¿Políticos o mesías?

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Fue bajo la tutela de Teresita Mariño, la inolvidable maestra del colegio San José de Fresno, que entre los años 90 y 91 un grupo no pequeño de fresnenses entendimos lo que significaba para nuestro futuro el salto de la democracia representativa a la participativa que traía consigo la constituyente del 91. Enviarle cartas a los constituyentes y vivir en primera persona esa transición político-democrática en el más paisa y conservador municipio del norte tolimense, sin duda tuvo un significado trascendental en nuestro actual rol de ciudadanos. Aceptar que la democracia es la supremacía de las mayorías no era nada difícil en un colegio librepensador y visionario como el San José; entender que la sociedad únicamente madura cuando comprende que las mayorías también se equivocan fue el verdadero reto, y lo sigue siendo para la sociedad colombiana en general.

Pasar de una constitución inspirada en Dios “fuente suprema de toda autoridad” como decía el preámbulo de la constitución de 1886, a una constitución inspirada en el pueblo y su poder soberano, como lo menciona el preámbulo de la constitución de 1991, no ha sido poca cosa para nuestra arraigada cultura mesiánica.

En Colombia, y en general en todos los pueblos latinoamericanos, fuimos educados bajo la creencia de que era por gracia del mesías que obteníamos el éxito o recibíamos un justo castigo por nuestro buen o mal actuar. Ese mesías valoraría las buenas acciones y la sumisión, dejando en segundo plano el esfuerzo individual. Así no nos guste reconocerlo, esa educación dogmática tiene mucho que ver con nuestra actual realidad socioeconómica y cultural.

Entonces, cuando por fin damos el salto de la representación a la participación, de manera muy hábil nuestra clase política se convierte en ese mesías salvador que la nueva Constitución dejó libre y sin poder aparente sobre las instituciones del Estado. Bajo este esquema, los políticos de hoy, tanto los nuevos como los veteranos, han convertido su ejercicio en una empresa. Una empresa que tiene como materia prima la pobreza e ignorancia de los electores; porque entre más pobre e ignorante sea el elector, más añorará los favores del mesías político.

Y es justamente en este macabro ejercicio de la política donde el discurso apocalíptico contra el desarrollo, el discurso fundamentalista del ambientalismo extremo y la publicidad del miedo tienen su mejor escenario. Haga su propio análisis y pregúntese ¿Quién o quiénes se han opuesto a los grandes proyectos de desarrollo del país? ¿Quién o quiénes lideran las marchas contra las reformas que benefician a las mayorías? ¿Quién o quiénes callan ante la ilegalidad y satanizan la industria legal? 

A ningún político de los que acabo de describir le conviene que a nuestras regiones lleguen empresas, personas y proyectos que dignifiquen al trabajador. A estos políticos no les gusta y no le conviene que una empresa pague buenos salarios porque un trabajador bien pagado no solo recibe dinero, recibe principalmente oportunidades.

La oportunidad de construir el bienestar de su familia, una mejor educación, acceso a salud digna, que sus hijos tengan la posibilidad de una casa propia, de una bicicleta nueva, mejor ropa, zapatos sin rotos, y por qué no, un helado en familia el fin de semana.

Un trabajador dignamente pagado, lo primero que entiende es que el mesías es él mismo, y que la gracia divina llega a través de su esfuerzo y no, como nos lo quieren vender los políticos actuales, por su favor y omnipotencia.

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