Mi papá, mi amigo, mi ejemplo

Tuve la inmensa fortuna de tener como padre a Juan José Barreto Daza, un hombre que siempre sorteó las dificultades de la vida con paciencia, entereza y determinación. La gran herencia que nos dejó mi padre está relacionada con la parte más íntima y personal de un ser humano y se fundamenta en el ejemplo, la disciplina, el trabajo, la constancia y la rectitud.
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Afortunadamente él seguirá presente y viviendo en las expresiones, en el comportamiento, en el pensamiento y en la personalidad de mis hermanos Reina del Carmen, Clara Inés, Elsa Mireya, Luz Miriam y José Hildebrando Barreto Castillo y muy especialmente en sus nietos.

Con 96 años de edad y con los males propios de esta edad esta semana dejó este mundo que en muchas circunstancias le fue adverso y que le puso en el camino enormes obstáculos y dificultades.

Con cerca de un siglo de existencia fue testigo del país convulsionado que dejó la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y del periodo denominado la violencia, a los cuales pudo sobrevivir en medio de la persecución entre conservadores y liberales.

Para ganarse el pan de cada día se empleó en las labores del campo y sufrió en carne propia lo que es movilizar ganado por las deterioradas vías veredales en medio de verdaderos diluvios y entre la intrincada y agreste geografía cundiboyacense y del Meta. Las anécdotas de su generación eran impresionantes y como es propio en nuestra cultura la realidad siempre supera la ficción.

No le huía al trabajo por duro que resultara. Era un señor, afortunadamente, criado con los valores de la década de los años 30: madrugaba, laboraba hasta que la luz del sol se agotaba, honraba sus deudas, era solidario con sus amigos y vecinos, pero muy especialmente era un hombre de palabra que le bastaba decir sí o no y cumplir con las obligaciones acordadas. No le gustaban las mentiras o las dilaciones, prefería tomar el toro por los cuernos. Era muy vertical, templado y profesaba los valores conservadores.

Tal vez la prueba de fuego más grande que debió afrontar fue el fallecimiento de nuestra madre, Isabel Castillo, ya radicados en la vereda Cay en Ibagué. Sin duda, al quedar viudo en avanzada edad y con hijos aún para sacar adelante, se vio ante el desafío personal de emplearse a fondo para disipar la tristeza, no dejarse consumir por el vacío que deja la muerte y proteger a sus hijos.

No se necesita ser psicólogo para reconocer que la soledad es muy dura para todos los seres humanos, pero lo es más para nosotros los hombres. No obstante, su profunda fe en Dios le dio las fuerzas necesarias para acabar de criarnos y mantener unida a su familia. En ese proceso la comprensión y dedicación de mis hermanas jugaron un papel protagónico para contribuir con la unidad familiar y más recientemente para cuidar a don José.

Cuando yo era un adolescente ya mi padre era un hombre delineado por todas las experiencias propias de un ser humano con siete décadas en sus espaldas, pero eso no fue impedimento para contar con su amistad, consejo y sabiduría. Encontraba respuestas sencillas y prácticas a lo que uno consideraba grandes problemas.

Siempre nos insistió en la fe en el creador, en la importancia de estar cerca de nuestros hijos, en trabajar, en estudiar, en perseverar, en actuar correctamente para tener la conciencia tranquila y así poder mirar a los ojos al prójimo, recalcaba en la honestidad en los negocios y en cumplir la palabra empeñada. Su nobleza y sensatez siempre nos acompañarán a todos los que lo amamos y respetamos.

En nombre de mis hermanos, sus familias, de mi esposa e hija agradecemos de corazón todas las muestras y mensajes de cariño, afecto y condolencias expresadas tras el fallecimiento de mi padre. Dios les pague por su solidaridad.

MIGUEL ÁNGEL BARRETO

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