Entre el sofisma y la guerra

Frecuentes declaraciones oficiales celebran el crecimiento de la economía colombiana.
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Las cifras, sin embargo, revelan un fuerte acrecentamiento de la desigualdad social. Eso quiere decir que los porcentajes de crecimiento que el gobierno exhibe no sirven para medir el desarrollo integral de la sociedad. Como dato aislado se vuelven sofisma.

También lo es proclamar la defensa del Estado de derecho mientras, desde el poder, los controles se cooptan. El poder tiene una dinámica expansiva. Por eso, sin controles efectivos, es imposible neutralizar los excesos del presidencialismo.

El Constituyente del 91 procuró establecer equilibrios entre el Estado social de derecho y la economía social de mercado. Sin embargo, casi todos los gobiernos ulteriores, desde entonces hasta hoy, cedieron a los dictados del Consenso de Washington. Sus fórmulas, para los países en desarrollo, sobre la liberación de sus economías, la reducción del Estado, la abolición de regulaciones que impiden el acceso al mercado o restringen la competencia, dejaron de ser una instrucción para convertirse en un dogma.

Sobre esos dogmas sigue montada esta globalización sin reglas. La economía se puso al servicio del mercado, la política al servicio de la economía y la tecnología al servicio de ambas. Las tres se mueven universalmente a contrapelo de los intereses del ciudadano común. El periodista español Miguel Ángel García, especializado en temas económicos, escribe en el diario “El País” de Madrid, que el siglo XXI está siendo testigo de una guerra entre las grandes empresas y los estados-nación. Eso no lo ocultan las grandes empresas tecnológicas, ni las grandes empresas farmacéuticas, ni las grandes empresas energéticas.

Unas y otras registran billones de dólares en utilidades y usan -ellas sí- su poder para limitar la competencia, es decir, para mantener el monopolio. Entre tanto el ciudadano común solo tiene a su mano la protesta social o la desobediencia civil y ambas suelen ser demonizadas no solo por las mismas empresas sino por los populismos de todos los signos que se han vuelto gobierno. Nunca ha habido ricos tan ricos como hoy, ni tantos pobres abandonados a su suerte. El papa Francisco lo denuncia en su encíclica Fratelli tutti. Me temo que jamás se miraron unos a otros con tanto recelo. Esa gran desigualdad es una semilla de nuevas guerras.

El periodista ibérico se formula varias preguntas: ¿Hasta cuándo soportará el Estado este pulso de las grandes organizaciones? ¿Qué perdurará del interés general? ¿Dónde está el equilibrio entre la libertad económica y el compromiso social? Daron Acemoglu, profesor de MIT ofrece una respuesta al decir que “se trata de un enfrentamiento muy desigual que afecta, por ejemplo, el control de la información, la soberanía del consumidor, la participación ciudadana en la política”. Semejante horizonte sería dramático. Es preciso evitar que la desigualdad extrema se salga de control en el mundo. Hay quienes dicen que ya se salió.

AUGUSTO TRUJILLO MUÑOZ

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