Poníendole corazón a la razón

Cuando la conocí sentí que era una mujer especial. De personalidad arrolladora, sabía decir las cosas con una gracia, simpleza y sinceridad que causaba encanto.

De esas mujeres paisas echadas para adelante, dispuestas a comerse el mundo de una sola dentellada. Muy joven casó con otro paisa. Él, muchacho estudioso, de origen humilde y con ganas de triunfar, que estudió con sacrificios pero con esmero y pronto ganó una beca para estudiar en el prestigioso MIT de Massachusetts. Como siempre en ese Instituto, el estudio era riguroso y exigente. Él y su esposa, dos provincianos en Boston, se las arreglaban como podían. Ella aún amamantaba a su hijo mayor.

Desde temprano él partía a la universidad. Ella se quedaba sola con su hijo, lo complicado era que no podía salir porque no hablaba una palabra en inglés. A las pocas semanas su esposo le presentó un compañero de estudios en condiciones similares, recién casado con una vietnamita que desconocía el idioma gringo y con un retoño reciente. Las dos tenían cosas en común. No hablaban inglés, no tenían recursos ni posibilidades de entrar a una academia a aprenderlo, eran jóvenes casadas con científicos prominentes de sus países, tenías hijos en edad parecida y les encantaba hablar…


Los abuelos dicen que la necesidad mueve montañas. Estas mujeres se hicieron muy amigas. Durante el tiempo que sus maridos estudiaban y se preparaban tecnológicamente, ellas compartían largas horas, cuidando sus niños, cocinando, lavando y arreglando sus improvisados hogares. Cada una le contaba a la otra los pormenores de sus vidas, desde la niñez al matrimonio, sus anécdotas memorables, sus secretos y sus cuitas. Se podría decir que fueron tres años hablando sin parar. Mi amiga nunca aprendió a hablar inglés ni menos vietnamita. Su amiga tampoco aprendió inglés ni castellano…


Todo el tiempo cada una habló en su idioma, sin ambages ni cortapisas. Una magia especial creció entre ellas, se aprendieron a respetar, a querer y con el tiempo, estoy seguro, que se entendieron hasta en lo más mínimo. La necesidad de comunicación, la urgencia de mantenerse vivas, la fortaleza de ser madres y mujeres, no sabría explicar qué circunstancias movieron este caso, pero así ocurrió. Como dijo Pascal: el corazón tiene razones que la razón no comprende.


Han pasado casi cinco décadas y estas mujeres se siguen escribiendo de manera puntual. La una en vietnamita y la otra en castellano. Mi amiga la reconoce como parte de su familia y de sus afectos. Creo que la asiática siente algo similar.


Me asalta una duda. ¿Cómo es posible que muchos con la facilidad que da el poseer un mismo idioma, con todas las posibilidades para comunicarse, hacer amigos y conocerse, no cultiven amistades sino soledades y amarguras? Hoy los medios de comunicación incomunican y en el mundo más interconectado y comunicado, mucha gente vive sola, triste y ensimismada.


El mercado aprovecha esta circunstancia y nos vende aparatos personales para desconectarnos del mundo y escuchar música, para jugar solos o para trabajar aislados. Contrario a las mujeres de esta historia, son muchos los que en medio de la soledad y la depresión, buscan la compañía de las drogas, del juego extremo y hasta del suicidio. ¡Un mundo sin corazón, pero cargado de razón!



AGUSTÍN ANGARITA LEZAMA

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