¿Ídolos de barro?

¿Vale la pena que un jugador de fútbol, un goleador, sea el personaje del año en un país como el nuestro? Yo no sé. Me inclino a pensar que no.

Es como si toda una Nación se sintiera desprotegida, carente de líderes auténticos, y encausara sus anhelos de identificación y representatividad hacia una persona que ni transforma nada, ni aporta al desarrollo espiritual, económico o social de un país sumido en la más degradante situación moral como el nuestro.

Quizá su aporte sea el de una alegría desbordante por sus triunfos en un deporte que es una afición de multitudes, esa efímera dicha de saber que uno de los nuestros sea capaz de descollar en una competida profesión como la suya, con ejecutores de su misma condición, nacidos en medios más propicios, más estimulantes, menos carentes de recursos.

Pero ni Messi ni Falcao, por ejemplo, podrían sacar a la Argentina de su profunda depresión ni a Colombia de su mediocridad estructural, respectivamente, más allá de anotar esos goles de fantasía y lograr que sus seguidores griten bajo el influjo de una emoción inexplicable, una euforia colectiva.

Emociones y glorias pasajeras que llevan a pensar a muchos que esos personajes pueden llegar a ser sus líderes y hasta sus presidentes.

Pero debo recordar que jugadores así son parte de un equipo en donde los demás miembros saben de su talento y trabajan para él, por lo cual, creo, cualquier reconocimiento debería ser para todos.

Además, también debo recordar que no luchan por la gloria de un país sino por el dinero, por su desarrollo personal ¿y en esto podrían ser ejemplo de superación para las nuevas generaciones? y habitan más el país de la riqueza que el invisible sentimiento de pertenencia a un territorio donde el presidente gana menos que ellos.


Incluso, en la actualidad, son una mera mercancía, a veces tan demasiado desbordada en sus costos que se tornan increíbles los pagos por su talento.

Son tan fabulosos que llegan a tocar los terrenos de las situaciones aberrantes.

Por supuesto, son dignas de admiración sus hazañas personales, los medios pueden ponerlos de ejemplo para que una niñez sin horizonte y una juventud carente de ideales colectivos se los apropien para encontrar el camino de su propio desarrollo.

Ni tanto que queme al santo ni poco que no lo alumbre.

Creo que debemos ser racionales y justos y no engatusar al sentimiento popular con calidades no pedidas. Que se les de el reconocimiento justo, como por ejemplo, el de deportista del año, pues en su profesión por ahora no tienen competencia.


Entonces, por favor, no sigamos alimentando personajes de fantasía ni tampoco ídolos de barro.


Credito
BENHUR SÁNCHEZ SUÁREZ

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