Por caridad

Al ver su cuerpo menudo, de casi 60 años, era imposible imaginar su fortaleza física y mental.

Gracias, Señor reportero

Caminábamos juntos por el pasillo de un hospital cuando él, llorando, me dijo: “Juan, no imaginas lo que es ver la vida de un hijo desde los números”. Y me dio una explicación casi inentendible de lo que había investigado aceleradamente sobre la leucemia y las posibilidades de vida que tenía su hija Raquel. Ella, rondaba los 16 años cuando le diagnosticaron esta enfermedad que puede derrumbar a muchos, menos a esta joven que heredó la tenacidad de su padre, Daniel Coronell, y la belleza e inteligencia de su madre, María Cristina Uribe. Aquella tarde, sábado a finales de agosto de 2015, entendí que esa mezcla de lágrimas y números era, quizás, el resumen perfecto para conocer a un hombre que se convirtió, sin buscarlo, en el columnista más leído de Colombia y en uno de los periodistas más importantes del país.

El derecho a discernir

En octubre de 2015, Ángela Viviana Gómez, quien era secretaria de Cultura de Ibagué, tuvo la osadía de preguntar “cuál ha sido el aporte que le ha dado Santiago Cruz a la ciudad, antes de entrar a criticar”. Santiago, uno de los artistas más prolíficos y exitosos de la capital musical, había declinado la invitación a presentarse en la inauguración de los Juegos Deportivos Nacionales, hasta el punto en que aseguró sentir “vergüenza infinita” ante el perverso manejo que tuvo la alcaldía con la organización del evento que, a la final, ni siquiera se realizó en Ibagué tras una larga cadena de escándalos de corrupción. Fue un total fracaso y Santiago Cruz tenía razón al sentar su voz de protesta.

Manzanas podridas

Nos engañaron, y de la peor manera. Nos vendieron una ilusión que, al final, fue falsa. Nos hicieron creer, con caravanas de decenas de carros, escoltadas por convoyes militares, armados hasta los dientes, que recuperaron la seguridad nacional.

El espejo

Pasan los días y con ellos se afianza la certeza de que el candidato de izquierda Pedro Castillo es el nuevo presidente de Perú. Un triunfo que sorprende a muchos analistas en Latinoamérica y que dispara las alertas de todos los políticos del continente que han sustentado su discurso en la amenaza que significa el “castrochavismo” para las democracias de la región. No es para menos, Castillo llega al poder apalancado en el partido Perú Libre, que se autodefine como de “izquierda marxista”, dos palabras que llenan de miedo a esas élites rancias que han dominado los gobiernos de unas naciones mayoritariamente sumidas en la pobreza y la desigualdad. La pregunta que muchos se hacen es cómo un profesor de primaria, hasta hace poco desconocido en las altas esferas del poder limeño, y líder de una huelga de docentes de 75 días de duración que lo catapultó hace tres años a la palestra nacional, será el próximo inquilino de la ‘Casa de Pizarro’, como se le conoce a la sede del gobierno ejecutivo en el país de los Incas.

Nos condenamos a repetirnos

Lo imagino sentado en una silla café, de cuero raído, frente a un viejo escritorio de madera, de esos que usaban nuestros mayores. Su mirada perdida buscando las palabras precisas, y en su mano, que reposa sobre un papel, un lápiz a medio usar.

Rumbo a la oclocracia

Han pasado 40 días desde que se inició, el 28 de abril, el paro nacional que tiene en jaque al gobierno de Iván Duque y llevó a la sociedad civil a pagar una alta cuota de sangre y dolor en busca de unos cambios que, con mucha seguridad, no llegarán. Entrar a las redes sociales, por estos días, es una verdadera prueba de resistencia sicológica. Facebook perdió su gracia y la que parecía su esencia, ser un punto de encuentro entre amigos que querían compartir sus vidas. Esto desapareció. Eso por no hablar de Twitter cuyos 240 caracteres son más que suficientes para insultar y agredir a quien piense diferente. Incluso hay quienes perdieron hasta el pudor y se volvieron expertos en calumniar e injuriar por el simple hecho de defender sus teorías y a esos personajes, de la política local, que han encumbrado como si fueran una especie de mesías destinados por la divina providencia para salvar a Colombia de su propia y absurda realidad.

Egan y Daniel

En el rostro de Egan Bernal se desvanecían sus fuerzas. Ni la camiseta rosada del líder del Giro de Italia, una de las competencias de ciclismo más exigentes del mundo, parecía sostenerlo sobre su bicicleta mientras luchaba por terminar la etapa 17. Esta semana nuestro ciclista tuvo su mayor momento de debilidad. En los últimos kilómetros, con todo en contra y sus rivales pedaleando, Daniel Felipe Martínez, ese compañero de equipo que lleva en su sangre la estirpe de los escarabajos colombianos que han conquistado las montañas del mundo, emergió desde atrás, por la izquierda, y, como un ángel guardián, se ubicó delante de su líder y le marcó el camino.

El palo no estaba para cucharas

Las letras rojas eran premonición de lo que sería nuestra dura realidad. Pintadas en mayúscula, en el estadio El Campín de Bogotá, se leía: “Si no hay paz no hay fútbol”. En la foto, registrada por Daniel Muñoz, de la agencia AFP, se ve a un hombre que detrás del tapabocas parece joven. Usa una bandera de Colombia como capa y en sus manos lleva otra de gran tamaño. El grafiti fue pintado hace pocos días en medio de protestas frente al icónico escenario capitalino en las que exigían la cancelación de los partidos de la Copa América 2021, planeados para el mes de junio en nuestro país.

El país de la papaya

En 1994 la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, compuesta por los 10 principales científicos e intelectuales del país, entre ellos Gabriel García Márquez, le entregó al presidente de entonces, César Gaviria, un diagnóstico abrumador sobre nuestra realidad y una hoja de ruta para que Colombia saliera de la encrucijada violenta en la que llevaba anclada varias décadas.