¿Embajador colombiano o de Ordoñilandia?

Era solo cuestión de tiempo para que el corrupto y destituido exprocurador Alejandro Ordóñez, dejara salir ante la Organización de Estados Americanos, alguna de sus expresiones xenófobas, homófonas o misóginas, que lo han caracterizado a lo largo de su oscura vida política.

La profunda diferencia entre ese “cazador de brujas” medieval, que quemó libros de García Márquez en una hoguera, con el embajador de Colombia en la OEA, se centra en el rol y la representación que ejercen.

Cuando incineró los libros, lo hizo a nombre propio o en consonancia con un partido político con el cual se identificaba, en sus anhelos por coartar las libertades fundamentales mediante una corte inquisidora. Sin embargo, el papel de embajador lo debería hacer a nombre de un Estado y regido por los intereses primordiales de ese país que le entregó su confianza.

En ese orden de ideas, es inadmisible que luego de estigmatizar a los migrantes venezolanos como emisarios del “comunismo” y de ser copartícipes de una maquiavélica estrategia diseñada y ejecutada por el gobierno de Maduro, continúe inmutable en el cargo para el cual es indigno.

Unas declaraciones de ese tenor proferidas por un embajador, solo puede hacerse con la anuencia expresa de la Cancillería, quien a su vez recibe la instrucción presidencial. El Servicio Exterior, debe funcionar en perfecta armonía con el Jefe de Estado y cualquier discrepancia, solo podrá acarrear la renuncia o inmediata destitución del heraldo presidencial.

La rectificación que tuvo que hacer el Canciller, debía tener una consecuencia, sin embargo, Ordóñez auto revestido por una autonomía propia y una independencia de la Casa de Nariño y el Palacio Liévano, guarda un abrumador silencio que en diplomacia puede leerse como una ratificación de sus afirmaciones.

Queda claro que en suelo norteamericano, dos embajadores no representan al país cuya bandera ondea en la sede diplomática. Por una parte, el hombre que recibió el beneplácito del gobierno de Trump simboliza los intereses de un grupo político que sueña con una guerra con el país hermano. Por otra, en el sagrado recinto de la OEA, un radical religioso que anclado en la Guerra Fría no tiene ningún pudor para macartizar las acciones o el sufrimiento de los vecinos, con lo cual solo los conduce a la revictimización y xenofobia.

En conclusión Alejandro Ordóñez, “adalid” de la corrupción y la intolerancia, no puede representar a ninguna nación medianamente civilizada, no obstante, funge con lujos de detalles como embajador de ese país que solo cabe en su retorcida mente: Ordoñilandia.

@hgaleanodavid

Analista Internacional

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