El pensamiento como activo social

Las artes, las letras, el pensamiento han sido, históricamente, el principal activo del Tolima. Un ciudadano francés, conocido como el Conde Gabriac, visitó a Ibagué por allá en 1880 y se sorprendió por la vocación musical y el sentido artístico de sus habitantes.
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Descubrió que allí la música era un suceso cotidiano. Ibagué era una pequeña aldehuela, según apuntó el escritor Hugo Ruiz, en su texto sobre la “Historia del Conservatorio” de Carlos Pardo Viña; o un lugar adusto y gris como lo pintó París Lozano en su obra “Guerrilleros del Tolima”.

El Conde Gabriac se hizo presente en casa de las familias Sicard, Varón y Melendro, en cuyos patios florecidos susurraban los tiples y se escuchaban voces de todas las edades. El profesor Héctor Villegas dice que Gabriac escribió un artículo en el cual bautizó a Ibagué como “ciudad musical de Colombia”. Un poco después, en 1889, la Asamblea Departamental creó una Escuela de Música, y el gobernador Manuel Casabianca instituyó la clase respectiva en el histórico Colegio de San Simón. Luego fue extendida a la Normal Superior de Señoritas, tenida entre los ibaguereños como la primera universidad femenina que conoció la ciudad. Después de la guerra de los mil días el Tolima quiso restañar sus heridas en torno a la actividad cultural. El maestro Alberto Castilla fundó el célebre Conservatorio de Música; Fabio Lozano Torrijos creó la Junta de Tolimenses, un colectivo bipartidista de empresarios con vocación intelectual y sentido solidario; la comunidad salesiana abrió la Escuela Agronómica de San Jorge, sobre la cual se fundó después la Universidad de Tolima. El centenario de la independencia se celebró con creces, por una Junta dirigida por el maestro Manuel Antonio Bonilla. Tuvo, en la región, importantes repercusiones.

El historiador Hernán Clavijo narra cómo dicha Junta se pronunció sobre grandes sucesos. Uno de ellos fue el raponazo de Panamá y la violación de la soberanía nacional por parte de los Estados Unidos. La Junta de Ibagué pidió al gobierno nacional proponer a Ecuador y a Venezuela un acuerdo defensivo para enfrentar los abusos norteamericanos. Incluso pidió suscribir tratados semejantes con otros países de la región. La Junta sostuvo que la Doctrina Monroe era el pretexto gringo para desconocer la soberanía de los países de América del sur.

En 1922 se reunió la célebre Convención de Ibagué, cuya savia nutrió a la Escuela del Tolima, inspirada por Alfonso López e integrada por un concilio de juristas encabezado por Darío Echandía. Los resultados de la Convención y luego la República Liberal de 1934 cambiaron la fisonomía del liberalismo y del país. El meridiano de la inteligencia nacional siguió pasando por el Tolima casi hasta el final del siglo. En 1987 el sector privado regional, antes que cualquier otro colombiano, pidió convocar una Asamblea Constituyente como respuesta excepcional a una crisis excepcional, que ahogaba al país entre la corrupción y la violencia.

El siglo XXI ha sido timorato con el desarrollo del pensamiento tolimense. No solo hay indolencia dirigente sino indiferencia ciudadana. Sin embargo, Ibagué fue reconocida como “Ciudad creativa de la música” por la Unesco, en la presente semana. Desconozco detalles del feliz suceso, pero sé que fue producto de un esfuerzo coordinado por Greis Cifuentes, la secretaria de Cultura. Juliana Márquez fue clave en ese proceso y ahora lo será Alba Lucía García porque el pensamiento también tiene que ver con el desarrollo económico. Ojalá este reconocimiento de la Unesco sirva para fortalecer el descaecido activo inmaterial del departamento. Los jóvenes de hoy deben reconocerse en su pasado de grandeza espiritual para recuperarlo hacia el futuro. El Tolima lo necesita con urgencia, porque está marchando mucho más lentamente que la historia.

AUGUSTO TRUJILLO MUÑOZ

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