos que ha convertido a los principales vehículos de la democracia en un mero botín electoral donde se rifan cargos y contratos entre clanes familiares y amiguismos. Esta situación ha desencadenado un escenario peor: el de los personalismos y ese culto desmedido a las imágenes de unos líderes que manejan y juegan irresponsablemente con las emociones de sus seguidores polarizando y dividiendo. Pero, más grave que todo lo anterior, ha sido la normalización por parte de la sociedad que ha convertido en costumbre todas estas situaciones dejándonos en una inercia permanente sin motivación para el cambio. 

El jueves 5 de agosto, la Corte Constitucional reconoció la recuperación de la personería jurídica del Nuevo Liberalismo, un hecho que sacude el escenario político por la carga histórica de este partido y por el momento político en el que llega. Este es, innegablemente, el espaldarazo más fuerte que se le ha dado a la participación política desde la Constitución del 91 al ratificar el amparo para la fundación de partidos políticos, al mismo tiempo que exhorta a las instituciones a remover los obstáculos para estos obtengan y conserven su personería jurídica.

El día que conocí más de cerca y a fondo la historia del Nuevo Liberalismo, sus ideales y sus ideólogos, los discursos de Luis Carlos Galán y sus textos, me sorprendió la vigencia de sus planteamientos, lo adelantados que estaban a su tiempo, lo honesto y transparente de sus intenciones y su profundo amor por Colombia. Debió ser porque vivieron en una de las peores épocas de la historia del país, nacieron de la desesperanza y el cansancio, realmente querían un cambio y lo que crearon estuvo a la altura de las necesidades del momento y más allá. Luis Carlos Galán logró interpretar el país de una forma que no se ha vuelto a ver en ningún otro político. Sus amigos cuentan que entre sus palabras más usadas estaban interpretar y estructurar: “interpretar a Colombia y estructurar su presente y devenir”. Devolverle la oportunidad al país de soñarse de nuevo con los ojos del Nuevo Liberalismo es, sin duda, un renacer de la esperanza. 

Veo en este partido algo noble y digno, pero, sobre todo, veo en las personas que hacen parte de esto una profunda y honesta voluntad de honrar lo que fue, de construir una casa que le devuelva lo noble a lo colectivo, lo probo a la política. ¿No debería ser este el objetivo de todos los partidos? 

La invitación es a aprovechar las puertas que se abren y el momento que llama al cambio para formar, reconstruir y enderezar la representación política de nuestro país, desde la orilla que sea. Que ojalá los líderes políticos logren ver el daño que hacen con sus juegos políticos y puedan ofrecer realmente a los ciudadanos un lugar dónde ver representadas sus ideas y valores. Recuerden que a los hombres se les puede matar, pero a las ideas no. Volvamos a creer.

 

 

MARÍA CAMILA ALBARÁN

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