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¡Ibague: ¿musical y turística?!

Sorprende escuchar a los forasteros que por vez primera llegan hasta nosotros, deshacerse en calificativos de admiración sobre el atemperado clima y la belleza de las montañas que en forma de herradura enmarcan la ciudad, dejando un amplio espacio en el que se inserta el soleado llano con sus muchos tonos de verde en sobrecogedor paisaje que bien podría explotarse con fines turísticos, si nos aplicáramos a mejorar el desordenado y feo aspecto urbano que hoy y de algunos años para acá viene enseñando la ciudad, y a dotarla de atractivos adicionales, como lo intenta María Victoria Vila con su “mariposario”, que le justifiquen al foráneo “echarse hasta aquí la rodadita”.
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Porque esta “Villa de Ibagué del Valle de las Lanzas”, que desde sus orígenes fue rica en paisaje, presenta hoy un haraposo y desaliñado aspecto que dificulta su conversión en “ciudad destino” para los eventuales turistas, como fácilmente se advierte en la incoherencia de su arquitectura y lo corroboran sus destrozadas calles, la falta de uniformidad de sus andenes, sus inconclusas y mal trazadas “avenidas”, sus pésimos servicios públicos, -sobre todo el agua-, sus descuidados monumentos  y la invasión que de sus antejardines han hecho los raizales; sus “aéreas” redes de energía cubiertas de líquenes; el farragoso tráfico automotor, su bullicioso y anárquico comercio tanto el formal como el ambulante y su rampante inseguridad, todo esto acentuado por los problemas sin cuento que le genera el arribo paulatino de un flujo de desplazados, producto de las varias violencias que padece el país y del desgobierno del vecino país Bolivariano.

E igual sucede con nuestra fama de “Ciudad Musical” sobre la cual se dice descansa nuestro orgullo, que no hemos sabido explotar racionalmente en beneficio propio para atraer a las gentes que gustan de la música, que podrían llegar hasta nosotros si tuvieran la certeza de que aquí van a encontrar a calificados intérpretes de variados géneros, en eventos bien programados y en sitios decorosamente adecuados al efecto, tal como lo logrado por los solitarios esfuerzos de Julia Salvi, Doris Morera,  César Zambrano, o los que de cuando en cuando convoca nuestro conservatorio.

Distantes de lograr su institucionalización como el Mardi Gras de New Orleans, en aquella ciudad de los Estados Unidos, o el carnaval y las “escolas de samba” en Rio de Janeiro y Salvador, Bahía, en el Brasil, o el carnaval en Venecia, en el Véneto en Italia, o el de “la arenosa” en Barranquilla, o  tantos otros sitios del orbe que han luchado por hacer de la música y el folclor, los más importantes factores de turística seducción a través de eventos que conciten el interés colectivo.  

Así que para transformar a Ibagué en una ciudad verdaderamente atractiva para el visitante no basta con desearlo y salir a proclamarlo, como lo hacen cada cuatro años los aspirantes a corporaciones públicas o a la alcaldía en trance electoral, o la altisonancia de nuestros comunicadores, ya que son innúmeras las acciones que en ella, todos a una, falta adelantar para lograrlo.

Integrando esfuerzos para enlucirla y reparar los deterioros de los pocos logros alcanzados hasta hoy en su ornato, asistidos de ánimo y espíritu cívicos y sin olvidar que Ibagué es la ciudad donde discurre un río de agua suelta y fácil que la refresca y la baña que tenemos que incorporarlo al paisaje urbano y que ésta debe ser cada vez más la ciudad de los ocobos si nos dedicamos a su siembra -árboles  que en sus períodos de florescencia como el actual, contribuyen a protegerla de las inclemencias del tiempo y a embellecerla-, como hoy lo hace Barranquilla, y por sobretodo que aquí van a encontrar, como lo señalaba en evocador poema la recia voz del “padre” Emilio Rico “…la arcilla morena y el prodigio móvil de sus mujeres”, que podrían llegar a hacerle olvidar a los foráneos la magnitud de su descompostura urbana.

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME-DÔME

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