Inequidad, pobreza, criminalidad y salud mental

30 Jul 2017 - 3:01am

Inequidad, pobreza, criminalidad y salud mental

Publicada por
PABLO ISAZA, M.D.
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La inequidad es un factor de riesgo que conduce, predispone, y desencadena el empobrecimiento de la salud mental. La pobreza aumenta el riesgo de padecer problemas mentales y uno de cada cuatro adultos y uno de cada 10 niños es susceptible de padecer una alteración mental. En la adolescencia las posibilidades del uso indebido de sustancias ilícitas es mayor en los grupos que tiene carencias socioeconómicas. En los adultos existe un mayor riesgo en aquellas personas sin hogar o desplazadas por un conflicto armado como el que ha vivido Colombia. Situaciones de violencia intrafamiliar son la antesala para el trastorno mental y la delincuencia.

Adelantándose a su época el médico colombiano Jorge Bejarano, en la Conferencia Internacional de la Cruz Roja en el Teatro Municipal de Bogotá en 1929 afirmaba que “la delincuencia es la consecuencia de las condiciones físicas y sociales en que el delincuente nace y vive”. Subraya que “criminalidad y delincuencia en adultos o niños no son sólo el resultado de la degeneración celular o biológica, sino también de las condiciones patológicas, morales o sociales que les han inducido. Las sociedades tienen los criminales que se merecen. El criminal es un microbio que se desarrolla sólo si el cultivo en el que crece es favorable”.

La tesis central de la Conferencia del Dr. Bejarano era la importancia de las causas sociales en la delincuencia, entre ellos la falta de protección social para los niños, la pobreza, falta de oportunidades educativas, el trabajo infantil, y el abandono y maltrato. Estos factores influirían provocando conductas delincuenciales, exacerbando factores patológicos, hereditarios o funcionales.

En el campo de la investigación en salud pública, el Dr. Bejarano llevó a cabo, en 1925, observaciones en la prisión para menores de Paiba (Cundinamarca) describiendo las condiciones atroces en que se encontraban niños considerados delincuentes, incluyendo menores de 10 años, obligando al Estado a suspender el maltrato infantil en dicha prisión, con la consideración de que el cerebro y la personalidad del niño serian moldeadas en consonancia con el ambiente en que se desarrollaba. En la prisión de Paiba, 16 mil 560 niños habían pasado a través del sistema en sus 23 años de existencia equivalentes a 720 por año o casi dos por día. Denominó a la prisión como “nido de delincuentes” en el cual niños con ofensas menores alternaban con delincuentes reincidentes y de mayor peligrosidad.

Ochenta y ocho años después de los estudios y tesis del Dr. Bejarano la delincuencia infantil y juvenil va en aumento. Según el Informe de Responsabilidad Penal para Adolescentes, en 2012 los jóvenes sujetos a este sistema alcanzaban los 30 mil casos. Hoy esa cifra ha sido superada.

La guerra que afortunadamente terminó ha sido motor y combustible para la delincuencia infantil y juvenil. Durante la Segunda Guerra Mundial, en Londres, niños y jóvenes organizaron pandillas para delinquir. Provenían de hogares en los que habían muerto sus padres y estaban confinados en albergues en condiciones de pobreza y hacinamiento.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. El Nuevo Día no responde por los puntos de vista que allí se expresen.