Ruina, recuerdos, dolor y llanto

Miles de personas de todas partes del país, visitaron la sepultada población de Armero, que cumplió nueve años de haberse terminado a causa de una avalancha del nevado del Ruiz.
Los recuerdos de algunos sobrevivientes de Armero fueron escritos para 'El Diario de los Tolimenses' en 1994. Historias de familiares que todavía viajan a orar a sus muertos que quedaron sepultados bajo el lodo.
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Publicada el lunes 14 de noviembre de 1994

Una maldición fue la causante de la tragedia de Armero, dicen algunos. Otros lo atribuyen simplemente, al cumplimiento de designios divinos.

Han pasado nueve años desde aquel 13 de noviembre en que la población tolimense Armero desapareció, sepultada por una avalancha de lodo, arrojada por el enfurecido volcán nevado del Ruiz, que a su paso arrasó con todo cuanto encontró.

Ruinas, soledad y un inconsolable canto de grillos y aves es lo que hoy se halla en el caluroso y soleado pueblo de Armero, a donde pareciera que nadie quisiera volver.

Centenares de personas regresaron al lugar para poner velas a las tumbas de amigos o seres queridos. Pocos se adentraron. Los que lo hicieron recorrieron calles y miraron desolados las viviendas enterradas.

Algunas familias se encontraron en los sitios, se sentaron, recordaron lo que un día fueron y lo que hicieron allí. Después lloraron.

Como las procesiones de Semana Santa, cientos de personas visitaron el norte del Tolima. Familias enteras, otros solitarios, se arrodillaron junto a las sepulturas trayendo inevitablemente a sus mentes las imágenes aterradoras protagonizadas por ellos mismos.

Diversas misas se celebraron. En ellas se recordó el doloroso día. 

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Una historia

Con voz entrecortada, trémula y lágrimas, Luis Alberto Jiménez narró lo que sucedió ese día. Mientras contaba lloraba. Casi que lo vivía.

Luis Alberto Jiménez era un socorrista y maestro de la población. Aquel miércoles de 1985 salió del barrio El Tíboli, donde residía. Fue a dictar normalmente sus clases en el colegio Jorge Eliécer Gaitán.

Hizo al mediodía su acostumbrada siesta. Después, en compañía de su esposa, visitó a una amiga enferma.

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Caía ceniza...

A las 5 de la tarde, contó, empezó a caer ceniza. Por la emisora local hacían recomendaciones a la gente de que cerraran las ventanas y se pusieran gorras, también unas caretas para protegerse. Había un olor fuerte. La preocupación nació en los habitantes.

A la 6 de la tarde lloviznó. A las 7 de la noche caía con mayor fuerza la lluvia. A las nueve, mucha arena y de forma estruendosa. Los patios empezaron a inundarse. También las casas y las calles. “Empezó una noche de terror”, manifestó.

A las 10 p.m., se escuchaba un ruido ensordecedor y desesperante, un rugido. Llantos y gritos aterradores envolvieron a Armero, las mujeres rezaban y casi todos empezaron a tratar de huir del pueblo, pero no se imaginaron la magnitud de lo que venía.

Era la voz de un volcán amenazante. La gente salió de sus casas, cogieron entre sus brazos a los niños y a los animales.

Luis Alberto Jiménez salió con dos infantes a la calle corriendo con desesperación. El agua le llegaba a las rodillas. Detrás de él, una avalancha de lodo hirviendo se los arrebató de las manos.

Quedó algo inconsciente. Recuerda que se sumergía y salía... se sumergía y salía... y así repetidas veces. Mientras se quitaba el lodo de los ojos y la nariz, “Lo único que yo le pedí a mi Dios era que se me atravesaran las ramas de un árbol para poder agarrarme”, indicó. Y así pasó. Quedó encima de la copa de un árbol.

Miraba hacia abajo y solamente divisaba personas atrapadas, escuchaba quejidos y voces pidiendo auxilio. También miraba como pasaban toda clase de objetos, árboles, animales y cuerpos, unos con vida y otros ya sin ella.

A Luis Alberto sólo lo rescataron el sábado. Le prestaron atención y luego de varias semanas se encontró con toda su familia, que como él se salvó.

Recuerda que en su barrio vivían 30 familias. De ellas, solamente sobrevivieron cinco. “Lo más doloroso”, dijo, “es haber perdido tantos niños”.

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Omaira

Aunque todo fue tragedia y dolor ese día de 1985, todos recuerdan con especial cariño y ternura a Omaira Sánchez Garzón, una niña de 12 años quien quedó sepultada entre rocas. Cantando y rezando finalmente murió

Allí donde fue sorprendida por la avalancha de piedras, arena y lodo, la acompaña una de sus muñecas.

Su gente y turistas visitaron el lugar. Los que la conocían contaron que las amaba. A cada una las bautizaba con el nombre de quien se la regalaba. Tenía muñecos llamados Aleida, Heraldo, Elizabeth y Henry.

Así mismo, recuerdan que le gustaba ver novelas, especialmente 'La Fiera' y el programa 'Dejémonos de Vainas'. Su cantante favorito era José Luis Rodríguez 'El Puma' y el periodista Juan Guillermo Ríos. Le gustaba andar descalza, en short o en blue jeans.

Don Joaquín Pérez, un hombre de 60 años, guarda viejos periódicos con las fotografías de la niña atrapada entre las rocas.

Decenas de personas que visitaron la tumba, trajeron al recuerdo sus últimas palabras: “El Señor me espera”.

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Otras

La familia Rodríguez Sierra no es de Armero, sino de Bogotá, pero devotamente vienen cada año a visitar una tumba, no saben de quién, pero allí colocan flores, alumbran el lugar, lo asean y ruegan por quién allí yace.

Ellos manifiestan que lo hacen desde el primer año de la tragedia. Tienen mucha fe y dijeron que hasta milagros le han hecho.

Ricardo Alejo Ramírez es un viejo que perdió a toda su familia: Su esposa, cuatro hijos, tres nietos y una ahijada. Él no murió porque ese día fue a otro pueblo a hacer otras diligencias. “Me puse a tomar trago con amigos y me cogió la noche”. No alcanzó a llegar.

Jamás encontró los cuerpos de sus familiares, pero cada año adorna con flores el sitio donde quedaba su hogar.

Omar García ahora tiene 19 años. Entonces contaba con nueve. Recuerda que salvó a su abuelita enferma. “No sé cómo, pero la saqué como pude por una ventana y me encaramé con ella en el monte”. Ahí estuvieron varios días, hasta que los rescataron.

Así, nueve años después, las imágenes aterradoras del 13 de noviembre de 1985 aún viven en las mentes y los corazones de quienes fueron víctimas del volcán. Un hermoso regalo la naturaleza, admirado por los tolimenses y turistas de todo el mundo, y que un día le quitó la existencia a miles de colombianos.

Olga Lucía Garzón

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