Un extintor a las puertas del infierno

Ni más ni menos… a las puertas del infierno en Colombia y el mundo. El inicio de otro de los peores momentos de la historia en la humanidad, ya no es una eventualidad, es una realidad.
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La serie de varios hechos como: la pandemia, la amenaza de una guerra nuclear que no dejaría ni qué o a quién gobernar, la crisis inflacionaria en la gran mayoría de las monedas del mundo, la escasez de comida, los precios elevados de los productos de primera necesidad de la canasta básica alimenticia, autoritarismos en mandatarios con mucho poder y con capacidad para originar conflictos internacionales de dimensiones inimaginables, desconsideración sin límite de la sociedad por las condiciones climáticas y del medio ambiente, superpoblación humana con comportamientos de plaga, pobreza, miseria, desigualdad e indiferencia, entre otras amenazas, son las que estampan la impronta del mal en nuestra isla llamada tierra.   

Nuestro país no es un observador de estos hechos, lamentablemente forma parte como protagonista de los mismos, orquesta ese caos y en ocasiones como un barco de papel en río tormentoso, toma el curso caudaloso sin timonel alguno que lo guíe.

Hoy tres de esas nefastas vicisitudes, como la inflación, la escasez y la miseria, afectan a nuestra población sin compasión alguna, sin desconocer otros males.  

La primera de ellas, la inflación del 5,62%, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) para el 2021, acompañada de la pérdida de poder adquisitivo, como el resultado de la correlación de muchos factores, algunos de ellos creados de forma natural y otros organizados sistemáticamente por actores con intereses en ello, entre esos: la pandemia, la reactivación económica con la mayor demanda de materias primas, el cierre de fronteras, la crisis de los contenedores de carga marítima, en la que llegan más del 80% de los productos importados, el encarecimiento de esos bienes, elevados costos financieros,  un paro nacional que sirvió como punto de partida y para algunos especuladores de pretexto, baja producción interna de alimentos básicos,  devaluación del peso frente al dólar, la voluntariedad de algunos empresarios que aprovecharon el momento para aumentar desmedidamente los precios a niveles de usura, la indolencia del estado en atender en debida forma esa crisis inicial y más factores con las concebidas consecuencias.   

En segundo lugar, la escasez de todo tipo de productos. Un hecho también interrelacionado con todos estos eventos, pero de mayor afección social por dos dimensiones. Una, la escasez de productos por los problemas comerciales del momento, como la distribución y el aumento de precios desmedido e injusto. La otra, la escasez por la imposibilidad de adquirir especialmente los alimentos en las familias más necesitadas de Colombia, en donde de poco o nada sirvió aumentar el salario mínimo en un 10,07%, cuando la canasta familiar aumentó según el Dane, en el año 2021, 4,51% cifra cuestionable, respecto al muestreo descriptivo que realicé en 26 productos de la canasta familiar en el municipio de Ibagué, entre el 24 de marzo y 24 de abril de 2022 y comparativo con los precios del año 2021, en el mismo periodo. 

En la tabla, se incluyen los principales alimentos con los nutrientes como carbohidratos, proteínas, grasas, vitaminas y minerales, que regularmente un ser humano requiere para un normal desarrollo. Como se puede observar, son productos utilizados en un hogar nada suntuoso, aunque sin desconocer que una gran mayoría de familias, no tienen acceso ni siquiera a la mitad de esta lista. El porcentaje promedio de incremento en estos 26 productos para el 2022, fue del 97,1%, lo que deja mucho que pensar, sobre los datos reportados oficialmente por instituciones encargadas de dicho fin. De hecho, se identifica un déficit de adquisición o una imposibilidad de acceso a los mismos, por lo menos del 87,03%, correspondiente a la diferencia entre el aumento en dichos alimentos y el incremento del salario mínimo. El tercer problema y seguramente el más grave, es la miseria como resultado de los dos anteriores. Haré énfasis en las consecuencias que se presentan, respecto a la capacidad para adquirir el sustento y la seguridad alimentaria familiar en Colombia y para el caso en Ibagué.

En tal fin, vale destacar que así como en las posguerras se presentan disminución de la estatura promedio en las poblaciones afectadas, en nuestro caso igualmente existen repercusiones funestas que no solo afectan la talla, sino la capacidad de pensar, el desarrollo psicomotor de los niños, la nutrición de los adultos mayores, la necesidad de nutrientes en las mujeres gestantes, sin dejar de lado los problemas que se generan por ello, como la delincuencia, inseguridad y demás, es decir; a todos los más pobres por igual, porque a los de elevados ingresos por lo menos nutricionalmente no les afecta lo expuesto.

Soportados en la misma tabla y en el déficit que se relaciona, se puede decir que, en los hogares de Ibagué indiscutiblemente al igual que en muchos de Colombia, asumieron drásticas decisiones como, la reducción del consumo en la misma proporción en la cantidad de productos de la canasta familiar incluyendo los bienes sustitutivos, que en otrora eran de fácil acceso como el huevo, por ejemplo. La otra decisión fue la desaparición de muchos de ellos en el consumo cotidiano por la física imposibilidad de acceder a los mismos, como sucedió con la carne, el pescado, muchas frutas, productos lácteos entre otros. En consecuencia, la dificultad de hacerle frente a la miseria, más cuando las condiciones no están dadas y por el contrario desfavorecen. 

Urgentemente el gobierno nacional a través de las superintendencias de Industria y Comercio, Servicios Públicos, Salud, Financiera, Transporte, deben ejercer la supervisión requerida en las cadenas productivas, de servicios públicos y privados a fin de controlar brotes especulativos, como lo sugiere la Confederación Colombiana de Consumidores, pero con acciones efectivas y no con la teoría del absurdo, de intentar apagar ese infierno con un extintor.


 

Carlos Monroy

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