Ibagué, sin brújula ni capitán

Los aniversarios, como los comienzos de año, son útiles para hacer balances y propósitos. Los 471 años que cumple Ibagué este 14 de octubre, deberían servir para meditar sobre su presente y su futuro. Es algo difícil de hacer en un espacio tan escaso como éste, sin embargo trataré de poner un grano de arena.
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La compleja crisis que hoy vive la capital es el acumulado histórico de una serie de fracasos en su planeamiento y administración, producto de un nefasto estilo político basado no en ideas y propuestas sino en el usufructo del poder para hacer negocios y garantizar triunfos electorales. De esta manera, a los políticos y a su corte de contratistas les va bien, muy bien, aunque a la ciudad le vaya mal, muy mal. Como diría Miguel de Unamuno, vencen pero no convencen. En mi opinión ahí está la raíz del mal. No lo duden. La politiquería tiene secuestrada la política y capturado el poder público, para beneficio de intereses personales o familiares. Por supuesto que ese estilo no nació con el actual alcalde, que es una persona sin preparación para el cargo y quien será sólo una anécdota. Tampoco me voy a retrotraer hasta don Andrés López de Galarza, el primero de sus burgomaestres, dejemos su alma en paz. Podríamos hablar de las últimas dos décadas, que es cuando más exasperado ha estado ese estilo pérfido, aunque el promotor de esa ‘escuela’ en el Tolima lo podríamos encontrar unas décadas más atrás.

Ibagué no va bien. Está perdiendo, aceleradamente, su principal activo: ser ‘un buen vividero’. Se ha vuelto caótica. No tiene un Plan de Ordenamiento Territorial (POT) ajustado a las necesidades socioambientales, sino uno al servicio de constructores voraces y de los especuladores de la tierra que únicamente piensan en su beneficio personal; tiene un problema estructural de agua que la pasada administración desafortunadamente no resolvió, y que hoy amenaza con frenar su crecimiento; la movilidad cada día está peor; conducir se ha vuelto un ejercicio de alto riesgo, apto sólo para los aficionados al peligro extremo; los motociclistas y taxistas viven apostando carreras por las destartaladas vías. El desempleo y la informalidad golpean inmisericordemente a más del cincuenta por ciento de la población; el espacio público está desapareciendo porque ni siquiera existe ese concepto; los andenes están tomados por tiendas, talleres, parqueaderos y otras actividades. Y de la seguridad, mejor ni hablar.

Todos tenemos que hacer una reflexión sincera sobre cuál es la ciudad que queremos, y comprometernos más con el destino común. No más hipocresía cortesana, fingiendo que las cosas están bien, cuando sabemos que están mal, ni más indiferencia ciudadana. Los antiguos griegos llamaban idiotas a aquellas personas que no se ocupaban de los asuntos públicos sino solo de sus intereses privados. Desde esa perspectiva en la capital abunda la idiotez. Para que haya un cambio real y cualitativo se requiere, insisto, cambiar la manera de entender y hacer política. Esto es lo primero. Sin eso todo seguirá igual, pero peor. Lo otro que resulta indispensable es consensuar una carta de navegación, para que la ciudad no siga al vaivén de las olas, como un barco sin brújula ni capitán, al que asaltan piratas y corsarios de todos los pelambres, en medio de la indiferencia cómplice de sus habitantes.  Feliz cumpleaños.

GUILLERMO PÉREZ

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