Cárceles y testigos: realidad sombría

Después de robar todas sus pertenencias, incluida la ropa y zapatos y quedar a merced de delincuentes de todas las raleas, un oficial del Ejército Nacional recibe de esta manera la “bienvenida” y posteriormente escucha una orden tajante y seca: “Preséntesele al cacique del patio”.

Después de robar todas sus pertenencias, incluida la ropa y zapatos y quedar a merced de delincuentes de todas las raleas, un oficial del Ejército Nacional recibe de esta manera la “bienvenida” y posteriormente escucha una orden tajante y seca: “Preséntesele al cacique del patio”, el preso más caracterizado y maloso, quien decide a que celda va cada interno; así mismo, controla el consumo y distribución de drogas ilícitas y licor, existe en las cárceles del país uno exclusivo conocido como “chamber”, el precio de una botella oscila entre 70 y 100 mil pesos. 

También este personaje cobra un “peaje” por entrar al patio y al pasillo, y por supuesto por tener derecho a una celda y el valor depende de la importancia del interno, puede costar 30 mil o hasta un millón de pesos. Esta no es una historia de telenovela, es una realidad que se vive en el interior de las  prisiones comunes en Colombia, a donde llegan integrantes de la Fuerza Pública, muchos sindicados o condenados arbitrariamente, por esa misma justicia tan desprestigiada hoy día con el horroroso caso del ex diputado Sigifredo López, doblemente secuestrado, primero por las FARC y después por la misma Fiscalía, ¡que desvergüenza!

En efecto, es un completo infierno para un soldado o policía llegar a un centro carcelario en Colombia; aparte del hacinamiento que se constituye en el principal problema del sistema penitenciario en la actualidad, puede ser víctima de los peores vejámenes y humillaciones. Precisamente por su estatus degradado como representante de la autoridad, es visto con mirada de retaliación y venganza por la mayoría de los presos, y por ende, todo ese ambiente enrarecido y oscuro afecta seriamente la salud de estos hombres caídos en desgracia, con enfermedades que van desde derrames cerebrales e infartos hasta depresiones profundas que desencadenan en problemas mentales; todo como consecuencia de la impotencia y desmoralización que produce la pérdida de la libertad, y si es producto de un vil montaje tan de costumbre por éstos días en Colombia, el proceso de deterioro moral y físico se acelera de manera implacable. 

Entretanto, el país no terminaba de asombrarse con el error judicial cometido contra un político exsecuestrado y ya se abría otro acápite de la Justicia; esta vez, un general retirado de la policía colombiana aceptó cargos por vínculos con grupos armados al margen de la ley ante una Corte Federal en los Estados Unidos. Pero, ¿quiénes lo acusan? Amargamente sus mismos compañeros de institución, hoy en día narcos confesos que años atrás decidieron colaborar con el “Tío Sam”, y por supuesto, los “imponderables” testigos estrella de nuestro débil y errático aparato judicial; los alguna vez temidos y “respetados”  jefes paramilitares extraditados por el gobierno anterior, quienes en su afán por redimir sus penas, salpican con temerarias acusaciones a culpables e inocentes, sin hacer ninguna distinción. 

Su única pretensión es obtener a cualquier precio beneficios jurídicos para ellos y protección para sus familias. La mayoría de sus acusaciones son falsedades, sin embargo, también dicen verdades pero a medias y generalmente acomodadas a sus peticiones judiciales.

No obstante, ante este panorama desalentador no todo es negativo, existen apóstoles anónimos, hombres y mujeres que han dedicado su vida al servicio de la comunidad carcelaria en Colombia. Con la enseñanza de la palabra, arma infalible para conocer al señor Jesucristo y transformar vidas en fe; éstos “arcángeles” en la tierra, transmiten a los internos el alimento vital para soportar los rigores de la soledad, la desesperanza, el miedo a perder sus familias y todas las vicisitudes que rodean la vida de un preso en el país. Ojalá éstas palabras que conforman el juramento a la bandera, aquella que todos los hombres de la Fuerza Pública juraron defender, incluso hasta la misma muerte, cobren hoy especial vigencia, : “Y no abandonar a vuestros jefes, compañeros y subalternos en acción de guerra, ni en ninguna otra ocasión”. ¡SÍ JURO!

 

PEDRO JAVIER ROJAS GUEVARA

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