¿Who are you talking to, old guy?

Acaba de aparecer un video del presidente Iván Duque hablando en inglés, es un monólogo, aunque simula con la mirada dirigirse a un entrevistador inexistente. La primera impresión es su lenguaje no verbal.
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En su cara, se perciben marcadas huellas de agotamiento físico y expresiones de amargura, frustración y rabia. Todo el contenido del mensaje está dedicado a una sola persona, como si un solo individuo en Colombia, por iluminado, caudillo o mesías que se sienta, hubiese tramado toda una conspiración contra su gobierno, o representara una explosión social nacional que en la calle se expresa mayoritariamente libre, pacífica e independiente.

Más allá de lo aparente y de lo que Duque expresa, lo aterrador es el grado de desconexión con la realidad del país, su escapismo, el afán de buscar justificaciones, chivos expiatorios, narrativas absurdas y falaces como la “expansión molecular”, que más que “disipada” es distractora y engaña bobos. Lo increíble es la indiferencia, el desprecio, el desconocimiento para una ciudadanía sumida en la tristeza y la pobreza, que no se siente interpretada sino irrespetada, atropellada y violentada por el poder.

Es aún más delirante el discurso de Duque, después de todos los “diálogos” con diversos sectores sociales y en particular con el Comité de Paro. No ha visto, escuchado, ni menos sentido lo que niños, jóvenes, campesinos, mujeres, indígenas, víctimas, adultos mayores, territorios y comunidades han padecido durante varias generaciones. El presidente no entendió. Pero no es solo Duque, es un Estado clientelizado, tartamudo e impotente ante un clima de desconfianza generalizado que ha deslegitimado la institucionalidad democrática.

Es desconcertante que una persona como el presidente, que tuvo el privilegio de una educación internacional, con la que sueñan millones de colombianos, en un inglés impecable, se dirija al mundo con un discurso pobre, miope, parroquial como diría la doctora Sandra Borda, de mezquindades políticas domésticas que no le importan a nadie. El mensaje que espera el mundo de parte del jefe de Estado colombiano es un compromiso sincero con el escalamiento de los derechos humanos, que se dedique a cumplir los acuerdos del proceso de paz y a ejecutar su presupuesto. Un gobierno dedicado a materializar para todos, los objetivos de desarrollo sostenible, camino disponible para superar esta crisis histórica.

En lugar de asumir la jefatura de Estado y gobernar, interpretando la calle, Iván Duque decidió autoproclamarse de tiempo completo jefe de campaña para el otro extremo radical.

Coincido en que el país necesita un nuevo pacto social democrático de la gente, por la gente y para la gente. Un pacto, fundamentado no en una nueva constitución sino en su cumplimiento, con un sentido ético individual y colectivo de nación. Para lograrlo, como dice Alejandro Gaviria, ‘tenemos que hablar’, aprender de nuevo a conversar en un escenario humano, regional, presencial para salir de la hoguera en que se convirtieron las redes sociales. El primer paso es levantar los bloqueos que hoy tienen la economía detenida, deslegitiman la protesta y atropellan los derechos de todos los colombianos, en especial de los más vulnerables.

JUAN MANUEL GALÁN

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