¿Qué hacer ante la actual crisis?

Ningún favor se le hace, tanto a la opinión como al país en general, cuando frente al enfrentamiento de las ramas del poder público que bajo el eterno calificativo de “choque de trenes” que de nuevo vuelve a sucederse , se guarda silencio, o con indiferencia digna de mejor causa, le damos la espalda como si éste fuera ajeno en mayor o menor grado a todos.
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Porque antes que causa de males mayores, -que en efecto lo es-, la circunstancia negativa que vive la seguridad del país y el oscuro panorama que se advierte al interior de las instituciones, por sobre todo en la justicia, son consecuencia obligada de problemas larvados por años, por culpa de una pacata actitud, que confundida con prudencia, ha impedido que la opinión pública haya producido a tiempo la catarsis que nuestra sociedad requiere para la corrección oportuna de su perdido rumbo. 

Es la crisis del sistema que premonitoriamente Álvaro Gómez Hurtado, denunció años antes de ser asesinado y que tardó más de lo debido en develarse, pero que está terminando por hacer inevitable eclosión ante un legislativo afectado a izquierda y derecha por la mediocridad y permeado por los dineros del narcotráfico, en pugnaz búsqueda del poder a cualquier precio e involucrado en toda suerte de “dañados y punibles ayuntamientos”; una rama jurisdiccional tarda e inoperante y no ajena del todo al atractivo del fácil enriquecimiento, y un ejecutivo carente de liderazgo sobre el que recaen, -al menos sobre muchos de los miembros de su alta cúpula-, evidencias de corrupción.   

En un turbión que complementa un sinnúmero de candidatos a la presidencia que poco ofrece en términos de calidad y claridad, del cual no se salva ni la neo-guerrilla, como que también bastante alejada de su caduco sendero ideológico del pasado, terminó convertida, por manes del dinero, en eficiente cartel de cultivo, producción y distribución de drogas, como se advierte en el rápido acrecimiento de sus miembros y de su patrimonio.

Así que se trata de una grave “crisis general” que a todos está afectando y de la que nadie, por mucho que quiera puede sustraerse, o sea, -como lo verían los orientales en su sabiduría-, que nos hallamos ante una oportunidad para encontrar radicales y definitivas soluciones a tan oscuro y complejo panorama.

Soluciones que imponen drásticas reformas institucionales, que pasan por unos severos estatutos para el crecido número de partidos políticos que han surgido en el escenario político de los que se debe erradicar y para siempre a los indeseables, mediocres y corruptos; por un radical y sistémico cambio en la justicia que le devuelva su perdida eficacia en la solución de los conflictos y su inmaculada dignidad, y en procura del imperio del mérito por sobre los padrinazgos, compadrazgos y negociados.

Que conduzca a la reconstrucción moral del país hasta límites que llegó a imaginar y señaló un día Echandía, aquel inolvidable tolimense, faro y guía ético del país, cuya ausencia tanto extrañamos hoy ante el descuadernado paisaje, y que lo llevó a sentenciar en aquella lapidaria frase que somos “un país de cafres”.

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME-DÔME

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