Manzanas podridas

Nos engañaron, y de la peor manera. Nos vendieron una ilusión que, al final, fue falsa. Nos hicieron creer, con caravanas de decenas de carros, escoltadas por convoyes militares, armados hasta los dientes, que recuperaron la seguridad nacional.
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“Pudimos volver a las fincas”, aseguran muchos todavía, cuando ni siquiera tienen finca, menos carro para llegar a ella. Disfrazaron al país con un manto de “Seguridad Democrática” que le costó la vida, en la última cuenta registrada, a 6.402 colombianos presentados de forma dantesca como guerrilleros dados de baja, cuando solo eran civiles inocentes asesinados por unos militares que se vendieron por muy poco. Convirtieron a nuestros soldados en mercenarios ofreciéndoles dinero, medallas y hasta días de vacaciones, como recompensa para que prevalecieran los muertos en combate sobre los capturados o desmovilizados. Con sus directrices, o su silencio, mancharon el honor del uniforme con el que hombres y mujeres lucen con orgullo nuestra bandera tricolor. La situación es tan crítica que según la reciente encuesta de Datexco y W Radio, llamada Pulso País Colombia, la favorabilidad de las Fuerzas Armadas cayó hasta un 24%, quizás el punto más bajo en la historia. Para su fecha de publicación, junio de 2021, el 71% de los colombianos desaprobaba a la Fuerza Pública. Y cómo no, si desde las altas esferas hubo complicidad con el Body Count, que no es otra cosa que el conteo de muertos, muy relacionado con las ejecuciones extrajudiciales que degradaron el nombre del Ejército, que debería ser referente de ética y moral.

Pero si creíamos haberlo visto todo, incluso a exmilitares colombianos fungiendo como mercenarios en guerras lejanas como las de Irak o Afganistán, estábamos equivocados. Esta semana realmente nos sorprendieron.

Un grupo de exsoldados colombianos, sentados en el piso y esposados, sindicados de participar en el asesinato de Jovenel Moïse, presidente de Haití, es el más reciente episodio de una saga de escándalos en los que han estado involucrados militares colombianos activos o en uso de su retiro. Incluso, entre los detenidos en Haití, hay un exsoldado profesional acusado de falsos positivos. ¿Habría algo más bajo que un magnicidio para ensombrecer una imagen que no aguantaba un escándalo más? Ahora estamos en los principales titulares internacionales. 

Todavía es común que cuando en el exterior se enteran de nuestro país de origen, la reacción sea de asombro y las palabras las mismas: “Pablo Escobar”, “Farc”, “cocaína”. No nos extrañemos si este oscuro episodio, del que falta mucho por esclarecer, es agregado a algunas manifestaciones de rechazo que desata la presencia de un colombiano en cualquier país del mundo. 

Que rápido salió Diego Molano, ministro de Defensa, al ponerse al frente de las investigaciones que desde Colombia se adelantan para establecer qué hacían estos hombres en Haití, quién los llevó, quién los financió y quién les dio las órdenes. Ojalá esa rapidez la hubiéramos visto en los últimos años para establecer responsabilidades frente a los mal llamados “falsos positivos”, que no son otra cosa que crímenes de Estado, en vez de atacar a la JEP cuando investiga a fondo. 

Pero eso no es así. En Colombia no tenemos un presidente que dé ejemplo, que defienda las instituciones. Iván Duque olvidó que su jefe natural es el pueblo y solo recibe órdenes de Álvaro Uribe; el que lo puso allí; el que nos engañó desde antes de ocupar la Casa de Nariño; el que siendo presidente nos mintió y nos dijo que esos jóvenes asesinados, por militares, “no estarían recogiendo café”. ¿Fueron todos nuestros militares? No, solo unos pocos, pero están haciendo mucho daño. Y mientras sigamos pensando que Uribe y sus ungidos son la solución, nada de esto cambiará.

JUAN CARLOS AGUIAR

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