La avalancha que no tuvo piedad en la comuna Dos

Crédito: Archivo - EL NUEVO DÍA
Pronto se cumplirán 25 años de la avalancha ocurrida en la zona noroccidental de Ibagué, que, tras intensas lluvias y la tala excesiva en los cerros, ocasionó una de las tragedias más recordadas por los habitantes de la comuna Dos.
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Cecilia Heredia tiene los recuerdos intactos de cuando la quebrada El Pañuelo, ubicada en la comuna Dos de Ibagué, se creció y generó una avalancha que arrasó con todo lo que encontró a su paso: acabó con muros, carros y casas y, según cuenta, bajaban rocas inmensas que nunca había visto.

Sucedió el 9 de noviembre de 1995. Las gotas cayeron desde el mediodía y sobre las 3 de la tarde se intensificaron, el aguacero causó el desbordamiento de El Pañuelo y, como si la naturaleza se hubiese puesto de acuerdo, también afectó la quebrada Alaskita y el río Chipalo.

Recuerda Cecilia que pasado el mediodía, al intensificarse el aguacero, alcanzó a ver cuando pasó un señor con un triciclo y una olla grande de mazamorra para la parte alta de Santa Cruz, luego notó cómo bajaba el barro por las calles.

“Al ver que el agua ya pasaba de amarillo a negro, fui a donde don Emilio, quien vivía en esa casita, y le dije: ‘Sálgase que está bajando barro’. Él no quería salirse, me devolví y dije en mi casa que me ayudaran a sacarlo y bajé las escaleras. Eso era hondo, le di la mano y se salió”.

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Narra también que, apenas salió su vecino, bajó la avalancha y entre el barro vio el triciclo del señor de la mazamorra. Cuando se tapó todo, destruyó la casa para bajar hasta San Diego y el 20 de Julio.

“La gente corría, un muchacho quedó encerrado y se asomaba por el balcón porque el lodo llegó hasta la ventana. La señora Aminta (q.e.p.d.) salió a comprar unos cigarrillos, dejó la puerta abierta y se le inundó todo. Bajaba gente asustada, corría porque en Alaska también se desbordó una quebrada.

“A las 6 se oscureció más y llegó un señor en un Toyota, estaba asustado por su casa y le dijeron que se metiera y se confió porque era una camioneta y quedó enterrado, no pudo salir. Amarraron el carro de un lazo a un poste y no pudieron halarlo”, rememora.

Luego de una pausa en su relato, Cecilia, quien reside en la entrada al barrio Santa Cruz y a quien, debido a que esa parte es alta, no se le alcanzó a inundar su vivienda, añade: “Nos asomamos a la esquina y miramos hacia abajo y parecía el río Combeima, unos ‘piedronones’. Eso era aterrador”.

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Apoyó en los rescates

Wilson Ducuara Torres, quien en la época de los hechos era suboficial del Ejército, cuenta que tras la avalancha, desde la Sexta Brigada se dispuso de personal para ayudar a los damnificados y limpiar las calles. Dice que le dolió bastante ver a niños encerrados en sus casas, pues el barro taponó las puertas y, por ende, tenían que romperlas para rescatarlos. Además, prestar seguridad, porque llegaban personas indolentes que buscaban la manera de robar las pocas cosas buenas que les quedaron a los afectados.

“Nos tocó prestar seguridad y ayudar a evacuar a los afectados, para que no corrieran más riesgos. Tuvimos que destapar y romper las puertas, sacar a niños y personas de la tercera edad. Todo estaba destruido, animales muertos, personas heridas... Esta ya era una zona muy poblada cuando ocurrió la tragedia”, describe

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Panorama aterrador

EL NUEVO DÍA publicó durante varios días artículos relacionados con la avalancha, imágenes en que se mostraba la magnitud del paso destructor de agua, barro, palos y rocas, que, desde el nacimiento de la quebrada El Pañuelo, atravesó Santa Cruz, San Diego, 20 de Julio y Belencito.

El cauce de El Pañuelo desbordado llegó hasta la sede de la antigua Sexta Brigada del Ejército (hoy Quinta División) y afectó el área de transportes, donde se desbarrancó una parte del terreno y llevó la tierra hasta Pueblo Nuevo parte baja.

Entre tanto por Alaska, la mayoría de las casas de los barrios Alaskita, Alaska y Augusto E. Medina quedó tapada y destruida.

También el río Chipalo generó daños en fincas y casas del sector Calambeo; incluso, llegó el poder del agua hasta las urbanizaciones Sorrento, Córdoba y Cordobita, en la comuna Cuatro. Fueron decenas de familias afectadas, que por varios días tuvieron que vivir en albergues. 

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Por si fuera poco, cuando las autoridades trabajaban en la limpieza de las calles y las personas volvían temerosas a sus residencias, el 19 de noviembre volvió a llover de manera torrencial, de nuevo se crecieron las quebradas y el agua arrastró la tierra que había sido acumulada.

Fueron días y meses largos, uno de los inviernos que más han afectado la zona noroccidental de la Capital Musical, pues el 26 de enero de 1996, con un panorama cada vez más desolador, las calles de San Diego y barrios aledaños se volvieron a tapar, de los cerros deforestados se desprendió más tierra que afectó otra vez todo.  

Las emergencias terminaron, en parte, luego de la canalización de estas quebradas y la construcción de box coulvert; además, de declarar como zona de protección la mayoría de estos cerros, para evitar la tala de árboles que conlleva al deterioro de los terrenos y los deslizamientos.

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ANTONIO GUZMÁN OLIVEROS

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