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Un día sin carro, muchos sin alcalde

El improvidente e improvisado decreto de “día sin carro y sin moto”, sin haberse estimado lo que los economistas llaman su “costo-beneficio” (costo-perjuicio en este caso) y su imposición a los habitantes de esta musical ciudad, ha debido suspenderse ya, ante la evidencia de un gran cúmulo de ciudadanos perjudicados con tan disparatada medida.
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Algo que el alcalde Hurtado, a falta de imaginación creadora, está copiando de lo hecho en otros lares para experimentarlo acá, sin llevar a cabo una juiciosa evaluación antes de que se generen las consecuencias de la determinación a adoptar, para saber si se acoge o no, qué efectos va a producir sobre la menguada economía y el normal discurrir de la ciudad, y a cuántos y a quiénes va a afectar, auxiliándose al efecto de estudios socio-económicos, de tránsito y mediciones de polución ambiental para ver si se justifica o no tal decisión.

Teniendo en cuenta además, la alta tasa de desempleo de la ciudad que no merma, el desbordado actuar de la delincuencia, el narcotráfico en plena acción y un turismo que no llega. Lo que nos lleva a pensar, cómo, mientras otras urbes sí encaran con seriedad y trabajan en la solución radical de sus principales problemas de aquellos que les generan ineficiencia y desorden, Ibagué poco o nada de trascendencia hace al respecto, dando una muestra de imperdonable indolencia frente al deplorable panorama de atraso que presenta.

Porque el tiempo pasa y la ciudad continúa en franco retroceso, con un centro tradicional que sigue concentrando gran parte de su actividad económica e institucional, -plazas de mercado incluidas-; cada vez más ruidoso, desordenado y caótico, con pocas y deterioradas vías, por lo demás congestionadas, sin norma ni autoridad alguna que la controle.

Olvidando de cara tan inminente y grave circunstancia y urgidos de solución, que para ello se requieren administradores que miren el horizonte, buscando proyectos ambiciosos y de más amplio espectro que los hasta ahora concebidos, como el que durante años se ha reiterado, de un tren de superficie o metro, como el que se construye en Bogotá, contando para su financiación con el apoyo del sector privado, aprovechando lo que queda de la antigua vía del ferrocarril que recorría la ciudad de norte a occidente y al sur con una estación central que coincide hoy con la Terminal de Transportes y que nos integraría eficientemente y a bajo costo, en forma de “tren de cercanías”, con zonas tan próximas y con perspectivas de productividad agroindustrial como el barrio especial El Salado, Picaleña y Buenos Aires, este último en donde ahora mismo existen un complejo industrial y una central de carga; los municipios de Alvarado, Venadillo y Gualanday con su atractivo turístico que mengua en razón de la Variante, y Chicoral, Espinal, Girardot y Flandes para conformar una sólida región con proyección económica y de alta competitividad.

Las opciones de comercio, industria y turismo y por supuesto de empleo que de allí surgirían, serían de innegable importancia para nuestra escaecida economía.

 

MANUEL JOSÉ ÁLVAREZ DIDYME-DÖME

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