Para vivir el cambio

El presidente Gustavo Petro ha logrado crear una atmósfera de esperanza que se respira en todo el país. El Palacio de Nariño es el centro generador.
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Su visita a Chocó es una muestra de la alegría incontenible que siente la Colombia olvidada, y particularmente las gentes más humildes y postergadas. Sin lugar a dudas Petro nos ha logrado sacudir del hartazgo y la desesperanza que causan la violencia, el abandono, la corrupción y la politiquería, y que millones de personas vuelvan a creer en sus gobernantes.

Al ver este espectáculo, al contemplar esta marea de expectativas disímiles me resulta inevitable pensar en mi Tolima, este territorio que geográficamente es el centro de gravedad de la patria, surcado por el río grande, en donde se levantan majestuosas las cumbres heladas y las espigadas palmas de cera, por cuyas rebeldes montañas se atraviesa el país de sur a norte y de oriente a occidente.

Y entonces me pregunto: ¿cuál va a ser el cambio en esta tierra? ¿Va a continuar en el estado de postración moral, atraso económico y miseria política en que ha vivido las últimas décadas? ¿Es ese nuestro destino? Tuvimos épocas doradas en las que cuando sus líderes hablaban Colombia entera escuchaba, como me lo recordó un querido amigo hace unos meses. Eran voces llenas de decoro, de autoridad más que de poder. El presidente Petro lo puso de manifiesto en sus vibrantes discursos al citar a Murillo Toro y a López Pumarejo, y ha dicho que aspira ser el continuador de la Revolución en marcha. Ojalá y lo sea.

Esta región tiene derecho a un cambio político que le abra puertas a las nuevas generaciones, dándoles la posibilidad de formarse y proyectarse. Esta semana el Presidente convocó a quienes tuvieran título de doctor y quisieran colaborar en la conducción del Gobierno, a enviar sus hojas de vida. ¡Magnífico! Inmediatamente vino a mi memoria que el hoy senador Óscar Barreto, en la campaña para su primera gobernación, prometió 1.000 becas para doctorados.

Ignoro cuántas habrá otorgado en los ocho años que gobernó. Supongo que muchas, de manera que veremos caras amigas en el ejecutivo. Cuando empezó el empalme con la pasada administración observé muy pocos tolimenses en las comisiones, se podían contar con los dedos de las manos y sobraban dedos. Mala señal, me dije. 

Luego vino la integración del gabinete, y ninguno de los nuestros estuvo ni en el sonajero. Esta carencia no es de ahora. En los últimos veinte años solo dos hijos de este suelo han sido ministros de estado, Carlos Gustavo Cano y Alfonso Gómez Méndez. De no ser por Luis Ernesto Vargas, nuevo embajador ante la OEA, hoy estaríamos borrados de las altas instancias.

La cuestión del desarrollo, obviamente, no depende de puestos burocráticos, que de poco y nada sirven cuando se ponen al servicio de intereses electorales o de negocios particulares. Lo tengo clarísimo, pero en un sistema centralista es vital tener voceros en ministerios, institutos y agencias. 

La crisis de representatividad es una expresión del estancamiento que vivimos. Se necesita entonces de una coalición de fuerzas cívicas, económicas, sociales y políticas para construir un sujeto colectivo como interlocutor del nuevo gobierno, capaz de sintonizarse auténticamente con un cambio real que nos saque del atraso. Irremediablemente optimista como soy, creo que también en el Tolima podemos vivir el cambio. Mi Dios permita.

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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