¿Por quién y para qué votar?

Cuando se aproxima un nuevo evento eleccionario presidencial, vuelve a nuestra mente una verdad que no por sabida, poco se aplica entre nosotros: que todo ciudadano, para no equivocarse al momento de decidir por quién dar su voto, debe recurrir más a la razón que a la pasión, tal como hasta se evidencia que no lo hemos hecho, dada la alta cifra de desaciertos que registra nuestra historia en la escogencia de quienes han mal orientado el transcurrir político del país.
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No obstante, la sola remisión a dicho axioma para tratar de enmendar los equívocos del pasado, resulta incompleta e ineficaz como toda simplificación, si a la fácil efervescencia pasional a la que le atribuimos nuestro precario discurrir democrático, no le agregamos, -para entender de verdad que es a lo que realmente nos conduce la ligereza de juicio que evidenciamos al sufragar-, el real cúmulo de estrecheces y necesidades que por todas partes asedian a la población y el bajo nivel educacional de buena parte de ella, tornándola vulnerable a la retórica populista y propensa a las demagógicas ofertas de facilistas soluciones, que una vez convencen a los sufragantes a votar por ellas, el actuar administrativo de sus autores deviene en un rotundo fracaso, como ya ha ocurrido en el reciente pasado.

Así las cosas y ante tal riesgo debemos cuidar el voto de que aquello que desplace lo que verdaderamente orienta hacia la construcción de una sociedad más responsable, justa e igualitaria, y por sobre todo más pulcra y honesta, alejándolo de quienes prometen positivas transformaciones, sin mayor trabajo ni denodado esfuerzo, pues pueden llegar a terminar ganando el favor de las mayorías contra los candidatos que con objetividad invitan a recorrer el verdadero camino del desarrollo con dificultad para ver de superar las penurias, el cual, a no dudarlo, está lleno de baches solo salvables con un severo y perseverante denuedo.

Y es que de estos personajes ligeros en la palabra pero desconocidos en la acción, ya tenemos inscrito un listado de 25 aspirantes, que van desde un tal John Hitler Delgado, quien encabeza un llamado “Movimiento Democrático Independiente Colombiano” y un Judas Tadeo Echevarría que dice liderar otro semejante, denominado “Movimiento de Restauración Democrática”, hasta “La Purga” de Álvaro López(¿?) o  Efraín Torres (¿?) que invita a que “Eliminemos a las Ratas Políticas” o Miguel Ceballos excomisionado de Paz del actual Presidente Duque, de “Tu Movimiento Transformando y Uniendo a Colombia”, conformando un inefable repertorio que amenaza con seguir creciendo sin pausa, sin que se sepa que pretenden realmente los que los integran aprovechando la publicidad gratuita que nuestra precaria democracia ofrece, para la cual basta decir ¡qué vamos a hacer esto y aquello!, o ¡qué yo sí soy capaz de recibir el favor ciudadano!, y plagiar sin rubor los programas de uno u otro aspirante en su deshilvanada demagogia, para que los medios le amplifiquen sus aspiraciones como “futuros presidentes”. 

Emulando de forma irresponsable con quienes de manera prudente y con la seguridad que dan la sólida formación y la cuajada experiencia y que de verdad quieren trabajar por su país, desorientando así a los electores en cuanto evitan que las calidades, acciones y obras de aquellos sean plenamente verificadas y juiciosamente valoradas, así como su conocimiento, competencia y probidad frente a cada tema; impidiendo que se analicen cada una de sus “fórmulas” y su plan de acción y compromisos con las soluciones que ofertan.

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME-DOME

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