La extraña Navidad

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El profeta Isaías (7:14) afirmó 700 años a. C. que una virgen concebiría, y daría a luz un hijo, y le llamaría Emanuel. Herodes argumentando que en la tierra solo había espacio para un rey, envió su poderoso ejército a masacrar a todos los infantes. Por algún extraño motivo el niño sobrevivió y Herodes y su ejército no.

Miqueas (5:12) en el año 740 a.C. declaró “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”.

Esta profecía era descabellada pues todos sabemos que un gran líder está llamado a nacer en la noble cuna de las grandes urbes. Ninguna religión de prestigio puede originarse en un mísero pueblo. No tendría sentido habiendo tantas ciudades dignas. Eso es como pedir que en Chicoral se firme un tratado de la ONU. Por algún extraño motivo, decenas de grandes ciudades de imperios imponentes cayeron (Roma, Atenas, Persépolis, Menfis, Cartago, Luxor, Ur, Nínive, Damasco, Pompeya) y Belén sigue en la memoria de muchos, así los pesebres nacionales tengan una extraña topografía cuesta arriba.

Zacarías (9:9) declaró en el 520 a.C. “Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de Jerusalén, he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna”. Dicha afirmación es casi una herejía. Pensar que Dios pueda nacer en un pesebre y montar en burro, ni que fuera costeño. La dignidad de un rey obliga grandes caravanas, carruajes lujosos, palacios de mármol; no hay razón para que alguien nacido en tales circunstancias alcance la gloria, pero por algún extraño motivo la gloria fue alcanzada, pese a que en tantos hogares un gordo opulento vestido de rojo entregue regalos, porque el chiquito con olor a gallinaza de pobre no tiene ni para pañales.

Los Salmos fueron escritos y recopilados en un periodo de mil años entre 1400 y 580 a.C. Uno de ellos (22:16-18) tiene este curioso texto: “Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”. Con semejante muerte tan indigna, tan de criminales zarrapastrosos ¿cómo puede concebirse una religión? ¿Por qué no tenemos una religión pomposa venida de sumerios, caldeos, griegos, babilonios, persas o romanos? ¿Por qué sobrevive el cristianismo procedente del país más miserable de toda la Mesopotamia y de su pueblo más pequeño, de un crucificado que montaba burros que ni siquiera eran de paso fino, nacido en pesebrera y dedicado a la carpintería? Si por lo menos hubiese sido administrador de empresas.

Tal vez haya una respuesta en el libro de los Hechos de los Apóstoles (5:34-39) escrito entre el 64 y el 70 d.C. cuando el sacerdote Gamaliel sugirió al Sanedrín dejar en libertad a los apóstoles perseguidos por evangelizar “porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis deshacer”.

Perseguido, solitario, pobre y sin pañales, hoy ha nacido Joshua, el que salva. ¿Qué llevas tú, lector, en el corazón? ¿Un humilde pesebre o un diamantino centro comercial?

RICARDO CADAVID

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