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La Secreta: de lo amargo a lo dulce

COLPRENSA - EL NUEVO DÍA
En las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, se alza la vereda La Secreta, habitada por 180 familias que en 1998 fueron víctimas de la AUC. Hoy, 19 años después, relatan cómo volvieron a su tierra para rehacer sus vidas, ya no de forma amarga sino dulce, por el camino de la apicultura.

De Santa Marta (Magdalena) a La Secreta hay dos buenas horas de camino, una por vía pavimentada y la otra por una trocha que entre cuestas y curvas va vislumbrando el follaje de la serranía a unos 700 metros sobre el nivel del mar, un lugar donde el paisaje es una enigmática mezcla entre picos blancos, montañas, niebla y nubes, como capas de algodón.

 

Lo amargo

La Secreta es una vereda que hace honor a su nombre, porque de su existencia muy pocos sabían hasta que los grupos al margen de la ley se interesaron en estas tierras.

Los registros guardan el triste recuerdo de la violencia paramilitar que sufrió a finales de la década de los 90 y comienzos del 2000.

Fue un 13 de abril de 1998 cuando la violencia alcanzó allí su punto más alto, dejando como resultado el asesinato de aproximadamente 30 personas, entre ellas la mamá de las trillizas en la punta del ‘Cañón de Aguja’, una de los casos que más conmovió a sus habitantes, atemorizándolos al punto de salir esa misma noche hacia Ciénaga, dejando atrás la mancha de muerte en la que se vieron envueltos.

“Eso fue muy aterrador, recuerdo que ellos se metieron por el ‘Cañón de la Aguja’ y llegaron a la casa de ellos encerrándolos en la noche. Al siguiente día los sacaron para el filo de ese cañón y los asesinaron. A mí me mataron a un hermano argumentando su muerte al decir que era colaborador de la guerrilla. Pero el crimen más duro fue el de las trillizas, la hermana mayor quedó sola con tres niñas de tres años”, relata Gledys Ríos, habitante de la finca ‘Luces de Buenos Aires’.

La hermana mayor a la que se refiere Ríos es Ana Mercedes Marín, quien a sus 16 años quedó a cargo de su hermano de 10, una hermana de ocho y las pequeñas trillizas de tres años, que hoy tienen 21. Y aunque ese acto de violencia no fue el único, se registraron tres más en la zona, sí fue el que dejó un mayor desplazamiento según el Registro Único de Desplazados, el cual indica que cerca de mil personas salieron de la región a ocultarse en distintos municipios.

“Cuando ocurrió eso, yo me fui lejos con mi familia y mi novio, llegué a Riosucio (Caldas), pasamos situaciones duras, pero luego de dos años de meditarlo decidimos volver a lo que era nuestro, y así con nuestros cultivos borrar la huella de la violencia en la tierra”, afirma Ana Mercedes.

Para junio de 2012, cuando se inauguró la oficina de la Unidad de Restitución de Tierras (URT) en Santa Marta, Silver Polo, líder de la comunidad, logró después de mucha insistencia que el entonces ministro de Agricultura, Luis Camilo Restrepo, priorizara a La Secreta para devolverles sus tierras a los campesinos que salieron años atrás desplazados por las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

“Polo habló con todo el mundo, tocó puertas hasta llegar al presidente Santos y exigirle que nos devolviera nuestro lugar. Eso abrió el camino a todo el desarrollo que ha venido teniendo la comunidad de La Secreta”, recuerda Gledys Judit, quien es miembro de la Asociación de Agricultores Orgánicos de La Secreta (Agrosec), creada en 2005 y reconocida en 2013.

Desde ese momento, distintas entidades como el Ministerio de Agricultura, a través de la URT, la Unidad de Víctimas, el Departamento para la Prosperidad Social (DPS), el Consejo Noruego para Refugiados, la Embajada de Suecia y la Alcaldía de Ciénaga mostraron su apoyo con capacitaciones en agricultura, apicultura y demás producciones que hoy dan el sustento a las familias que habitan el lugar.

 

Lo dulce

Después de la desmovilización de los paramilitares en 2006, 42 familias habían retornado parcialmente a la vereda, pero no permanecían por mucho tiempo porque aún sentían temor. Con el proceso de restitución de tierras, cerca de 90 familias volvieron a ocupar sus fincas. En 2013, emitieron la primera sentencia: un juez de restitución de Santa Marta les devolvió 25 hectáreas a las trillizas Dania, Dalia y Daniela Castillo, a partir de allí la comunidad vio la esperanza y así sembraron esa esperanza en café orgánico.

Un producto que hoy se exporta a países como Japón, Estados Unidos, Canadá, Bélgica y Australia bajo la marca Kuali y junto al cual se ha desarrollado otro proyecto de vida: la miel, esa dulce creación de la naturaleza que alivianó el pasado amargo de esta comunidad y los endulzó para que siguieran viviendo allí.

“Yo comencé como mielero, que es coger y sacar miel en las abejas silvestres, destrozando la casa de ellas, así como hicieron con nosotros. Ya no lo hacemos, ahora somos apicultores que emplean técnicas de nivel internacional y de forma ambiental”, cuenta el apicultor José Castillo Pacheco, esposo de Ana Mercedes.

Pacheco tiene 12 años de experiencia en el arte de la extracción de la miel que dan las abejas africanas en cerca de 10 apiarios con 30 colmenas (entre 30 y 50 mil abejas por cada una) pertenecientes a 36 familias, quienes comercializan unos 90 kilos de miel, también orgánica.

“Por ahora la miel se comercializa en un centro de acopio situado en los primeros metros de la trocha, pero la idea es exportarla a diferentes países donde hoy están exportando lo del cultivo del café”, dice Castillo, quien sonríe al decir que “las abejas se deben tratar como cuando uno tiene a la esposa, se debe tratar bien, darle lo mejor a ellas. Las abejas son delicadas pero muy trabajadoras, así como mi mujer. Uno lo que hace es cuidarlas porque ellas (las abejas) se encargan del resto, de recoger todo el polen y la miel que hay en la zona, trayéndonosla en un envase para ser comercializada”.

Otras especies de abejas con las que trabajan los pobladores son la Nativa y las Angelitas, que a ojos de Castillo también producen una miel cara y apetecida. “En la Apis, nuestro gremio, la idea es seguir creciendo, y queremos exportar para ponernos a la vanguardia de las otras comunidades de la miel. La miel fue ese punto de dulce que necesitábamos para seguir viviendo y amando a nuestra tierra como lo hemos hecho hasta ahora”.

SANTA MARTA, COLPRENSA

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