Un país para todes

Una a una han empezado a tumbar, dañar y enjuiciar las estatuas conmemorativas de personajes del pasado. Conquistadores, colonizadores, esclavistas, están siendo bajados de sus pedestales, tanto en Colombia como en otros países alrededor del mundo.
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El movimiento iconoclasta no es nuevo, los bronces de viejas estatuas se han convertido en escudos y cañones, en monedas o en simple polvo y olvido. Los símbolos cambian, como cambian las ciudades, y sus habitantes al final eligen pocas de esas obras para guardarlas por valores estéticos cuando han disminuido sus valores simbólicos. 

La diferencia es que hoy no lo hace un ejercito o un poder vencedor, sino los vencidos, los descendientes de los esclavos negros, los nietos de los indígenas sobrevivientes, los mestizos, los mulatos, en un ejercicio reivindicatorio de sus derechos. Ese hecho de tumbar estatuas, que ha consternado a quienes no se daban cuenta que esa presencia ofendía a otros como testimonio de opresión y desigualdad, no es el resultado de vandalismos gratuitos por droga, violencia o anarquía, sino la extensión de algo llamado democracia. Porque la democracia no solamente es el aburrido hecho electoral de dividir la sociedad en bandos y convocarlos cada cierto tiempo para legitimar el derecho de los ganadores de pisotear a los perdedores. Es una forma de convivencia en la cual nos dicen que somos libres e iguales y en la que nos invitan a que participemos de decisiones que nos atañen, o al menos así es teóricamente. 

Pero la democracia es algo joven en la historia humana y en Colombia no creo que podamos afirmar que fuera plena antes del voto femenino de 1957 pues negarlo era una aberración patriarcal. En estas décadas poco a poco los jóvenes han ido entendiendo que pueden opinar y hacerse respetar como minorías, en un mundo que parece resuelto, donde todo fue organizado de antemano, hasta los próceres que piden venerar en los cruces de las calles. 

Nacidos dentro de la democracia, educados bajo el cobijo de la libertad y la igualdad constitucional, han comenzado a preguntarse quienes son, y qué quieren. Se están empoderando del papel de residentes y quieren ejercer el derecho a decidir sobre ellos, sobre su género, sobre el aborto, sobre los héroes del pasado y las calles que habitan. Proponen procesos de resignificación, decolonización, y apropiación de las ciudades que plantean relaciones diferentes entre los ciudadanos y el gobierno. El feminismo, la dignificación de la comunidad Lgbti+ son parte del resultado de esa invitación democrática tan rica en derechos y deberes. 

Esas nuevas ciudadanías que quieren hacer parte activa del contrato social están cambiando la ley poco a poco, como cambian las prioridades y el paisaje urbano. Piden el fin del racismo y la discriminación, equidad salarial, igualdad de oportunidades, aire puro y reconocimiento. Cuestionan la existencia de conquistadores, colonizadores y del patriarcado, y varían hasta el lenguaje forjando uno nuevo más incluyente. Por eso es necesario que comencemos a entender que nuestro país y nuestra ciudad no es para los que gobiernan o para los que están de acuerdo conmigo, o los que no, sino para todes. Sí, así tan extraño como suena y se escribe esa gran utopía inclusiva. 

Darío Ortiz

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