Ni arrepentimiento, ni reparación

Crece y se aumenta en el sentir colectivo el convencimiento de que el eufemísticamente llamado “acuerdo de paz” suscrito entre el gobierno de entonces y las Farc, en contravía del querer nacional y que se expresó de forma mayoritaria, plebiscitariamente, sigue siendo eludido y sin cumplirse por parte del grupo delincuencial, habida cuenta, -como hasta ahora no ha sucedido-, que no se ha adelantado señal alguna de arrepentimiento e intento de reparación a las víctimas, distintas a un presunto “detente” de su violento y criminal actuar, prorrogado a través de sus “disidencias”.
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Consternando a la opinión, pues como lo está evidenciando la realidad de hoy, tal negociación y el acuerdo suscrito al efecto, no demuestra nada distinto de haber sido una “cortina de humo” para ocultar ante el país y la opinión civilizada universal, la verdadera identidad de esa agrupación y su carencia de norte político alguno, totalmente alejado de su primigenio propósito de la toma del poder para implantar su anacrónica ideología, trasmutado en la realización de una pluralidad de acciones vandálicas y de lesa humanidad, a la mejor manera del narcotráfico, para amedrentar por igual a políticos, hacendados, campesinos, pequeños comerciantes, estudiantes, sacerdotes y amas de casa, sin discriminación alguna.

Porque para rememorar lo malhadados que fueron sus propósitos y de su capo “el mono Jojoy” símbolo de la barbarie terrorista que hoy cínicamente exaltan y conmemoran, Judith Simanca, alias Victoria Sandino y sus demás compinches, elevados a la condición de congresistas, y deducir de ellos el grado de perversión de aquellas gentes, basta repasar las imágenes de los varios cientos de menores reclutados “a la brava” para engrosar sus filas; los civiles y los militares asesinados o gravemente heridos y mutilados por sus “armas informales”; los inermes ciudadanos secuestrados y atados con cuerdas y cadenas, propio apenas de los genocidas de Auswitz y de los demás campos de exterminio de la segunda guerra mundial, o de las atrocidades de la violencia liberal-conservadora de los años cincuenta de la pasada centuria, que aún recuerda horrorizada gran parte de la opinión del país. La misma violencia criminal que fue denunciada y/o censurada por nuestro maestro Obregón en su obra pictórica, o en el Guernica, el monumental cuadro de Pablo Picasso con el que éste hizo otro tanto en su momento sobre el genocidio Nazi en aquel pueblo Vasco y que hoy se exhibe como testimonio de una época allí sí superada en el Museo Reina Sofía de Madrid, que solo merece el repudio universal por parte de los seres civilizados, simplemente porque no tiene “sentido alguno de humanidad”.

Así que esperar el arrepentimiento y la reparación a sus víctimas como expresión de una verdadera paz, de gentes que así actúan y continúan haciéndolo, envalentonados por la desmedida riqueza que les produjo el más lucrativo y ruin de los negocios ilícitos, resulta por lo menos candoroso e ingenuo, como ellos mismo lo vienen corroborando con su conducta, a través de la cual dejan traslucir su reticencia a reparar en serio a sus víctimas y a reintegrarse realmente a la vida civil, pues ni las consecuencias que sus crímenes puedan tener aun ante los tribunales internacionales de justicia, los arredra.

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME-DÔME

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