Vanguardia literaria

Lo primero que se me ocurre decir después de leer ‘Bohemian Rhapsody’, de Carlos Pardo Viña, es que se trata de una novela de vanguardia. Es una obra actual tanto por el tema, como por la técnica literaria utilizada.

Esta afirmación me hace recordar una polémica del siglo XX, en la cual los escritores se demolían entre lo rural y lo urbano, entre la novela citadina y la novela provincial. Provechoso decir que muchas obras se escribieron nombrando calles y ciudades, pero no fueron novelas urbanas. O que lo mejor de la literatura colombiana ha sido retrato de la provincia, como ‘Cien años de soledad’, para mejor ejemplo.

Y no eran urbanas porque se nombraran las calles y los edificios, las ciudades europeas y las grandes urbes del mundo, visitadas ficticiamente por algunos escritores, sino porque el espíritu y el comportamiento de sus personajes seguía siendo de rancia estirpe campesina y de culto decimonónico al proceder nacional.

Valga este recuerdo para enfatizar que una novela de vanguardia no es aquella que sólo nombre las facilidades que nos brinda la vida moderna, como el mundo de lo digital, el mundo del ciberespacio, la comunicación por redes, el computador, la Internet, en fin, tanta vertiginosidad actual, sino porque el ser humano que está involucrado en ella es otro, distinto al citadino aquel que tanto nos costó saber retratar e interpretar en la literatura nacional. Y maneja su propio lenguaje.

En este sentido es un avance en la ficción literaria del Tolima. Este nuevo hombre que habita la novela es un ser lleno de conocimiento y habilidades pero despojado del sentido de lo humano, del sentimiento, de la utopía. Es un ser solo, derrotado, frente a una ventana con millones de amigos que no son reales. Es un ser humano condenado a la soledad, al desespero existencial, al vacío de ideales, a la ausencia.

Así es el mundo que he visto en ‘Bohemian Rhapsody’ y por cuanto retrata la verdad del espíritu de nuestra época, la califico de vanguardia.

Independientemente de encontrarnos con un periodista como personaje, de carne y hueso, con trabajo, mujer e hijos, y que él conserve el deseo de ser escritor y ser otro, a pesar de las angustias cotidianas, está atrapado en ese universo inexistente, en ese vórtice en que la muerte también juega su partida.

Hay que leer la novela. Es ágil en su lenguaje, en su estructura, y con un abordaje técnico de la mejor estirpe de la experimentación novelística latinoamericana.

Me alegra que Carlos Pardo Viña integre esta nueva generación de narradores que mantienen viva la literatura como opción existencial, al lado de Óscar Perdomo Gamboa, Carlos Andrés Oviedo y Ómar Alejandro González, entre otros jóvenes escritores tolimenses.

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