No hablemos, pero hablemos

La crisis producida por la pandemia del Covid-19 es tan profunda, en todos los órdenes de la vida contemporánea, que hace difícil vislumbrar una salida.
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La esperanza de una vacuna se hará realidad pero para recibirla habrá pasado un largo tiempo durante el cual la defensa corporal nos llegará apalancada por centenares de muertos y desórdenes económicos de difícil conjetura.

Hasta ahora, seis meses de encierro y semi parálisis industrial, como de tantas otras actividades económicas, sólo sabemos que se ha destapado la fragilidad de nuestros sistemas de vida sobre la tierra y la debilidad espiritual de la humanidad.

Para quienes quieren o creen que se debe volver a la normalidad anterior hay que decirles que esto no será posible. Sencillamente no seremos los mismos: la seguridad será cambiada por la desconfianza.

Tendremos que prepararnos para una nueva forma de vida y de trabajo. Y habrá que practicar una nueva convivencia.

Tal vez salir a la calle para volver al trabajo o para realizar diligencias o una simple compra, hará que desconfiemos hasta de quien nos mire. El síndrome de media humanidad que quiere acabar con la otra media será tangible porque ni la familia ni los más cercanos amigos podrán verse lo mismo desde la máscara protectora de un tapabocas y unos guantes aislantes.

Para evitar contagios hubo que aislar a la población. Y el trabajo virtual adquirió gran preponderancia porque ofreció, en primer término, la seguridad necesaria como para alejar un poco más la muerte.

Pero para regular de nuevo la vida habrá que hacer un ingente trabajo de formación y educación de una población que ya no tiene valores, porque los poderes dominantes así lo quisieron desde hace varias décadas al buscar sólo rebaños de ilustrados sin educación, técnicos con suficiencia de científicos pero nulos para la construcción de sociedad. Y mantener a la inmensa mayoría ignorante y obediente, sin sentido de la convivencia.

Sin embargo, estamos tan saturados de información sobre la tal pandemia que quisiéramos descansar de hacerlo.

Páginas y páginas han colmado nuestras lecturas, horas y horas de imágenes y voces han llenado tanto nuestra necesidad de informarnos que ya estamos a punto de decir ¡basta!

Pero a veces, sea por depresión o angustia, sentimos necesidad de hablar: no hablemos, pero hablemos.

¡Basta de hambre y discriminaciones!

Nos confinaron por un virus y obedecimos para evitar los contagios y la propagación de las enfermedades. ¿Ahora sucede que esta situación continúa por culpa de los irresponsables que no obedecen las normas ni respetan la autoridad y han posibilitado los contagios? ¿Por los ignorantes que creen que estamos en carnaval? ¿No ha habido suficiente información acaso?

¿O no saben leer esa parranda de desobedientes?

La muerte ya casi tiene rostro.

BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ

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