Un surtolimense cerca a Catar

La idea de conocer mundo y sus diversas formas de gobierno en los diferentes países, me llevó muy joven al Medio Oriente.
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Tal vez, la cercanía de la familia a comerciantes de origen libanés establecidos en Girardot, fue la causa de ese periplo que me llevó muy “sardino”, a tomar un barco mixto español  (carga y pasajeros) que iba de Cartagena de Indias a Barcelona y de allí, a abordar una embarcación turca que cruzaba el Mediterráneo hacia  Beirut, la capital de la República Libanesa. 

Ahí aprendí que, existen países donde la convivencia religiosa (mucho más difícil que la política) es factible. En la “Suiza del Medio Oriente”, los cristianos maronitas, cohabitan políticamente con los musulmanes tanto sunitas, como  chiítas. Iglesias cristianas se ven por doquier, lo mismo que mezquitas y templos ortodoxos griegos. Todos revueltos y no pasa nada. La “cohabitación” que, de alguna forma ayudó a diseñar el expresidente francés Charles De Gaulle,  funciona aún, y con relativo éxito.

Desde el Líbano, me trasladé  por carretera  hacia Kuwait, un Emirato que quería conocer. Allí me esperaban amigos, amigos de otros amigos sirios, que vivían en Trípoli, al Norte del Líbano.  Pasé por el Reino Haschemita de Jordania y la República de Iraq, a la postre, con un régimen de corte nacionalista árabe y un tanto de extrema comunista.  

Cuando cruzo el límite, entre Iraq y Kuwait, todo cambia. Aún más, en el paso fronterizo  (para la época) sacaron un listado de hojas de computador, con gente “non grata” a su Emirato. Apenas obvio, no hubo ningún problema. Me encontraba en un país pequeñito, que  nadaba en petróleo y era regido por un magnífico Emir de la familia Al Sabah a quien lo único que le interesaba era, desarrollar la infraestructura de su país y que, su gente pasara de “del camello, al jet”, como diríamos los tolimenses. 

Pero… todo, sin olvidar, ni renunciar a sus raíces. Ahí es, donde está lo admirable. La defensa de su origen, su religión, sus costumbres, su “Islam”, ante todo. Los dólares del petróleo, no los hicieron variar. Lo mismo sucedía y sigue aconteciendo en todos los países del Golfo: Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Omán y, por supuesto, el tan de moda Catar. Las sociedades funcionan como “un relojito” pero, a su propia usanza. Allá no se ponen “con vueltas” en el manejo de los asuntos sociales. Nada de mesas de diálogo, ni concertaciones, ni “componendas”. Todo debe estar encaminado desde sus orígenes, por las enseñanzas del libro sagrado: El Corán. 

Ha sido muy, pero muy importante que un pequeño país musulmán como Catar, orientado por la familia Al Thani, se muestre al mundo. Porque,  la verdad,  la imagen del islamismo es desconocida para mucha gente de occidente y, éste certamen del Mundial de Fútbol 2022, ha sido una gran ventana para que se comprenda algo, así sea lo mínimo, sobre los seguidores del Profeta Mahoma. Conocer Kuwait, cerca Catar, fue un gran comienzo para entender “los Emiratos”.

Adendo: Vale recordar que, “la historia,  la escriben los vencedores” y los árabes,  perdieron sus batallas frente a los europeos. Por eso, hay tanto “sesgo” en contra de las costumbres de los musulmanes. Quién dirá cómo serían nuestros valores sociales, políticos y culturales si, nos hubiesen colonizado los seguidores de Alá. Las diferencias, sobre todo las religiosas, se deben respetar.

 

HUGO PATARROYO MURILLO

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