En busca de los incorruptibles

Hace treinta años Italia atravesaba una honda crisis de corrupción política. Los partidos que dominaban la escena, la Democracia Cristiana (DC) y el Partido Socialista (PSI), estaban totalmente descompuestos. Adicionalmente, y para acabar de completar la tragedia, el país sufría una crisis económica, y esto hacía insoportable la corrupción. No había día en el que no se destapara un escándalo de sobornos, mordidas, politiquería y financiación ilegal de los partidos. La irritación pública era manifiesta.
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Ante el clamor ciudadano, los jueces y fiscales de Milán decidieron limpiar el Estado, y pusieron en marcha la operación ‘Manos Limpias’ (Mani pulite, en italiano), la cual se extendió a toda la bota peninsular. Esa acción judicial despertó inmensa solidaridad entre la población, que veía a los jueces como auténticos salvadores, y se llevó por delante a líderes intocables como el socialista Bettino Craxi, el socialdemócrata Antonio Cariglia o el todopoderoso Giulio Andreotti, siete veces primer ministro democristiano. Mucho se ha escrito y comentado sobre esta etapa de la vida italiana, la cual viene bien recordar ahora que está de moda viajar a Florencia para hablar con el presidente electo. Lo que Italia vivió en esa época es parecido a lo que padece actualmente Colombia. El país necesita corregir tanta injusticia social, para lo cual es imprescindible derrotar a los corruptos. El problema nuestro es que la corrupción es un fenómeno sistémico que ha permeado los organismos de control y el aparato judicial. En otras palabras, no hay quien le ponga el cascabel al gato.

Está bien que el presidente Petro quiera hablar con todos los sectores políticos. Sin embargo, no debe olvidarse que la descomposición moral impacta a casi todos los partidos, y puede afectar la credibilidad del gobierno que entra. Ante la quiebra moral generalizada y el eclipse de la justicia, se hace necesaria una operación de ‘Manos limpias’ desde el ejecutivo mismo. Hace unos años, Antonio Navarro propuso la creación de un grupo anticorrupción llamado los incorruptibles. Pues bien, ojalá surgiera un Robespierre, no para implantar la guillotina, pero sí al menos para presidir un ‘Comité de Salvación Pública’ que nos devuelva confianza en las instituciones. A grandes males, grandes remedios. Los padecimientos en los que se debaten millones de personas hacen que la única manera de mantener viva la esperanza del cambio, mientras cuajan las soluciones, es viendo que el cambio va en serio. Es imprescindible recuperar la moralidad pública, rescatarla de ese foso profundo en que la han sumido los gobiernos anteriores. No es suficiente con cortarles la cabeza a unos cuantos pillos, aunque esto ayudaría mucho. Hay que enviar un mensaje contundente para poder recomponer la escala de valores perdida en la sociedad y principalmente en la política. Ese equipo de incorruptibles debe producir un sacudón ético y moral. Ignoro quiénes podrían conformar ese grupo de paladines ni quién podría ser el Robespierre para que lo presida. Pero con seguridad hay mucha gente honorable dispuesta a servir. Es tiempo de volver a mirar los alcances del ‘poder moral’, del que nos habló Bolívar. Tiempo de recuperar los preceptos de la restauración moral de la que clamaba Gaitán. Esta dimensión es la esencia misma del cambio, y tiene que ver con una nueva manera de entender la política y de gobernar, diferente a la de pensar que el poder es para compartirlo con los amigos. El presidente Petro tiene la palabra.

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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