El estado de la economía

Como bien se sabe, los dos ejes de la gestión macroeconómica son las políticas monetaria y fiscal. En cuanto a la primera, la Junta Directiva del Banco de la República, su órgano ejecutor, ha hecho lo que está a su alcance. En efecto, tras la fuerte desaceleración del crecimiento del producto interno bruto y su contracción el año anterior – 6.8 por ciento, la más pronunciada desde que existen las cuentas nacionales -, ha reducido su tasa de interés sustancial y rápidamente, y la ha mantenido en términos reales (o sea descontando la inflación), en terreno negativo.
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Sin embargo, la inflación anual, cuyo control es la tarea prioritaria de la Junta, y que llegó a estar por debajo del límite inferior del rango meta (dos por ciento), de nuevo ha comenzado a empinarse, hasta haber alcanzado en mayo el 3.3 por ciento, camino del límite superior de ese rango (cuatro por ciento). En la medida en que dicho punto de inflexión afecte las expectativas sobre la misma, que constituyen la guía esencial de las decisiones de aquella en materia de política monetaria, el reajuste de esa tasa se haría ineluctable.

Así parece que ocurrirá. Es muy probable que un nuevo ciclo de alzas se inicie antes de terminar este año. Pero con seguridad su ritmo e intensidad se ajustarán, como lo mencioné, a la evolución de las expectativas. Dicho curso de acción resulta indispensable a fin de proteger la credibilidad del público en el Banco, su patrimonio sagrado, mucho más valioso que el que figura en sus libros.

De otra parte, en cuanto a la política fiscal se refiere, el color cambia radicalmente. El país, desde mucho antes de la pandemia, no ha logrado superar su vulnerabilidad en este frente.

En lo que va corrido del actual siglo, cada vez que se ha tocado el tema, se ha revivido la quimera de las reformas estructurales. Las cuales, para que fueran acreedoras a esa denominación, deberían ser ordenamientos tributarios que perduraran al menos durante dos períodos presidenciales, en vez del rosario de reformitas o compresas de agua tibia en promedio cada año y medio.

En el gobierno Duque, hubo dos intentos que, desde el ángulo técnico, iban en la dirección correcta. El primer proyecto presentado a su inicio, que se hundió antes de discutirse, y el último, cuya segunda sepultura se anticipó a su divulgación. El momento político, revuelto con los terribles estragos económicos de la pandemia, lo tornaron inoportuno.

Lo que se deduce del Marco Fiscal de Mediano Plazo 2021 es que el ajuste de las finanzas públicas será muy lento por fuerza de las circunstancias. De un lado, la nueva reforma tributaria que se anuncia será liviana o light, y, del otro, las demandas sociales de la pandemia y las derivadas del paro harán imposible la reducción del tamaño del Estado y del gasto público. Hay que prepararse entonces para otro remiendito impositivo más pronto que tarde.

CARLOS GUSTAVO CANO

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