¡Malala!

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La admirable lucha de la adolescente pakistaní de 17 años, tiroteada en la cabeza a los 15 años por los talibanes por defender el derecho de las niñas a estudiar, ha merecido el premio Nobel de la Paz, dotado con un millón y medio de euros, el cual compartirá con el otro ganador, pero la verdadera vencedora de este Nobel es sin duda Malala Yousafzai, que hoy vive refugiada en el Reino Unido, de seguro celosamente protegida y resguardada. Ha salido de un rincón alejado del mundo, no solo a las primeras páginas de la prensa internacional, sino que ha despertado interés en una causa justa, que ella persigue sin desmayo y que debe servir de ejemplo.

El 9 de octubre de 2009 todo dio un vuelco, entre dramático, por el hecho criminal, y milagroso porque fue salvada. Malala había pasado un examen aquella mañana, volvía a casa contenta con sus amigos de la escuela en una furgoneta Toyota. Un coche frenó la marcha del vehículo. Un hombre preguntó a los pequeños pasajeros quién era Malala. Nada más oír la respuesta comenzó a disparar a mansalva. La niña recibió un tiro en el lado izquierdo de su cabeza. Dos de sus compañeros murieron tiroteados. La hoy premio Nobel de la Paz no salió del coma hasta una semana después. Hasta mientras había sido trasladada al Reuno Unido. La llevaron al hospital Queen Elizabeth de Birmingham, en Inglaterra, donde los médicos lograron salvar su vida, y solamente entonces entendió que algo muy grave había pasado “cuando percibí que todos los médicos y enfermeras hablaban en inglés”.

Hija de un profesor de inglés que dirigía la escuela pública Khushal y de una mujer devota y analfabeta hasta su edad madura, la niña vivía en la ciudad de Mingora, en el Valle de Swat, al noroeste de Pakistán. En 2007 los talibanes invadieron la zona y su vida y la de su pueblo dieron un vuelco. Las mujeres se vieron forzadas a vivir recluidas, con sus derechos conculcados, a salir a la calle cubiertas por completo, se prohibió la música y se reprimió cualquier atisbo de vida intelectual, especialmente en ellas, pero a Malala le gusta la lectura, lee a Harry Potter, escucha música occidental y, sobre todo, ama la libertad.

Tras su restablecimiento ha seguido con su causa, como bien dice el comité del Nobel: “A pesar de su juventud ha peleado varios años por el derecho de las niñas a la educación y ha contribuido con su ejemplo”. Convertida en un símbolo, con su mirada profunda e inteligente, ha hablado conmovedora y elocuentemente en la ONU y ha escrito una autobiografía para decir a los talibanes que la verdadera yihad es la lucha a través de los lápices y de las palabras. Estoy luchando por mis derechos y por los de las demás niñas», consciente y segura de que el peligro sigue al acecho, que posiblemente hayan futuras intimidaciones, pero ya ha demostrado que más pueden las convicciones que los temores.

Robert Shaves Ford D.

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