El sentido común

Parecería que se viene perdiendo el sentido común en la política. Eso es bien grave, porque la política es un problema de sentido común. El Constituyente del 91 consagró la autonomía del Banco de la República como principio clave de la nueva Carta Política. De acuerdo con la Constitución, y con la ley 31 de 1992 a cuyas normas debe sujetarse el Banco para el ejercicio de sus funciones, los miembros de su Junta Directiva representan, exclusivamente, el interés de nación y, por lo mismo, representan al Estado por encima del gobierno. La ley establece un sistema en el cual el presidente solo nombra dos de sus miembros. El resto lo será por los jefes del Estado que vengan luego.
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La designación de alguien que, como Alberto Carrasquilla, deja el ministerio de Hacienda y sin solución de continuidad ingresa a la Junta del Banco, no va en la dirección que quiere la ley. Su consecuencia inmediata es que la Junta del Banco termina pareciéndose a lo que fue la Junta Monetaria, es decir, se convierte en una prolongación del Ejecutivo. No importa que los directores del Banco sean considerados por algunos como personas independientes. Eso no es lo que dice la ley. Pero, además, carece de todo sentido instalar en el Banco un fusible que se quemó en el ministerio. Es una torpeza y, sobre todo, una provocación. 

Desafía la opinión y el sentimiento de miles de ciudadanos que se movilizaron, o se expresaron abiertamente contra él y contra su gestión. Además, lo hicieron con éxito. El propio gobierno les dio la razón al separarlo del ministerio y retirar su propuesta de reforma. En política es así de claro. Por eso, su nombramiento desafía el sentido común. Defenderlo amparándose en la idoneidad del funcionario es una falacia. Producirlo, va contra toda lógica. Como está dicho, la política es un problema de sentido común.

La economía también. Hace medio siglo Hernán Echavarría Olózaga escribió un libro titulado “El sentido común de la economía colombiana”. En lenguaje sencillo se pasea por temas como el comercio exterior, los impuestos, la intervención del Estado frente al desarrollo y termina poniendo de presente que, si bien los problemas económicos no son fáciles de resolver, la economía como ciencia se basa en el sentido común.

La economía no es dogma, es doxa. Alfonso Palacio Rudas diferenciaba entre economía y crematística y entre los especialistas en una y otra materia. Decía que aquellos elaboran documentos sobre la realidad social, mientras estos construyen cuadrículas matemáticas. Ante un grupo de amigos, expresé mi pesadumbre por el hecho de que el peso colombiano llegó a ser la moneda más devaluada del mundo. Me respondieron que ese era un resultado deseado y una lección aprendida por la Junta del Banco. Si es así, la Junta está tomando decisiones como para otro país. No se puede desear un resultado que lesiona a los empresarios endeudados en dólares y afecta el consumo de los colombianos. Es de sentido común.

El Consenso de Washington dogmatizó la economía. La importancia del sector productivo decreció en beneficio del sector financiero, que es especulativo. Treinta años después, nadie se atreve a contradecir lo que se volvió casi una fe. Por Dios: La realidad económica existente antes de la pandemia podía ser funcional a esa ortodoxia dogmatizada. Pero la de hoy impone revisiones y hace preciso recuperar la esencia de la economía: El pensamiento económico es un pensamiento político. Eso también es de sentido común.

Han sido- desvirtuó mucho de la impronta dejada por la región en la historia del país. ¿Cómo recuperamos el significado centenario de nuestro valioso activo espiritual? Ese es el reto de los tolimenses para construir su historia de los próximos cien años.

AUGUSTO TRUJILLO MUÑOZ

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